El espectador

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En 1975 ESTRAVAGARIO publico uno de los cuentos inéditos de nuestro recordado Andres Caicedo Estela. Alguna vez dijo que “vivir más allá de los 25 años era una vergüenza”. Y lo cumplió, se murió a los 25 años de edad.

Fue uno de esos pocos genios que hizo lo que predicó. Hizo cine y escribió cine, hizo teatro y escribió teatro, escribió cuentos y una novela y reflexionó sobre el arte de escribir. Para él estaba primero la acción y después la reflexión; eso hizo que produjera a una marcha vertiginosa, hasta el punto en que él como persona casi no existía, porque era más grande su obra. Sus críticos lo han visto como un desarraigado, un desadaptado o un ser trágico, pero más allá de la mirada superficial, estaba el artista afanado por vivir intensamente.

El cuento de hoy fue inédito hasta que, el 13 de septiembre de 1975, El Pueblo lo publicó en su separata semanal.

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Andres Caicedo

El espectador

Ricardo González iba a cine. Su primer  recuerdo importante al respecto databa  de una película de ladrones y policías,  en blanco y negro, que había visto hace  bastantes años. Antes de eso iba a cine muy de vez en cuando, cada quince días o un mes, pero después todo fue muy diferente. Al salir del  teatro, experimentó una apremiante necesidad  de volver a ver la cinta. Y así lo hizo. Se colocó  otra vez frente a las mismas secuencias en  blanco y negro, siguiendo paso a paso las operaciones de los bandidos, huyendo de la  policía. Se robaron un camión blindado, pero jamás pudieron abrirlo. Ricardo González sabía que los demás espectadores no conocían el desenlace, y deseó hablar con alguien acerca de ello, ponderar con su vecino de la butaca siguiente aquel magistral suspenso cuando uno de los bandidos estira las manos para quitarle la pistola que empuña un guardia, ignorando que  el tipo vive todavía. Pero Ricardo González no  tenía a su alrededor nadie conocido: todas eran  personas extrañas, diferentes Al final todo les sale mal a los hombres y la muchacha: ella se  arroja, junto con el jefe, de una montaña.

Apareció la palabra “fin” y Ricardo comprendió  que la película no había gustado, basándose en los comentarios del público. Era una lata, decían, el final era incomprensible. Ricardo caminó por la ciudad durante horas, extrañado ante la reacción de los espectadores. Dudó  acerca de la calidad de la película: se preguntó  si el equivocado no sería él. ¡Pero qué tenía de raro el final, si todo era muy claro! El jefe y la  muchacha se suicidan, eso es obvio. ¿Qué era lo  que la gente no había entendido? Bueno; él no sabía nada de cine como para asegurar tener la razón, de allí el motivo de sus dudas. Si pudiera conversar con alguno, si conociera a alguien de esta ciudad para preguntarle acerca de la película… pero no. Lo mejor que pudo encontrar fue volver al teatro al día siguiente.

Al entregar la boleta, el portero lo miró entre sonrisas, reconociéndolo

“Por lo menos a una persona le ha gustado ese hueso de película —dijo a espaldas de Ricardo—. Ese tipo que acaba de entrar ya la ha visto como ocho veces”.

Ricardo González se sentó en la misma butaca que había ocupado en las anteriores ocasiones. Nerviosamente, esperó a que las luces se  apagaran. Esta vez supo que el actor que hacía de jefe se llamaba Rod Steiger, y la muchacha,  Nadja Tiller. Sudando frío, siguió los acontecimientos de la historia. En la escena final, cuando Steigery la muchacha dicen a la policía “Sí, ya bajamos” desde la montaña, Ricardo comprendió que, una vez más, el público iba a salir sin comprender.

“¡Se matan, se tiran de la montaña!”—gritó de pronto, parándose de su butaca y usando las manos como parlante—.

Una avalancha de mandadas a callar llovió sobre Ricardo, pero él hizo caso nulo de ellas.

“¡Miren que la cámara enfoca desde abajo, ellos prefieren suicidarse antes que entregarse a la policía, comprendan!” —volvió a gritar: allí fue cuando las manos de tres empleados se agarraron de su camisa.

“Lo único bueno de esta estafa fue el tipo que se puso a gritar en la mitad de la sala” —comentaba después una señora de vestido morado, franqueando la salida.

