Jairo Varela, el hombre que hizo de Cali una canción

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La relación de Jairo Varela con Cali era un destino que él logró presagiar cuando tuvo fuerza para escoger donde quería vivir hasta morir.

Algo le indicaba a Varela que aquí era donde debía llegar. Una vez abandonó las orillas del Atrato, de su natal Quibdó, todo lo demás era el cumplimiento de pasos predeterminados que conducían a Cali. Cada uno parecía un hecho necesario e inevitable para finalmente instalarse en esta ciudad.

Por eso no necesitó de más de dos años para escribirle un himno que lo cantan en todo el continente y que cada vez que suena hace vibrar a todo el que lo oye. Era la confesión del destino: “todos los caminos conducen a ti” y la promesa –ahora cumplida- de que “no me voy más ni por miles”.

Jairo Varela era un recién llegado a Cali, cuando la convirtió en una canción. Eso fue en 1984, apenas dos años después de que finalmente y tras 17 años en Quibdó, 8 en Bogotá, 3 entre Puerto Tejada y Buenaventura llegara para instalarse en la ciudad y como en una premonición le cantara para los días de ausencia que hasta ahora no habían ocurrido.

Seguramente fue cuando se radicó un tiempo en Miami, cuando pudo sentir lo que ya todo el mundo bailaba : “cuando dure mi ausencia sabes bien que me muero” y se cumplía el presagio de “la pena que un día sentí 
cuando en frente de mí tus montañas no vi”.

Varela dejó Quibdó después de haber fundado su primera orquesta, El Timba, y de hacer sus primeras incursiones en la música inspirada en ritmos caribeños que entraban al Chocó por el golfo de Urabá y se mezclaban con los ritmos del Pacífico y con los cantos gregorianos que oía mientras se cuidaba de las enfermedades que soportó durante su niñez.

Los versos de su mamá poeta y los sones de una guitarra, que nunca aprendió a tocar como hubiera querido, sirvieron de soporte para sus

La Cámara de Representantes le otorgó a Jairo Varela la orden de la democracia Simón Bolívar en el grado de gran caballero.

primeras composiciones. Las mismas que lo impulsaron a buscar, sin saberlo, los caminos que lo traerían a Cali. La nostalgia del Atrato, la tristeza de la ausencia del Padre a quien solo conoció ya crecido y vio pocas veces y los recuerdos de la infancia los volvió versos en “Mi pueblo natal” el que cantaron de felicidad un grupo de policías colombianos que dejaron años de su vida secuestrados sin piedad en la selva.

Llegó a Bogotá, allí se refugió en los sórdidos lugares que la Capital excluyente y discriminatoria tiene para los negros. En los sombrios bares donde sonaba la salsa. Los del barrio Santa Fé, donde se refugiaban los costeños del Pacífico y el Caribe a paliar el frío con algo de licor y mucha música, que para los oídos de los bogotanos sonaba estridente.

Allá a la quinta, la de Bogotá, no la de Cali que inmortalizara Varela, llegaban al Goce Pagano y la Teja Corrida los borrachos con poco dinero, los hippies tardíos y los “mamertos” a disfrutar de las primeras composiciones de Jairo, las que grabó en un primer disco que no resultó muy exitoso por lo que la compañía disquera se negó a grabar el segundo.

En “El Infierno”, el restaurante chocoano de la Carrera 7ª. en el Centro de Bogotá, le amaneció en medio de la parranda decenas de veces. Ahí encontró al cubano Antonio Asunción Oxamendi, que le puso la música al primer éxito.

El frío que calaba los huesos, la pobreza que no permitía comer completo, la oscuridad agresiva del centro bogotano y el ambiente discriminatorio de la ciudad hacían que Varela y sus amigos quisieran arrancar para Cali lo más rápido que pudieran. Había que conseguir para el transporte y tener donde llegar.

A Bogotá volvió a recibir homenajes, a poner a baliar a miles de personas en el estadio El Campín, en la Plaza de Toros, en el Parque Simón Bolivar, en la Plaza de Bolivar. La misma que se llenó completamente, en el marco del Festival Salsa al Parque, para expresarle su admiración y la gratitud por la alegría de su música. Ahí a pocas cuadras del viejo edificio donde surgió la idea de crear el Grupo Niche que se concretó dos años después en Cali.

Decidieron llegar a Puerto Tejada, donde los amigos y familiares los albergaban y le ofrecían alimentación y compañía. Varela compuso Buenaventura y el caney y comenzaron los éxitos. Era el momento de llegar a Cali.

