El fantasma de Manhattan

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el fantasma de manhattanPor Patricia Suárez

Frederick Forsyth retoma El Fantasma de la Ópera de París y en saga magistral  reafirma la  leyenda: historia de amor de EriK Muhlheim, joven cuyo rostro desfigurado horroriza. Encadenado, preso en una jaula, instrumento de escarnio, repulsa y divertimiento del morbo público, es liberado por Antoinette Giry, bailarina, quien conmovida por su infortunio lo lleva a su hogar y luego al teatro de La Ópera.

Muhlheim halla en los sótanos refugio.

“Y leía, se hizo con una llave de la biblioteca de La Ópera (…) noche tras noche, a la luz de una vela devoraba los libros (…) las obras versaban sobre música y ópera (…). Llegó a conocer todas las óperas escritas y las notas de cada aria (…). Se convirtió en un hombre subterráneo”.

Allí, se enamora de la divina Christine de Chagny. De su voz. Ángel magnánimo que le permite el amor, misterio de hermosura y talento. El enigmático EriK  la rapta y la posee. Y es aquí, donde la osadía narrativa  de Frederick Forsyth, al sacar de París a  El Fantasma de la Ópera de Gastón Leroux, se impone. Lo forza a huir; a cruzar el Atlántico para encallar en el puerto de la ciudad del afán, la codicia y el oro.

El Fantasma de Manhattan, aria en la prosódica solitud del verbo, resonancia en la acústica física y moral del sentimiento, expresa la unión de las artes y es pasión y camino para el atormentado y solitario personaje.

“Y yo, que pasé siete años aterrorizado por un padre brutal, nueve encadenado en una jaula como un animal, once exiliado en los sótanos de La Ópera de París y diez abriéndome camino desde los cobertizos de la bahía de Gravesend donde se destripa el pescado hasta esta eminencia, sé que ahora poseo riquezas y poder que ni siquiera Creso habría imaginado. Así que miro esta ciudad y pienso, cómo te odio y te desprecio raza humana”.

En la Sala de los Espejos la imagen de Christine de Chagny se multiplica.

(…) “Todos los visitantes, después del recorrido ritual (…) han salido convencidos de haber visto cosas que no podían ver y de no haber visto cosas que estaban allí (…) los paneles giran por medio de un mando secreto (…) pequeñas salas de espejos aparecen y desaparecen (…)”.

Una cita de Muhlheim a la Chagny da un giro a la historia y la define…

“(…) tu verdadero padre está allí. –Indicó con la cabeza a la figura enmascarada- (…)”.

“Pierre contemplo el horrible rostro durante largo rato, sin dar muestras de repulsión o miedo (…). Cogió la mano izquierda de su padre (…), abrazó al hombre que lloraba y dijo con voz clara:

-Quiero quedarme contigo, padre”.

  Forsyth, con el vigor de múltiples personajes y testigos, eleva lo personal y universal del genio deforme; urde y trama las resonancias del verbo, encumbra el sentimiento, construye lo sublime de una sensibilidad so pena de haber (ésta) vivido acosada por el flagelo del desafecto y devuelve, a un mundo necesitado de belleza y credibilidad, la gracia del amor.

Al comprender la razón de la ira y la desesperación un “no sé” de misterio se revela y nos hace mejores y dispuestos al perdón.

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