El Mango y las balas que lo marchitan

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Aunque para el resto del país la guerra parece ser cosa del pasado, en El Mango, Argelia, este año las Farc y el ejército se han enfrentado 37 veces. Se recorrió esta zona para describir qué tan costosa puede ser la paz en medio de la guerra en territorios alejados como este corregimiento del sur del Cauca.

Por Edinson Arley Bolaños

En alianza con El Nuevo Liberal

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Rosalbina Narváez dice que El Mango se acabó, como si en verdad estuviera hablando de esa fruta que muere y vuelve a nacer. Pero no, Rosalbina habla de su pueblo, el que no ha resistido, ni como estructura de cemento, a la guerra que se desató desde 2007, cuando la Policía se instaló en el centro del caserío para enfrentar a los frentes 30 y 60 de las Farc.

Esta argeliana pasa los 60 años. Ese día estaba parada al lado de una trinchera vigilada por dos soldados, intentando entrar o mirar cómo están las ruinas de su casa. Desde afuera solo alcanza a observar las paredes sin techo y las puertas encogidas como acordeón. La razón: desde hace dos años tuvo que salir porque los cilindros bomba caían sin piedad al lado de su casa. Días después, la Policía se adueñó de una manzana de ese barrio y cerró con trincheras las bocacalles. Desde entonces, ni siquiera los ladrillos ha podido mirar.

Sus ojos brillosos y sus constantes suspiros hacen sentir que ese día ha llorado. Mientras me cuenta que sus hijas y nietos se fueron y que su marido murió en un accidente en Popayán, se le atraviesa un recuerdo y se desgrana en llanto: “El 2 de julio del año pasado se cayó una casa y el 9 de noviembre, otra. Para pasar allá toca pedirle permiso a la Policía y esperar que llamen a don Dago de la junta; sino, no dejan”.

Hoy vive en Brisas del Río, una vereda aledaña al corregimiento de El Mango. $150.000 paga de arriendo, más los servicios. Cuando le pregunto por el nombre de su barrio, responde: El Recreo. “Ese es el más perjudicado, pero ahora es Las Vitrinas, donde murieron hace 15 días, por un cilindro bomba, la profesora Ilda y su madre”.

Hasta la casa de la profesora Ilda llegamos marchando junto a cientos de argelianos, el gobernador, Temístocles Ortega, y los once diputados del Cauca la semana pasada. Alzando banderas blancas la comunidad gritaba airadamente: “El pueblo lo dice y tiene la razón, que no haya Policía es la solución”.

La frase se desvanece entre los escombros y una fuga de agua que sale del tubo del lavamanos de la casa. Recorriendo ese sitio, pisando la madera destruida, me encuentro a Rafael Erazo, el esposo de la profesora Ilda Gaviria. Me señala el algodón del colchón donde estaba durmiendo esa noche su esposa. “De aquí la tiró allá”, dice, y señala una pared que ya no lo es.

Una pequeña guerra y grandes azañas

En particular, sentía una pena rondando mi pecho. Desde el día en que una tía me llevó a El Plateado, una hora más abajo de El Mango, no había regresado a estas tierras. Hace diez años. Eran las épocas abundantes, donde las matas de coca parecían ser el monte de las vacas y las botellas de whisky el licor de los pobres. Ahora, regresaba por el mismo camino, pero no a visitar la familia que algún día tuve en ese lugar. Regresaba para ver cómo era que se vivía la guerra en medio de un aleteado proceso de paz. De entrada recordaba solo la inclinada carretera al municipio de Balboa. Dos horas antes partimos de Popayán. Llegamos al Estrecho, Patía y una carretera pavimentada y recta nos esperaba para acompañarnos unos minutos. Luego, la subida y la vista panorámica del majestuoso Valle del Patía, que por sus condiciones climáticas, geográficas y físicas pudo ser tan próspero como el mismo Valle del Cauca, decían los abuelos.

Ya arriba en el Balcón del Patía, el viento atropella y la cima de la cordillera está más cerca La caravana de la gobernación y los diputados van deprisa hasta que se encuentra con una carretera, que a los ojos de un profesor de El Mango no es ni siquiera trocha, sino un camino de herradura. Los carros siguen subiendo hasta que doblan la cordillera occidental. Luego empiezan a bajar y se topan de frente, atravesando el camino, al caudaloso río San Juan de Micay.

De ahí en adelante, el río corre a la par con la carretera. Es el más importante afluente del Pacífico por el lado izquierdo de la cordillera occidental. Estamos en las estribaciones de ese inmenso nudo de montañas. Después de dos horas de trayecto, llegamos a la cabera municipal de Argelia, Cauca.

Ahí se empieza a cumplir lo que el presidente de la junta de El Mango, Dagoberto Muñoz, le reprocha a la Fuerza Pública: “El coronel de la Policía y el Ejército siempre dicen que en El Mango no está pasando nada, que todo está controlado. Cómo será que está tan controlado, que al Gobernador no lo querían dejar venir hoy porque no había seguridad. Nos tocó irlo a respaldar para que bajara de Argelia al Mango”, expresa este líder frente a cientos de argelianos concentrados en la plaza pública del corregimiento.

