El Mundial que se lleva en la sangre

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La profesión de ser arquero es, casi siempre, la más ingrata. El fútbol tiene su mayor atractivo en los goles, y los arqueros están para aguar esa fiesta. Para ocupar la posición hace falta tener vocación, y Vanessa, la hija del histórico Óscar Córdoba, parece tenerla cuando se le ve volar en el arco mientras entrena. Esta vez no quiso desaprovechar la oportunidad de su visita a Cali para continuar su rutina de todos los días: ir a la cancha, hacer trabajo físico y con balón, prepararse para seguirle los pasos a su papá.

/Foto: Juan Camilo Palomar
Vanessa entrena actualmente con el equipo élite de Santa Fe, en Bogotá, aunque comenzó con el Atlético Bucaramanga y tiene las puertas abiertas en el Deportivo Cali y el América /Foto: Juan Camilo Palomar

A sus 19 años recién cumplidos, Vanessa no recuerda un día de su vida fuera del fútbol. Su nacimiento representó para la familia Córdoba el renacer de la esperanza que se había perdido luego del nefasto mundial de Estados Unidos 1994, en el que Óscar fue el portero titular y recibió cinco goles. Ninguno fue tan doloroso como el de Andrés Escobar en propia puerta, el 2-1 ante Estados Unidos que devolvió a casa a la tricolor sin pena ni gloria, una selección de hombres que fueron como héroes y regresaron mal, tan mal que mataron a Andrés.

Córdoba había viajado con su familia a Estados Unidos, y después del mundial se quedó una semana más. Cuando regresó, tuvo que hacerlo en un avión privado, con escoltas y máxima seguridad, como si se tratara de un blanco apetecible a la furia enardecida de una Colombia que veía como una traición el mal rendimiento del equipo en el Mundial.

Por eso Vanessa encarnó la esperanza para el joven portero caleño, formado en la cantera de la Escuela Carlos Sarmiento Lora y figura del América de Cali. Eso dice, al menos, una carta que escribió junto a su esposa para el día que ella se graduó de bachillerato en el Colegio Panamericano de Bucaramanga, hace ya casi un año.

La vocación está en el deporte

Bajo el inclemente sol que hace este domingo en Cali, Vanessa se cambia para iniciar un nuevo entrenamiento. Se pone el primer buso de arquera que le regaló su papá en Bucaramanga cuando comenzó a entrenar el fútbol, uno rosado que lleva su nombre y está hecho a su medida. A ese lo guarda con especial interés porque le recuerda el día en que tomó la decisión de volverse futbolista. Era el día en el que Colombia enfrentaba a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y lo veía junto a su papá, porque su mamá, Mónica Arteaga, se había adelantado para ir a Estados Unidos, donde esperaría a Vanessa para que se fuera a vivir allá y estudiara becada jugando voleibol playa.

/Foto: Juan Camilo Palomar
El buso rosado es uno de los primeros regalos que su papá le hizo como futbolista, y lo guarda como su tesoro más preciado /Foto: Juan Camilo Palomar

–¿Nunca has pensado jugar al fútbol?, exclamó Óscar.

–No papá, ¿por qué?

– Te podría ir muy bien tapando…

En ese momento le hizo caer en cuenta que la figura exótica de Hope Solo, la portera de Estados Unidos, tenía mucho en común con su contextura física. Además, los movimientos del voleibol tienen fundamento del portero de fútbol. El propio Óscar lo vivió cuando era niño y tomó la misma decisión. Era un niño menudito, de 13 años y amante al deporte. Se la pasaba en la Unidad Deportiva Panamericana jugando fútbol, baloncesto y voleibol. Eso le sirvió para entrar al arco en a jugar un torneo con un equipo de amigos donde ya no habían más puestos disponibles, y entonces se puso los guantes para no soltarlos más en su carrera.