Lo mejor es cuando comparto las alegrías de la  gente al salir de una gran película, o cuando pido la plata a gritos cuando la película ha sido mala. Eso es lo hermoso del sábado: puedo mirar a las parejas de novios que entran a cine cogidos de la mano, y los amo porque sé que lo más importante para ellos es todo esto. En sábado la gente está contenta, y habla mucho, por eso yo puedo escuchar lo que dicen, puedo estarme cerca de los grupos de personas que hablan sobre la película y comprobar que pienso lo mismo que ellos al respecto. Los domingos son buenos también, pero diferentes: la gente va a cine, pero sin alegría a flor de cara; la proximidad del lunes es demasiado evidente, creo. Por eso, en domingo, casi no puedo saber qué tal les ha parecido la película.

Pero si yo tuviera a una persona amiga que le gustara el cine, las cosas serían mucho más fáciles. Sí, yendo a cine todos los días, sin importarnos que el teatro estuviera vacío, y conversaríamos después caminando por esta ciudad. Sería muy bueno para mí, sobre todo en los días de entre semana, cuando no va casi nadie a los teatros. Es tris-te estar sentado sin nadie alrededor, pero si no voy a cine, ¿qué otra cosa me pongo a hacer, después de todo?

Muchas veces, un lunes, he pensado en salirme del teatro, cuando junto a mí no hay sino tres o cuatro personas de mirada amarga. Pero un día de estos voy a salir a la ciudad a buscar la gente que sí le gusta el cine, a los que me encuentro todos los sábados en tal o cual teatro. Podría buscar, por ejemplo, a la muchacha esa de pelo bonito que viene con el novio, siempre sonriente. Debe saber mucho de cine, porque va casi dos veces por semana. Buscar a una persona y decirle todo, desde la primera película a la última. Palabra que un día de estos voy a hacerlo.

Ya eres un hombre  no aguantó más de  tres días en cartel.  Ricardo González la  vio un viernes durante las tres funciones, y volvió  el sábado. Y fue en  ese sábado cuando  el público, furioso, pidió la plata a la  media hora de haber  comenzado la  película. Y como  nadie les hizo caso se pusieron a tirar papeles  de celofán en mantecados de papas fritas, y también algunos zapatos que  llegaban hasta estrellarse contra la pantalla. Si hasta tuvieron  que encender las luces y advertir que, desde ese momento, la administración se reservaba el derecho de sacar del teatro a quien lo mereciera, por su comportamiento.

Apagaron nuevamente la luz, la gente siguió con el mismo escándalo y la administración del teatro no sacó a nadie. Ricardo, temblando de rabia, se preguntaba por qué no suspenderían la función, o por qué la gente, si era que no le gustaba la película, no se iba. Para él, la duración de la película fue todo un largo tiempo de martirio, mirando al muchacho nuevo, al debutante, a la hermosa Elizabeth Hartman y a Francis Ford Coppola, pidiéndoles disculpas a todos ellos en nombre de los amantes del cine por tal recibimiento. Después, Ricardo González se tiró entre el tumulto de gente que estaba protestando, una vez terminada la película. La muchacha del pelo bonito estaba allí. Ricardo se acercó a sus espaldas para oír qué comentaba, pero ella no decía nada: miraba a su novio y son-reía, eso era todo.

Ricardo González pensó, incrédulo, que era demasiado bonita para no decir nada después de haber visto una película tan bella como Ya eres un hombre. Si me demostrara con palabras que la cinta ha gustado, yo me acerca-ría y la felicitaría, pero ella no dice nada, lo único que hace falta es sonreír de ese modo.

“Es una gran película, lo mejor que he visto en este año”.

Esas palabras fueron pronunciadas demasiado cerca de su cabeza. Ricardo González volvió la cara con los ojos muy abiertos y las mandíbulas apretadas, buscando al autor de ellas: era un muchacho gordo metido en unos blue jeans americanos, quien seguía ponderando las cualidades de la cinta, enfrentando a una gente que lo miraba con una burla tal vez demasiado belicosa. Pero Ricardo no sintió lástima por él debido a la difícil situación en la que se encontraba. Lo que sintió fue admiración. Quiso tirarse sobre el gordo, abrazarlo y gritarle que él también opinaba lo mismo de la película de Coppola. Pero se contuvo: era mejor esperar a que salieran del teatro.

Lo vio escabullirse de la gente y pararse frente al afiche de la película. Ricardo lo imitó, comprobó felizmente que el gordo estaba solo. También debe estar buscando a una persona para hablar sobre cine, pensó, cuando el gordo estaba caminando ya avenida abajo.

