El Maestro

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Estravagario viene hoy con un cuento de Klim titulado El Maestro, publicado el 29 de mayo de 1977. La historia, lúcida e irreverente digna de su autor, deja con un sabor de satisfacción al lector luego de llevarlo por las lides del abuso de autoridad y su supuesta eminencia sobre el género femenino.

 

El Maestro

Un cuento de Klim

 

Hacía tanto tiempo que escribía para los periódicos que Klimtal vez por eso las gentes dieron en decirle El Maestro. El Maestro vivía solo, en un apartamento situado al norte de la ciudad, desde cuando su esposa había tenido la buena o mala idea, que eso nunca se sabe, de alejarse de él. Las gentes solían decir que no había sido un dechado de esposo, pero como El Maestro no había contemplado nunca la posibilidad de casarse por segunda vez, no se mostraba interesado en rectificar esa inepta versión.

El Maestro era visitado frecuentemente por muchacha que estudiaban ciencias de la comunicación. Era la carrera de moda. Le llevaban generalmente ensayos realizados por ellas sobre la liberación de la mujer, escritos con el alma, pero que sus profesores, unos seres sin asomos de galantería, no tenían inconveniente alguno en manifestarles que habían sido escritos con las patas. El Maestro cuya debilidad tardía era precisamente las jóvenes estudiantes de ciencias de la comunicación, sí hubiera tenido cerca de esos patanes los había estrangulado con sus propias manos. El hecho de subestimar tan ordinariamente el trabajo de esos angelitos, podía ser un deber para un profesor, pero era una acción muy ruín y vedada para un caballero. Enjugándoles las lágrimas con el pañuelo de su barba, El Maestro las consolaba diciéndoles que aún en el caso de que ellas escribieran sus ensayos con las paticas, no se podía desconocer que tenían unas paticas divinas. Unas paticas B.E.T.E. Es decir, besables en toda su extensión.

– ¿De veras, Maestro? Decían con el rostro bañado por la clara luz de la felicidad.

– De veras!, respondía éste, pasándoles la mano por sobre sus bluyines para confirmar el acierto de su opinión.

– Maestro, ¿y cómo hace una muchacha como yo para llegarle al público? Le preguntaba de pronto alguna de ellas.

El Maestro sufría horriblemente cuando le hacían esta pregunta. No podía responder que para llegarle al público a ella le bastaba con publicar una foto suya, a ser posible en bikini, con el mar lamiéndole rendidamente las paticas, en vez de romperse su linda cabecita escribiendo un artículo. No podía responder eso, porque tal vez estaba frustrando una temprana vocación periodística  y el resto de su vida tendría que pasarlo sintiéndose un canalla. Hablando, pues, lentamente, pesando las palabras en la balanza de su inmenso corazón antes de pronunciarlas, terminaba diciéndole: “Debo ser franco con su mercesita. Ninguna obra salida de la pluma de un escritor es espontánea, ni sincera, ni emotiva, ni humana, si no se basa en una experiencia personal hondamente vivida por el autor. Esa es su falla, muchachita. Ud. Escribe sobre la liberación femenina pero no es una niña liberada. Tiene ganas apenas. Y no lo tome sumercé como una sugerencia, porque las sugerencias se encargaron de desacreditarlas a base de cuñas idiotas la Cadena Caracol. Las niñas liberadas, jovencita, no se contentan con venir a donde un hombre, él sí liberado, a pedirle únicamente un concepto… No, eso no.

Un número considerable de niñas estudiantes de ciencias de la comunicación, las menos inteligentes decía El Maestro, se retiraban en seguida, farfullando entre dientes cosas sobre la barrera generacional, que El Maestro prefería no aclarar. Había dos barreras que le caían supremamente gordas. La una era esa precisamente, la barrera generacional, y la otra era la barrera económica. La primera, a partir de los cuarenta años, y la segunda a partir de siempre. Todo concluía uno o dos días después, cuando las consultantes le remitían al Maestro una fotografía dedicada que éste recibía como un golpe aplicado muy por debajo del cinturón. En las propias fuentes de la demografía. “Para El Maestro, con el cariño puro y reverencial de Tere”. “De Fifí para El Maestro, desde el otro lado de la barrera generacional”. “Con la admiración de Cielín para el único sobreviviente de los Cuatro Evangelistas”.

El Maestro, para mortificarse, como solían hacerlo los Padres de la Iglesia, pues era tan pendejo como ellos, colgaba de las paredes de su apartamento esas fotografías. Las ventanas interiores daban sobre los cerros, y a través de sus cristales, cuando los jardines de las casas vecinas estaban florecidos, El Maestro disfrutaba de una vista soberbia. Flores blancas, rojas, lilas, amarillas, de todos los colores, alternaban formando un cuadro que humillaba con si sobria belleza la honda acuarela de dalias y margaritones que El Maestro, siempre sentimental, conservaba como recuerdo pictórico de una anciana por las mañanas, cuando El Maestro las abría de par en par, para purificar el aire viciado por el cigarrillo, su apartamento se llenaba de pétalos multicolores que el viento arrancaba al pasar por las casas vecinas y que entraban volando como mariposas que quisieron rendirle un homenaje a la belleza fría y desaprovechada de Fifí, de Teté y de Cielín. La peor forma del egoísmo femenino, pensaba El Maestro mientras mesaba filosóficamente su barba, es la castidad.

Un día llegó una muchachita que superaba en belleza a Teté, a Fifí y a Cielín. Examinó las fotografías de ellas, y frunció los hombros involuntariamente, como tratando de decir ¡por ciento sí! Y tuvo un detalle que El Maestro consideró fundamental. Tanto que la barba le tembló emocionada como la de Abraham, en la Escritura, cuando Sara le dijo que esperaba a Isaac. La niña estuvo de acuerdo con él en que para escribir sobre liberación femenina había que liberarse. ¿Entonces? Inquirió en un susurro El Maestro:

– Bueno, ¡tampoco tan aprisa! Respondió al angelito. Yo le avisaré.

Una semana más tarde encontraron al Maestro sin vida. Muerto a la víspera había recibido otra fotografía dedicada y El Maestro se había suicidado hundiéndose impávidamente la dedicatoria, como un estilete, en el corazón. Decía así:

        “Ayer me liberé con Próspero, gracias a sus sabios consejos, Maestro. Eternamente agradecida, Loló”.

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