El No de los que no son uribistas

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

La superioridad intelectual y moral de los que abogan por el sí no les deja ver que por debajo de sus narices hay personas que dicen No sin ser sectarios, adoctrinados, homúnculos, estrechos, paracos, antipatrias y todos esos epítetos con los que se despachan –especialmente en las redes sociales– contra todo aquel que dice No.

Su intolerancia y prepotencia no les permite aprehender que el No es mucho más que una complacencia al líder de su campaña. También es una manera de expresar el escepticismo frente a un gobierno que no se esfuerza por apoyar a esas clases a las que solo se acude cuando se está en elecciones: las populares.

Olvidan que ser colombiano es una condición. No es lo mismo ser de clase baja, media o alta. En este país la segregación es abrumadora. Por eso los que desde su comodidad gritan sí, no deberían ser displicentes ante la negación de esas personas que les toca sobrevivir en medio del suplicio diario. (No es menester recordar que en este país son más los que sobreviven que los que viven).

Y es que pedir mayor participación ciudadana sin tener que hacer una larga y tediosa fila para reclamar la pensión; pedir mayor participación ciudadana sin tener que esperar horas y horas –y en medio de un romería de gente– para llegar a casa; pedir mayor participación ciudadana sin tener que enfrentarse al dantesco entorno de una sala de urgencias; pedir mayor participación sin tener que obviar esquinas por las que es prohibido el paso; pedir mayor participación sin padecer la precariedad de las instituciones del públicas –y, por ende, del Estado– es muy fácil.

Por razones del destino (es muy difícil vivir de libros) me ha tocado estar de cerca a algunas de las manifestaciones pro paz. Aunque tal vez no lo hagan de mala fe, algunos de sus líderes soslayan esto que someramente menciono. Y entonces se quejan –y se sorprenden (ay, como si esto no fuera Colombia)– de la falta de activismo ciudadano y de lo apático que es el pueblo colombiano.

Resulta, por lo tanto, que la masa es la culpable del statu quo defendido por el establecimiento. No. La desidia y la ausencia de la participación en los asuntos públicos ha sido una característica histórica de todo pueblo, es si no recordar las quejas de Platón  y   Rousseau frente a sus sociedades.  Lo que hay detrás de ese letargo es una estrategia de las clases dirigentes por mantener a la sociedad maniatada a sus antojos; por eso resulta risible que sea el mismo poder el que se queje de esto.

Los impolutos activistas pro paz deberían considerar que antes de hacer un juicio de valor es preciso considerar el contexto de su contraparte. No es congruente que muchos de los que hablan de perdón y reconciliación actúen en contravía de las banderitas que adornan su foto en Twitter y Facebook.

Y no se trata –como pensará cualquier mal pensado– de justificar la negligencia política de la sociedad colombiana. Es corolario que en este país hay más pobladores que ciudadanos. Es solo que las coyunturas mediáticas ensombrecen la realidad más cruda –y por eso más real– de esta nación. Digo yo que basta de paz. Es más largo y menos digerible, pero hay que ser claros: votar sí a la cesación pacífica del conflicto armado con las Farc. Sin equívocos, sin pomposos adornos; menos comercial pero más real. Punto.

 

 

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