El lenguaje

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Por Camila ZuluagaCamila Zuluaga

Twitter: @zuluagacamila

Para empezar, como ciudadana de bien, desapruebo cualquier acción que se ejecute al margen de la ley, como privar de la libertad a un ser humano. Pero más allá de eso, lo cierto es que si queremos que el proceso de paz dé frutos, es necesario que las partes sean conscientes de lo importante que es para el proceso comprender el lenguaje que se utiliza en el momento de las calenturas. De lo contrario, quedará manifiesta una ambigüedad de conceptos que no nos van a llevar a ningún lado, como sucedió esta semana.

Los delegados de las Farc y del gobierno nacional están en una mesa de diálogo en La Habana, en donde ya se han dado las primeras discusiones sobre la  política de tierras, elemento fundamental del conflicto en Colombia. Pero mientras ello ocurre, el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, tilda de terroristas a los miembros de ese grupo guerrillero.

Las contradicciones en el lenguaje empiezan  ahí: ¿cómo explicar que mientras estamos sentados a la mesa discutiendo importantes puntos que explican  el conflicto armado en nuestro país,  consideramos al interlocutor como terrorista? ¿Está, entonces, el gobierno nacional conversando con terroristas?  

En ese orden de ideas, cuando el presidente Santos empezó su gobierno no solo aceptó que en Colombia existía un conflicto sino que dio las primeras luces del objetivo principal de su mandato: lograr la paz. Inmediatamente se desató la furia de su antecesor,  puesto que reconocer un conflicto interno  significaba aceptar  que las Farc son un grupo beligerante, con un proyecto político y con cierto dominio sobre el territorio nacional.   

Con ese reconocimiento hay reconocer como coherente –aunque no lo aprobemos–  lo dicho en el comunicado de las Farc publicado el día martes, en el que afirman que se reservan “el derecho a capturar como prisioneros a los miembros de la fuerza pública que se han rendido en combate”. Entonces, ¿cómo no van a plantear  que son prisioneros de guerra y no secuestrados si ya ha sido aceptado que lo que existe en nuestro país es un conflicto? 

Después de lo sucedido esta semana, muchas voces salieron airosas a recriminar que las cosas deben llamarse como son y que lo cometido por este grupo alzado en armas es un secuestro y punto.

Es menester, entonces, que el Gobierno nos aclare si lo que hay en Colombia es un conflicto armado o si estamos frente a un grupo terrorista, pues según eso debe ser utilizado el lenguaje.  La contradicción en la utilización de los términos no le hace bien al proceso, y la responsabilidad de aclararlo es del gobierno. Si vamos a llamar asesinos, terroristas y delincuentes a los integrantes de las Farc, entonces no nos sentemos a la mesa con ellos. Un gobierno no puede acceder a ello. Pero si aceptamos que estamos inmersos en un conflicto que tiene orígenes políticos, de ausencias y abusos estatales, se deben utilizar otras palabras, sobre todo si el Gobierno espera que la opinión y la sociedad civil respalden el proceso de paz.

Por eso uno de los puntos más difíciles que tiene la agenda de este diálogo es que la población lo apoye. La gente está cansada del conflicto, eso no es un secreto para nadie, ¿pero cómo espera el gobierno que la sociedad civil apoye su plan negociador mientras vende en todos los medios de comunicación que con quien está negociando es un grupo terrorista? ¡Me disculparán pero resulta esquizofrénico dicho comportamiento!

A eso le sumamos que el interlocutor de la mesa, es decir las Farc, no le aporta al diálogo, más bien le resta: si bien se entiende que califiquen como prisionero de guerra a un integrante de la Fuerza Pública, no puede llamársele así a un civil. En el derecho internacional humanitario no está permitido secuestrar civiles en medio de un conflicto, y eso son los tres ingenieros plagiados en el Cauca. Más aun cuando habían mencionado en la rueda de prensa que dio inicio a la mesa de diálogos que no tenían secuestrados y que no los iban a tener tampoco.

Puedo afirmar que todos los colombianos queremos la paz y esperamos que todas las partes colaboren, incluidos los ciudadanos, así como lo escribí en una columna anterior titulada Reflexiones de paz, pero para poder llegar a ella es pertinente tener claridad en el lenguaje, ¿o usted qué opina? 

Una cosa más: Ya no le preguntemos más al presidente Santos si aspira o no a su reelección. Es más que evidente que su aspiración está en pie; si no, miren los comerciales en los medios de comunicación durante el prime time.

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