En el Hotel Savoy, en la Avenida Primera, donde no pudo estar mucho tiempo por falta de dinero para pagar, se probaban los sones que se convirtieron en himnos.

Comenzaron treinta años de una historia de amor que convirtió a Cali en una canción. Además del himno, Cali Pachanguero, toda Colombia y muchos latinoamericanos, saben que del Puente para allá Juanchito y que del Puente para acá está Cali. Así como la Quinta adquirió la fama de gran avenida que atraviesa “Mi Cali bella”.

Jairo Varela, siempre subrayaba que Cali es “nuestra ciudad” y ahí dejó también su impronta empresarial en lugares de moda y entretenimiento como la «Boutique Cristina Miguel » y la Discoteca «Disc Show Room», que se convirtieron en leyenda y que le costaron al músico su libertad porque se dijo que las había adquirido con dineros del “cartel de Cali”. Nunca logró superar la tristeza que le dejaron los años perdidos en la cárcel.

Las cincuenta mil personas que coreaban su nombre, en 1996, en el estadio Pascual Guerrero en el concierto del regreso lo hicieron llorar. Ese mismo estadio que popularizó en todo Colombia con el anuncio de que “hay clásico en el Pascual” y la frase de combate que invita a América y Cali a ganar” porque “aquí no se puede empatar”. La proclama era un giro “políticamente” correcto, porque su afición por el América no la escondía, tanto que le compuso un himno que se canta cada domingo.

Fue el rey de la Feria. Las mejores versiones son las que comenzaron en el Parque Panamericano con el himno al son del Grupo Niche. En 1995, sin Varela, la orquesta fue aclamada y en la memoria de los salseros quedará el mano a mano del 2006 con Guayacán, la de Alexis Lozano, el socio, amigo y competidor.

Sufrió la tragedia que afectó tanto a Cali, la de los dineros malditos. La casa de su hija fue allanada en dos oportunidades, sus bienes fueron embargados, él condenado y encarcelado por más de tres años.

Foto: Cortesía Revista Ébano Latinoamérica

Otros problemas lo afectaron. Tuvo dificultades con antiguos integrantes de su grupo que terminaron en las barandas de los tribunales y Varela otra vez en Miami.

Dejó a Cali un tiempo, pero la nostalgia lo hizo regresar. Aquí se enamoró de nuevo, soportó un infarto, abrió nuevos negocios, siguió componiendo y ahí, donde quería, lo sorprendió la muerte.

Sus últimos años reflejaban la paradoja de un hombre lleno de proyectos, con ganas de seguir creando, de asumir el desafío de no dejarse reemplazar, pero que no seguía las indicaciones médicas que quizás hubieran podido prolongarle la vida. El daño que le produjo el cigarrillo y el sobrepeso no le permitió terminar su novela en la que quería recrear el dolor de los afrodescendientes que han sido víctimas del conflicto armado colombiano.

Pasado el medio de día de un caluroso miércoles de Agosto de 2012 el corazón dejó de funcionar. La noticia se regó como pólvora. Se arrugó el corazón. El maestro Varela se había ido. Todos querían despedirlo. La romería en el teatro Jorge Isaacs se hizo interminable. El escenario estaba tan abarrotado como en 1993, cuando Jairo decidió desafiar la solemnidad del Teatro Municipal que solo recibía Opera y conciertos de la llamada música clásica y decidió organizar un concierto en ese espacio. La orquesta se vistió de frac y las mujeres de trajes de fiesta. La platea se convirtió espontáneamente en una pista de baile.

Muchos llegaron a despedirlo con los instrumentos musicales para demostrar sus conocimientos de la música de Varela. Cali toda lloró, pero también cantó y hasta bailó.

Quedaron para siempre en la atmosfera de la ciudad los versos que se cantan, se bailan, se repiten, se sienten, aún por quienes no sabrían ubicar en el mapa a la capital del Valle del Cauca, ese que quedó inmortalizado con el calificativo de “mi tierra preciosa”, pero esa es otra historia de amor.

Hace unas semanas le dijo al periodista payanes Edinson Bolaños que “el amor mutuo, el amor entre Cali y este servidor ha sido tan grande y tan comprometido a la vez, que yo creo que no habrá momento en mi vida que no pueda agradecerle”, y se puede agregar, ni momento después de su muerte para que Cali deje de recordarlo.

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