El oficinista y la pintora

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@santiagojq

Santiago Jiménez

Carlos se levantaba a las seis de la mañana. Aura lo hacía unos minutos después y preparaba el desayuno de ambos. Carlos salía a las siete y algunos días iba en carro y otros tomaba el bus. Ninguna de las dos opciones le gustaba. Odiaba su trabajo, pero era incapaz de admitirlo ante las demás personas. Era de esos que siempre respondía “bien” cuando le preguntaban cómo iba todo. Pero, a diferencia de ellos, se sentía miserable haciéndolo. Lo que hubiera querido, en lugar de salir a enfrentarse a una ciudad de trancones y gente ordinaria, sería permanecer en su cama hasta las diez, leer el periódico en pijama y sacar al perro hasta el mediodía. Después, por la tarde, sentarse a escribir. Pero no tenía ningún talento que fuera digno de admirar. Tal vez su capacidad de resistencia. Pero eso a nadie le importaba. Tampoco tenía un perro. Era contador y tenía un trabajo de oficina, revisando cuentas para ahorrarle algunos centavos a la empresa. Lo único que se permitía era soñar, siempre que ponía un pie fuera de casa, con que algún día no iría al trabajo.

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Aura era pintora. Hacía cuadros que eran su propio dolor. Despedía a su marido con un si no quieres, no vuelvas, que le rompía el corazón. Lo hacía sufrir porque él era el único que la amaba y eso le procuraba un sufrimiento mayor a ella misma. Aura era, ante todo, un alma buena y sensible en busca de la furia de la que se alimenta el arte.

En la oficina, a Carlos lo recibía la sonrisa exagerada y brillante de la nueva recepcionista, una niña de diecinueve años más linda que la anterior, con la piel más fresca y el cerebro más vacío. Se tomaba el primer café del día a las ocho de la mañana, hablaba con algunos colegas y se encerraba en su cubículo quince minutos después, a empezar con su trabajo. Revisaba cifras en papeles, libros y documentos y recibía llamadas de su jefe cada hora, apurándolo para obtener resultados. Las once de la mañana eran su peor momento. Siempre lo sorprendían con sueño y hambre y ganas de cometer errores. Tenía que escurrirse por entre el laberinto de paredes falsas hasta la cafetera, para servirse el segundo café y poder soportar lo que quedaba del día.

Aura afilaba cuchillas que introduciría luego en su carne. Miraba por la ventana horas, llenándose del vacío de la calle, de la tristeza de quienes la recorrían con sus problemas diarios, sus cuentas de fin de mes y la lista incompleta del mercado. Lloraba todos los días por ellos. Guardaba sus lágrimas en frasquitos de viejas medicinas.

En el escritorio, Carlos tenía una foto de la primera vez que habían ido al mar con Aura. Ambos sonreían con naturalidad. Ambos estaban más flacos y más jóvenes. Ambos parecían felices. A las doce, Carlos salía a almorzar. En la empresa había comedor, pero él lo evitaba siempre que podía. Lo deprimía ver la fila de personas llevando la comida en un frasco de plástico para calentar en el microondas. Prefería ir al restaurante de Betina al otro lado de la calle, un lugar limpio y barato donde podía sentarse a ver el noticiero del mediodía y comprobar que el mundo estaba loco y no había por qué esforzarse en cambiarlo. Eso lo podía hacer cuando iba solo, pero la mayoría del tiempo uno o varios compañeros de la oficina se le unían y tenía que soportar sus chistes de doble sentido, que involucraban a alguno de los colegas no presentes.

Aura contemplaba el lienzo blanco y a su mente venían mil imágenes. Tenía que aislar una sola para poder pintarla, pero el esfuerzo de filtrar lo que había en su cabeza era agotador y terminaba, a mitad de la tarde, tirada en la cama, con las cortinas cerradas, vencida por la migraña. Era el dolor que buscaba. La mayoría de las imágenes huía despavorida y solo iban quedando las más valientes, las que valía la pena llevar al lienzo.

A pocas horas de terminar la jornada, el tiempo en la oficina se hacía espeso y el ambiente pesaba sobre la espalda de Carlos como un bulto de ladrillos. Tres o cuatro tazas de café adicionales lo ayudaban a resistir. También detenerse en un pedazo del mar en la foto de su escritorio, que lo hacía pensar en que había otras realidades, otras personas en otros mundos que estaban siempre disponibles para ser descubiertas. Recordaba que todo lo hacía por Aura, porque ella era una mujer especial, una que no debió haber conocido nunca, el accidente más afortunado en su vida. Cuando el reloj marcaba la hora de salida, todavía tenía que esperar un par de horas para presentarse en la puerta de su casa. Era el momento en que Aura tomaba los pinceles y los untaba de sangre, en que diluía las acuarelas con sus lágrimas. Entonces iba a un café y pensaba en otra cosa.

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