Admitiendo que había desaprovechado una buena oportunidad para entablar conversación, Ricardo González caminó detrás del gordo, pensando en lo que diría para comenzar el tema. Venga esa mano viejo, se ve que usted sabe de cine. Así es como habla la gente en esta ciudad. Y cuando el gordo le preguntara el motivo de Ya eres un hombre, Lástima que esos imbéciles no hayan sabido apreciarla. Y se sentarían en cualquier fuente de soda, o si no caminarían por allí con las manos en los bolsillos, hablando de las mejores películas: del Fellini de Julieta de los espíritus, de esa que se llama en español Prófugo de su pasado, de Ca-rol Reed, ¿lo conoce? Creo que es un inglés, un viejo inglés: Prófugo de su pasado, sí, con Laurence Harvey, Alan Bates, se dice Beits. ¿No? Y Lee Remick, una mona de dientes bonitos.

En inglés es The running man o The ballad of the running man, la balada del corredor, la balada del hombre que huye: más poético, ¿no es cierto? Te la nombro porque es algo hermoso en películas de suspenso. Y hablarían también de Robert Wise, del cine que este hacía antes de comenzar a manufacturar películas que sólo sirvieran para ganar óscares. Hablarían de La mansión de los espectros, Hill House o The Haunted, no sé, es que siempre se me arma una confusión con los títulos en español y en inglés y con el título de la nove-la en la que está basada la película, y al final no sé qué corresponde a qué. Hill House, una película de fantasmas con Julie Harris, pero eso si es modo de tratar el tema, le digo, con qué delicadeza y con qué respeto. Y también le diría que viene yendo a cine desde que nació, pero que nunca había hablado de eso con otra persona, que es su primera oportunidad de intercambiar ideas. Entonces, esperaría dos cuadras más y se acercaría al gordo de una. A mí también me gustó Ya eres un hombre, venga esa mano en nombre de Francis Ford Coppola, mi viejo.

El gordo sacó las manos de los bolsillos y dejó de caminar. Ricardo González hizo lo mismo seis pasos más atrás. El gordo miró por encima de su hombro, como si se le hubiera caí-do algo y lo estuviera buscando. Miró hacia atrás y vio a Ricardo, sonriéndole, porque lo único que acertó a hacer fue sonreír, esperan-do a que el gordo se devolviera y le tendiera la mano. Usted viene de cine, ¿no es verdad? Al ver que el gordo no se acercaba, Ricardo pensó que lo que hacía era esperar a que él fuera a conversarle. Pero tampoco fue así. El gordo se metió nuevamente las manos a los bolsillos y siguió caminando un poco más rápido. Asombrado, Ricardo lo imitó. Ya estaba oscureciendo: habían caminado bastante. Ricardo pensó, aligerando el paso, que en la otra esquina se le acercaría. Usted sabe de cine, le ha gustado Ya eres un hombre, ¿no es así? El gordo llegó a la esquina, miró nuevamente por sobre su hombro y Ricardo volvió a sonreírle, pensando que ya el gordo se iba a detener. Pero no lo hizo: cruzó hacia la derecha. Ricardo, sin entender lo que pasaba, casi corrió hacia la esquina y cruzó hacia la de-recha, y para su asombro, el gordo había des-aparecido. Ricardo González se puso las dos manos sobre la frente para ver si esa persona que camina por allá lejos, entre la oscuridad de la calle a las siete de la noche sería a quien buscaba. No, no era. Preocupado, se preguntó qué le pudo suceder a su amigo. ¿Qué se había hecho, hombre, quería conversar con usted sobre Ya eres un hombre, qué gran película, no?

Entonces lo vio aparecer. La puerta de una casa amarilla se abrió y por ella salió el voluminoso cuerpo de su amigo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su bluejean americano, y estaba mirando fijamente a Ricardo, quien alcanzó a sonreír y a abrirle la boca para saludar antes de ver a las otras personas.

“Buenas tardes” —dijo Ricardo—. Comencé mal. En esta ciudad saludan diciendo hola o quiubo.

El gordo no respondió: se limitó a clavarle la mirada. Detrás de él estaban saliendo cuatro muchachos: un quinto cerró la puerta de la casa amarilla.

“Le gustó la película ¿cierto?” —balbuceó Ricardo, acercándose.

“No me toqués, marica —amenazó el gordo, después de un instante de vacilación—, no te me acerques siquiera”.

“Vamos a romperle la cara” —dijo un muchacho parecido al gordo, pero ridícula-mente flaco.

“¿Cómo? —preguntó Ricardo González—. No, yo vine a hablar con él —señaló al gordo—, para comentar la película.

Pregúntenle y verán que es verdad. Usted vio Ya eres un hombre, ¿cierto?”

“¿Qué te pasó, no encontraste a ningún amiguito en el teatro o qué, maricón?” —preguntó el gordo, golpeando la mano que le extendía Ricardo.

“No, usted no entiende, usted no entiende, yo vine para que comentáramos la película, a usted le gustó, ¿no es verdad?”