De hecho, hasta el casco urbano de Argelia nos acompañaron los escoltas y el propio coronel de la Policía del Cauca, Ricardo Alarcón. Pero de ahí en adelante, la caravana solo fue de funcionarios públicos y periodistas. Cuarenta minutos después, llegamos a El Mango. El recorrido de la protesta inicia desde la entrada del corregimiento y pasa por la vivienda de la profesora Ilda. Justo ahí, las casas derrumbadas, agrietadas y solitarias son imágenes que detienen la historia de esa pequeña guerra alejada de las más reconocidas, como la de Toribío, en el norte de este departamento, o la de San Vicente del Caguán, en el Caquetá.

Para recordar, entre el año 2009 y 2011, hubo un total de afectaciones reportadas a la Unidad de Victimas de 1082 personas. En el año 2012 se registraron 73 hostigamientos, 55 heridos y 20 muertos entre civiles y militares. Asimismo, se realizaron 29 censos masivos y en total se volvió a reportar a la Unidad de Victimas, 1239 afectaciones a la población. También se hicieron dos censos de desplazamiento masivo, que hasta el momento no se han aceptado. Todo ello según un reporte que hasta el año 2012 da el personero municipal. Durante este año, esa pequeña guerra ha rebosado las lágrimas de los argelianos: 34 hostigamientos se han registrado. También se han hecho 10 censos masivos y, en total, se han afectado, según la Unidad de Víctimas, a 383 personas.

Sin embargo, como lo dijo un hijo de esta tierra, el diputado Osman Guaca, lo triste de esta historia, son las cifras de la gente que se ha ido, o mejor, que se ha desplazado de su terruño: “Hombres, 6.485; mujeres, 6.942; para un total de 13.427 personas”, dice el diputado. Es decir, que según el censo del Dane, que registra una población total de 25.350 habitantes, más de la mitad de los argelianos ya no viven en su tierra natal.

El Mango también ha intentado educar a sus niños a pesar del conflicto. No obstante, según la rectora del colegio Marco Fidel Narváez, antes se matriculaban setecientos estudiantes, y aunque el plantel educativo queda a la orilla del río San Juan de Micay, estudiar hacía parte de la cotidianidad. Hoy, según la rectora Eliana Chilito, los estudiantes no llegan ni a los 500.

“La estructura del colegio está agrietada. La institución también está a cinco metros del lugar donde degollan el ganado. De ahí salen olores fétidos, que impide que se orienten las clases. Tenemos que esperar a que el viento sople en sentido contrario para que el olor desaparezca”, dice la rectora.

Precisamente una de sus peticiones al gobernador es esa: la reubicación del colegio. Pero la petición completa de la docente, es que saquen a la policía del casco urbano. El Mango pide la paz Caminar por El Mango, no es como saborear la fruta madura que todos conocemos. Es sentir un sabor amargo, que cuando hablas con los pocos policías que están fuera de las trincheras, te da agrieras, y cuando hablas con la gente que abunda en las calles, te da llenura. Los primeros caminan macilentos, porque la comunidad decidió no venderles ni una botella de agua para remedio. De hecho, mientras hablo con un soldado, este le pide a un niño, que revolotea entre la multitud, que le compre un paquete de mangos. Adultos y niños, muchos portan camisetas que tienen un círculo rojo con un letrero que dice: “Marcha Patriótica”.

Pedro Nel Alvarez es militante de ese movimiento. Cuando le pregunto por qué lucen esas camisetas, su respuesta es mostrarme las manos. Son tiesas, callosas, arrugadas y fuertes. Son manos de raspachín aferrado a una economía de subsistencia, que se ha ido diluyendo por la minería, o incluso, por la propia guerra. “Todo mundo lo sabe y el Gobierno también, que hemos de vivir de un cultivo que es ilícito porque nos toca”.

Dando una entrevista, detrás de la tarima, está el alcalde de Argelia. También es un campesino y expresa no aguantar más la guerra, la misma que este año le arrebató a su hijo. Elio Gentil Adrada, insiste en que su pueblo no sólo necesita parar los fusiles, también requiere la carretera que desde Balboa hasta donde termina el último corregimiento de Argelia, solo es una trocha.

A la tarima acaba de subir el gobernador del Cauca. Su discurso es directo, les solicita a los grupos armados, legales e ilegales, que cese el fuego y que no se compren más armas. Luego se compromete a hablar con el presidente Santos sobre las imágenes que pudo contemplar hoy. Con la cara enardecida por el fuerte calor y casi que llorando dice “que se enfrenten si quieren entre guerrilleros y militares, pero no con los civiles”.

Son las dos de la tarde y el evento está llegando a su final. Funcionarios de la alcaldía reparten el almuerzo. En ese instante, vuelvo a mirar a Rosalbina, porque se está peleando por una de esas cajas. Hay montonera, pero también hambre y sed.

La caravana ya está lista. Partimos rumbo a Argelia con la noticia de que hay un combate muy cerca. Al cabo de unos minutos la ambulancia sale despavorida con un herido. Ya en el casco urbano me entero que es un civil al que un balazo le atravesó el abdomen. Los carros empiezan a ascender de nuevo la cordillera. Los pocos soldados que hay en la carretera empiezan a subir a las montañas que se tapan de niebla. “Es que la guerra continúa”, dice el chofer a bordo del carro.

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