El equipo de rugby

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equipo de rugby

En un relato, la información es fragmentaria y el desenlace casi siempre incierto. Lo demuestra el siguiente texto de Santiago Jiménez Quijano.

El equipo de rugby.

Por: Santiago Jimenez

@santiagojq

a ZRC

Andrea era la niña más linda de la facultad. Yo, un gordo solitario. Nos encontramos en el mismo recinto esa noche, cuando se celebraba la despedida de un profesor. Había vino y una tabla de quesos para cincuenta personas, pero no éramos más de veinte. Como siempre, nadie me acompañaba y Andrea estaba rodeada de amigos. El mesero insistía en llenar mi copa cada cinco minutos y fue imposible negarme todas las veces. Nunca tomaba alcohol, así que en poco tiempo empecé a sentirme un poco mareado y eufórico. Aproveché ese estado de ánimo para acercarme a Andrea en un momento en el que estaba sin nadie cerca. Le hablé por primera vez.

            ―¿Podríamos salir a comer algún día?

Ni siquiera volteó a mirarme. Pero su respuesta fue inmediata y desconcertante.

            ―Primero tienes que jugar en el equipo de rugby.

Le dije que estaba bien, que lo haría. Ella me miró de arriba abajo y sonrió levemente. Luego volvió a unirse a su grupo de amigos.

            Al otro día me presenté a entrenamientos.

            La tarde estaba nublada y corría una brisa refrescante. Llegué temprano y vi cómo iban apareciendo en la cancha cuerpos cada vez más grandes y más fuertes. Quise huir. Al fin y al cabo, pensé, nunca sería el hombre para Andrea. La ilusión de volver a hablarle no era más que un efecto secundario del alcohol. Y para entonces estaba sobrio. Vi a otros al lado del campo, que miraban como yo y después de un rato daban media vuelta. ¿Alguna niña les habría dicho lo mismo que a mí? No podía ser posible. Tal vez solo se habían cansado de esperar a alguien. Cuando me iba a ir una voz me preguntó si venía a entrenar con el equipo de rugby. Estuve callado un buen tiempo, sudando, hasta que por fin dije que sí. Pero lo que quería decir era que sólo iba a mirar un rato. Cinco minutos después estaba en pantaloneta.

            Empezamos con un trote ligero. Antes de completar media vuelta, me sentía asfixiado y sin fuerza en las piernas. El sol había salido de nuevo y me fustigaba la nuca. La Tierra se movía y veía luces. Los demás me animaban. No sé cómo llegué al final. Me dieron agua. La tomé y la eché en mi cara y en mi cabeza. Alguien dio unas explicaciones que no entendí. Ahora me lanzaban un balón. Era muy grande y ovalado. Se me caía de las manos todo el tiempo. Eso estaba mal, pero nadie me regañaba. Tomé más agua. El sol seguía martillando, inclemente, desde la comodidad de las alturas. Vino una nueva explicación. Ahora, de todas partes llegaba una sucesión de golpes que parecía no terminar: hombros que se clavaban en las costillas, puños que raspaban la cara y jugadores que me tumbaban al piso y caían sobre mí de a dos o tres. Me despedí sin aliento. Fui abrazado como si me conocieran de toda la vida.

Al otro día, los músculos me ardían y tenía el cuello petrificado. Estaba lleno de moretones. Respirar me dolía. Pensar era una tortura. Incluso en Andrea. Le rogué a mamá que llamara un médico. Le dije que era posible que no volviera a caminar. El doctor me llenó de antiinflamatorios y relajantes musculares. Mamá gritaba y yo le prometí que no volvería a hacerlo.

A los dos días pude levantarme de la cama. Fui a la universidad. Todavía caminaba con dificultad y agacharme a recoger una moneda era una tarea imposible. Abrí la mochila. La pantaloneta seguía adentro. Tuve ganas de tirarla a la basura. No me pude concentrar y decidí no entrar a la siguiente clase. En cambio fui a la plaza y me senté en una silla a dejar que el sol me calcinara. Detrás de mí había un grupo de estudiantes. Hablaban con voces agudas y estridentes. No las podía ver, pero era imposible dejar de oír su conversación.

            ―Natis, en serio eres una genio. Ayer probé tu método. Es la mejor forma de quitarse a esos perdedores de encima― decía una niña con voz de pito.

            ―Sí, Dani, vos solo les decís que esa es tu condición para salir, y te dicen que sí, todos emocionados. Pero no los volvés a ver― respondió a la que le decían Natis, con voz de sirena de ambulancia.

            ―¿Saben una cosa? Yo creo que el mío si fue― dijo otra, con la voz dulce de Andrea.

            Hubo un silencio. Me giré para verla y ahí estaba. Era ella.

            ―¿En serio?― gritaron al unísono la sirena y el pito.

            ―Sí― dijo Andrea― pero el pobre ni siquiera ha podido volver a la universidad.

Soltaron una sola carcajada, como pollos recién nacidos gritando de hambre. Me di vuelta y abrí la mochila. Quería comprobar que la pantaloneta siguiera adentro.

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