Por eso el consejo iba en serio. Lo decía con conocimiento de causa pero parecía descabellado. A Vanessa la esperaba su mamá estaba en Estados Unidos para que se formara en voleibol y una carrera académica. Lo pensó tres días y al final eligió: el arco. Ahora vive un proceso que inició desde ese día y que terminará en Río 2016. Las metas han sido muchas y muy distintas, desde vestir la camiseta de la Selección hasta conseguir títulos y un equipo profesional femenino.

El ejemplo, la virtud

Mientras se toma un descanso para beber agua, y después de haber perdido una tanda de penales que apostó con Francisco ‘Pacho’ Hernández, el amigo suyo y gerente del América de Cali que le abrió las puertas para entrenar en el club, piensa en la gloria de su papá, quien encarna la gloria de los porteros vallecaucanos en el fútbol colombiano. Se acuerda de la noche del 28 de junio de 2001 en La Bombonera. Su papá atajó el último penal que le dio el título continental a los xeneize y la alegría de los Córdoba se confundía entre el papel picado y la algarabía de la tribuna argentina. Tenía cinco años y recuerda que la celebración fue familiar, junto al Chicho Serna y su esposa.

/Foto: Juan Camilo Palomar
La joven portera no siente presión por ser la hija de Óscar Córdoba, pero sí se exige al máximo para llegar a un Mundial, como su papá /Foto: Juan Camilo Palomar

Pero no sólo de gloria vive un portero. Las caídas son tan frecuentes como las atajadas. Cuando se mudaron a Turquía, luego de un breve paso por el Peruggia italiano, el Besiktas esperaba por el flamante campeón de Copa Libertadores y Copa Intercontinental. El portero histórico de Copa América con Colombia que logró dejar el arco en cero durante todo el campeonato. Pero en el 2004 las cosas con el recién contratado Vicente del Bosque, hoy campeón del mundo con España, no fueron tan fáciles para el ídolo caleño. Era la primera vez que sufría eso de ser suplente en su mejor momento, y luego un desgarro lo alejó de las posibilidades de recuperar la plaza que había sido suya. Fueron momentos difíciles para él y para su familia.

En medio de ese año de suplencia, Vanessa recibió una de las lecciones más importantes de su carrera: “Yo le preguntaba: -¿Papá, a vos no te da rabia que no seas titular? ¿Por qué no te meten?, y él me respondió “si un carro está andando, ¿por qué le vas a quitar una rueda?”, la vida es de esperar la oportunidad.

Los reflejos del mítico Óscar Córdoba se ven en su hija también
Los reflejos del mítico Óscar Córdoba se ven en su hija también

Esa misma oportunidad que espera tener la heredera de la dinastía Córdoba en la Selección Colombia de mayores desde el próximo año, ya que en la Sub 20 tuvo el privilegio estar gracias a la convocatoria del profesor Felipe Taborda para los Juegos Bolivarianos donde la tricolor salió campeona. No tuvo la fortuna de ser titular, porque el proceso del técnico palmirano viene desde la Sub 17 con Angie Mina, una habilidosa arquera que junto a su compañera Lissa Cardozo confirman esa rara teoría de que en el Valle se dan los mejores porteros del país. A Vanessa no le quedó fácil, pero estar con la Selección fue el primer paso de una larga carrera que comenzó hace muy poco, con el talento de esa vocación que parece haberle heredado a su padre.

Los retos a seguir pasan por su viaje a Estados Unidos, esta vez a estudiar en la Universidad de Tampa y becada para jugar al fútbol en el equipo de esa institución, en un proceso de cuatro años donde buscará obtener el título como publicista, mientras se convierte en la continuación de la dinastía Córdoba, un apellido que tiene huella en los guantes de su padre.

Y entre tantos recuerdos, con la sonrisa con la que se le ve incluso volando cuando tapa, y la apuesta del almuerzo perdida en la lotería de los penales con Pacho Hernández en el campo del América, Vanessa se va pensando que en su próxima visita a Cali, su tierra natal, intentará llevarse el título del duelo de arqueros que organiza la cantera más grande de futbolistas en esa posición, la misma que formó a su papá, la Escuela Carlos Samiento Lora.

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