“No, no me gustó”.

Entonces Ricardo González fue golpeado. Sintió aquello que se estrelló contra su nuca cuando todavía estaba descifrando la res-puesta del gordo. Un golpe allí y después ese puño del gordo y su cara más atrás, algo que choca contra su espalda y los gritos ale-gres de esos niños, y si me pegan otra vez allí se me va a reventar pero no saldrá sangre, se reventará, dijo que no le había gusta-do pero no fue él, yo he venido para que hablemos de la película, creo que la mamá está llamando a los niños a comer, esos mangos colgando, esto no sucede aquí porque yo he visto quererse a toda la gente de esta ciudad, antes de que su cuerpo fuera azotado contra algo duro y el cemento dulce y húmedo de pronto.

Llevo tanto tiempo yendo a cine hasta que conozco el olor de las personas que se me presentan en la pantalla. Hace poco vi una nueva película de Peter Collinson: Todo un día para morir, un día demasiado largo donde lo único que se hace es matar, porque ni siquiera cuan-do se muere, se muere; cuando se muere se mata. Pero han pasado muchos sábados y muchos domingos y muchas películas. Por eso dudo que haya una persona en esta ciudad, tan feliz como yo, cuando compruebo que lo que pienso de tal o cual película lo opinan también las personas que van a cine conmigo, siempre que yo voy.

Un día de estos voy a ponerme a saludar a todos mis amigos, a to-das las muchachas que se sientan al lado mío en los teatros; pero si lo hago no voy a acabar jamás. La muchacha esa de pelo bonito no ha vuelto a aparecer por ninguna parte: debe de haberse mudado de ciudad; en cambio, el que andaba con ella sigue viniendo al cine, pero con otra muchacha, una de ojos verdes y pelo negro. Esos también son mis amigos: donde me ven me saludan cariñosamente. Han pasado muchas historias por la pantalla y muchos sábados, y soy feliz cuando ellos salen Watkins o Ponte corvo, y también cuando el que ha contado la historia ha sido Stuart Rosenberg, el de La leyenda del indomable con Paul Newman, ¿la vieron? Sí, Cool Hand Luke, pero no me protesten que yo tengo que decir los títulos originales cuando en español les han cambiado el significado, vos lo sabías muy bien.

Para eso espero los sábados, para saludar a mis amigos y hablar, recorriendo la ciudad, recordando a Kim Novak en La leyenda de Lylah Clare de Robert Aldrich, y reconociendo que estamos totalmente enamorados de Lee Remick y de Shirley MacLaine y de Anjanette Comer cuando hizo de mexicana junto a Marlon Brando, y que también queremos a Catherine Deneuve en Repulsión.

¿Y por qué no recordar de vez en cuando los films de los difuntos Elizabeth Taylor y Richard Burton y hacer presagios sobre el accidente automovilístico que les causó la muerte?: nos burlamos de ellos pero también los recordamos con cariño. Y los fines de semana, siempre lo mismo, cuando vamos a los teatros de segunda o de tercera para ver lo que se nos ha pasado, por ejemplo hace poco tuvimos oportunidad de ver La jauría humana de Arthur Penn, y yo salgo cogido de la mano de ella, recordando las últimas secuencias de Blow-Up, tú lo sabes, amor, el hombre que vaga por la ciudad y observa el cuadro tan bello que forman dos enamorados, está allí presente ante el amor, a moda de fotografía, y el resultado de ese cuadro de amor es crimen y muerte, y el hombre no quiere que eso se le vaya de las manos porque es lo único importante que le ha sucedido en su puerca vida, pero te digo que no se puede, amor, allá no se puede subsistir, es mejor unirse a los felices que tienen la bienaventuranza de no pensar, para poder sobrevivir hay que quedarse jugando tenis sin pelota ni raqueta. Así, existe la ciudad y yo habito en la ciudad y veo cine y soy feliz. A Ricardo González le gustaría como lo más en su vida hablar sobre esa película que vio hace ya mucho tiempo, algo de vaqueros, Journey to Shiloh, con exteriores bélicos prestados de otra producción.

La única película joven sobre la guerra civil y sobre siete mu-chachos tejanos que corren en busca sin saber qué es lo que realmente están buscando. Le gustaría decirle a cualquier persona lo bello de algunas escenas de esa película, pero se calla, sabe que tiene que callarse, y cuando sale de cine recorre esta ciudad, hablando solo y mirando al suelo, conociendo de memoria los andenes y repitiendo colores, caricias y palabras que ha visto en la pantalla.

Porque Ricardo González sigue yendo a cine

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