El frío

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Estravagario CUENTO

La cuarta entrega de Santiago Jiménez Quijano, es para los lectores de ESTRAVAGARIO un relato donde o narración corta en donde el lector debe participar activamente llenando los vacíos con su imaginación.

El frío

Santiago Jiménez Quijano

Carlos se presentó en mi casa una noche y me dijo que necesitaba un compañero para emborracharse todos los días, hasta que se le saliera el frío del cuerpo. Aunque no lo veía hacía más de un año, le dije que contara conmigo. Primero, porque me parecía justo acompañarlo después de lo que le había vivido; segundo, porque si su talento para conquistar mujeres seguía intacto, yo podría sacar algún beneficio de la experiencia y quizás encontrara alguna chica que me hiciera compañía el resto de la vida o al menos un fin de semana; también porque sería una buena excusa para no parar en casa luego del trabajo y evitar así la cantaleta de mamá, quejándose porque desaprovechaba la oportunidad de ir a la universidad.

Carlos cumplía un mes de haber vuelto del servicio militar. Lo habían enviado a un Batallón en Bogotá y lo que más lo había afectado era el frío. El del agua helada a las cuatro de la mañana o el de las garitas asoladas por el viento en las madrugadas de guardia. Todavía tenía una tos carrasposa que se le agravaba cuando llegaba la noche y empezaba a refrescar. Por eso creía que el frío se le había metido en el cuerpo y que la única manera de sacarlo era a punta de aguardiente.

Después de tres meses de borracheras diarias, estábamos en un bar con Adelaida y María, dos morenitas alegres que Carlos se había levantado en el lugar y que movían la cintura como culebras persiguiendo el calor. Yo controlaba la cantidad de aguardiente que tomaba Carlos para que no lo estropeara todo. Sobrio era un imán para las chicas, pero cuando se pasaba de tragos, las espantaba como los perros a las palomas de la plaza.

El caso es que yo estaba muy emocionado por saber qué me traería el final de la noche con Adelaida, pero cuando volvimos de la pista nos encontramos con la cabeza descolgada de Carlos y los ojos suplicantes de María rogando para que alguien la sacara de allí. Decía que Carlos se negaba a bailar y que se había puesto a decir cosas raras, algo del frío y de una maldición que le habían pegado en Bogotá. Intenté animarlo para que se pusiera de pie, pero no me hizo caso. En cambio seguía con sus lamentos.

            ―No te podés imaginar ese frío, es que no podés…

Adelaida y yo cruzamos una mirada de deseo y tristeza cuando nos despedimos. Tuvo que irse con su amiga y yo me quedé con Carlos. La tos había arreciado y le daba un tono tétrico a sus palabras.

―Dejá que se vayan, que lo que necesitamos es beber para matar este frío.

―Para vos es muy fácil decirlo porque conseguís mujer cuando querés. Pero yo no voy a volver a ver a otra como Adelaida en toda mi vida.

Nos aferramos al aguardiente hasta que le dio por buscar problemas con un mesero. Entonces salimos del bar y caminamos abrazados haciendo eses por una calle solitaria que subía hacia una leve colina. Me pidió perdón por su comportamiento y yo le dije que no había problema. En ese momento pensaba en los ojos de Adelaida, en su sonrisa amplia brillando en medio de la pista de baile, en el contorno de su cintura moviéndose frenéticamente a lado y lado con un ritmo endemoniado. Carlos siguió pidiéndome perdón, pero después de la tercera o cuarta súplica, me fue consumiendo la ira: era por su culpa no estaba ahora con la que podría ser la mujer de mi vida. Me solté de su abrazo y le dije que no pensaba perdonarlo a menos que esta situación se acabara, que no íbamos para ninguna parte emborrachándonos todos los días y dejando que las pocas mujeres que conocíamos huyeran de nuestro lado.

―Podés empezar yendo a un doctor que te revise esa carraspera.

 Carlos se detuvo. Fijo en un punto, su cuerpo se tambaleaba como si estuviera en la proa de un barco anclado en el Pacífico. Me estudió tres segundos con una estúpida mirada de ternero y luego vino hacia mí, intentando conectar un puño que esquivé fácilmente. Fue a dar al piso como un bulto, con medio cuerpo en la acera y medio en la calle. Encendí un cigarrillo. Cuando iba por la mitad, Carlos seguía tirado en la misma posición, como si se hubiera quedado dormido, y empecé a gritarle que se dejara de pendejadas, que teníamos que irnos a la casa. Intenté moverlo con el pie y descubrí la sangre que manchaba el asfalto. Me agaché y vi que tenía una herida que le atravesaba media frente. Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo y me paralizó un instante. Luego huí.

Al otro día, me levanté tosiendo y tiritando. Afuera el sol caía a plomo sobre la ciudad, así que salí para darme un baño de calor con sus rayos ardientes, pero comprobé, aterrado, que parecían atravesarme como a un vidrio.

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