El lenguaje de Armitage

0

Por: Luis Felipe Barrera Narvaez
Politólogo con estudios en filosofía política. Analista político. Caleño constructor y promotor de paz.
Twitter: @luisfebarrera

Mucho ruido causaron las recientes declaraciones del alcalde de Cali sobre el perdón y la reconciliación. Tomaron por sorpresa a más de un incauto que solo planeó sobre sus frases. Es evidente que en materia de comunicación política estamos subyugados por la tiranía del eslogan que todo lo simplifica, todo lo ahueca y todo lo trivializa. Nos hemos vuelto incapaces de escuchar y leer en contexto. Peor aún, hemos extraviado la capacidad de discernir el sentido de los grandes gestos humanos que definen la dignidad y la talla moral de una causa o persona.

Armitage no es un político tradicional, ni aspira serlo. Es un líder con una imperiosa vocación cívica. No se esmera en malabarismos retóricos ni florituras para halagar a la opinión pública. Lejos de apelar a mágicas fórmulas populistas o a la tediosa corrección política, nada a contrapelo de los lugares comunes para desafiar el conformismo y la corrupción de las costumbres políticas. Armitage, por el contrario, es directo como el pasaje del evangelista: ‘de la abundancia del corazón, habla la boca’. Su estilo es llano, cercano y desenfadado como el hombre de la calle.

En las declaraciones que causaron polémica hace unos días, el alcalde jamás insinuó el perdón de rodillas a los victimarios, sino la generosidad y solidaridad con los niños y jóvenes que históricamente fueron reclutados por la maquinaria de guerra de las FARC. Fue un llamado de atención sobre el proceso de reincorporación y reintegración de esas vidas que fueron truncadas por los actores armados. Pero distorsionaron y sacaron de lugar sus palabras para hacer politiquería. Muy bajo.

Un sector político del país le ha apostado a confundir a la sociedad con un sofisma eterno: asocia la virtud cristiana del perdón con la falta de autoridad. La realidad demuestra todo lo contrario. Armitage tiene suficiente autoridad moral y política, pues ha sido víctima directa del secuestro y vivió en carne propia lo que para otros ha sido una excusa para desahogar sus odios políticos. De Buda, Sócrates, Jesús, Gandhi o Mandela nadie dirá que fueron líderes débiles por su prudencia, templanza y nobleza para curar las heridas que ocasionan la ignorancia y la maldad.

El alcalde de Cali confrontó directamente a una ideología de guerra que se reprodujo y expandió con el miedo ciudadano. Esa misma corriente política que confunde el despotismo con la autoridad legítima; que se esmera en borrar las fronteras éticas para afianzar liderazgos mesiánicos; en suma, esa narrativa que solo apela a la fuerza para garantizar la convivencia entre los seres humanos y olvida el peso de valores como la confianza, el perdón, la solidaridad y el respeto, que posibilitan que la vida común también sea segura, libre y pacífica.

Quizás nos cuesta asimilar las palabras del alcalde porque estamos acostumbrados a la arenga de guerra y a la polarización, a la cosmovisión amigo-enemigo; pero la esencia del mensaje de Armitage es clara. Romper esos esquemas. Su liderazgo está encauzado hacia la transición política, del estado de naturaleza hobbesiano, hacia un nuevo modelo de sociedad que ratifique el control del orden público, pero del que también broten otras fuerzas morales, espirituales y culturales que consoliden el contrato social. Los caleños debemos sembrar cultura de paz para alcanzar la concordia cívica. Que ese sea el código que rija las relaciones sociales en nuestra ciudad y no la agresividad y el resentimiento que a la larga estimulan más violencia. El fanatismo y el rencor no pueden hacernos inmunes al sentimiento más humano, bello y leal de todos: la compasión.

Comments are closed.