El Pacífico colombiano no puede ser condenado a otros cien años de soledad

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Luis Eduardo Lobato - NuevaPor Luis Eduardo Lobato Paz*

Los departamentos de Cauca, Valle del Cauca y Nariño surgieron de la fragmentación del gran Estado del Cauca en 1910. Décadas más tarde se crearía el departamento de Chocó. De esta forma, los pueblos ribereños y costeros de la región pacífico colombiana quedarían asignados administrativamente a departamentos distintos y condenados cada uno a vivir sus tristezas por separado.

Si se revisa la historia de los pueblos del Pacífico colombiano, se puede determinar que la constante de sus vidas ha sido ser dejados a su suerte. Un primer momento sucedió en las primeras décadas del siglo XIX. Cuando las minas establecidas en estos lugares dejaron de ser rentables, varios latifundistas payaneses, caleños y antioqueños dejaron abandonadas sus cuadrillas de esclavos y de allí surgirían varios pueblos. Un proceso paralelo se había dado con asentamientos de esclavos fugados (cimarrones) o libertos que también dieron origen a varios pueblos de la actualidad.

Este panorama no cambió mucho con la creación de los departamentos en el siglo XX. López de Micay, Guapi y Timbiquí son los municipios del Pacífico que pertenecen al departamento del Cauca; Barbacoas, El Charco, Francisco Pizarro, La Tola, Magüí Payán, Mosquera, Olaya Herrera, Roberto Payán, Santa Bárbara y Tumaco a Nariño y Buenaventura al Valle del Cauca. Chocó, por su parte, cuenta con 24 municipios. Si se revisan los indicadores sociales, la gran mayoría de ellos figuran entre los municipios más pobres del país.

¿Qué ha pasado y sigue pasando con esta zona del pacífico? La constante ha sido que su suerte solo interesa al resto del país cuando albergan recursos naturales que pueden generar riquezas a compañías nacionales o extranjeras. Estas vienen, arrasan con el entorno, saquean los recursos y luego se van sin dejar ninguna contraprestación social. Esa ha sido la historia de varias compañías mineras que han establecido dragas para la explotación de oro y platino en varios puntos y en diferentes épocas del Chocó y que en el momento en que empiezan a ver reducidas sus ganancias dejan todo tirado. No sin antes haber generado impactos sociales, económicos y ambientales de gran magnitud.

Recursos como el pescado y moluscos que ofrece el océano y los arboles maderables propios de la selva tropical han sido explotados incesantemente hasta tasas que han provocado la cuasi extinción de algunas de estas variedades de fauna y flora. A esta presión sobre los ecosistemas del pacífico se le han añadido recientemente otros fenómenos como la siembra de palma aceitera y de coca en zonas de Tumaco y algunos municipios del Chocó.

Otra forma mediante la cual el país se entera y por unos momentos se acuerda del pacífico es cuando sufren los embates de la naturaleza. En 2011 y 2012 gran parte de los habitantes del departamento de Chocó se inundaron debido a la ola invernal que azotó al país en estos dos años. Los damnificados recibieron las consabidas ayudas humanitarias en su momento, pero después nadie volvió a saber de ellos.

Los hechos de violencia que han afectado y siguen afectando a los habitantes del pacífico es otro de los medios por los cuales se registra y el país se entera sobre su existencia. Masacres como las de Bojayá, las muertes de líderes y el desplazamiento de la mayor parte de los habitantes de las comunidades de Curvaradó y Jiguamiandó mostraron al país y al mundo el estado de desprotección en que se encuentran la mayoría de los habitantes de Chocó. Cercados por distintos actores armado y sufriendo los rigores de los enfrentamientos de las agrupaciones armadas por el control del territorio.

Tumaco se ha vuelto noticia en la última década por el aumento inusitado que tuvo el cultivo de la coca. En 2012 se convirtió en el municipio con las mayores extensiones de coca sembrada (5.771 ha). Anejo a esto se aumentaron los índices de violencia, tanto en su zona urbana como rural, por la disputa en que se trenzaron varias bandas criminales y guerrilleros por el control de la producción de cocaína. Atrás quedó esa imagen que vinculaba a Tumaco como pueblo pesquero, asiento de mineros artesanales y tierra de futbolistas.

Buenaventura aparece en los registros noticiosos cuando se producen taponamientos causados por derrumbes y avalanchas y esto afecta el desarrollo y operaciones del mayor puerto marítimo del país. Últimamente la disputa que libran bandas criminales por el control de las rutas y actividades ilegales, con las consabidas muertes con sevicia de que son objeto las víctimas, la han vuelto a poner en la palestra pública.

Sobre los municipios costeros del Cauca ni malas ni buenas noticias se generan por la prensa nacional y regional.

¿No será hora de darle, parodiando a García Márquez, una segunda oportunidad a los habitantes del pacífico colombiano? Es inconcebible que los habitantes del Chocó no tengan agua potable viviendo en una de las zonas con mayor pluviosidad del mundo. No se puede seguir repitiendo indefinidamente que aquí es donde se presentan los indicadores más altos de pobreza, morbilidad infantil, desnutrición y menores esperanzas de vida al nacer. Tampoco se puede pensar que la redención de Buenaventura será la construcción de un malecón. Es hora de pasar de las conmiseraciones a las acciones. Todo en un marco de concertación y participación de las comunidades en programas y políticas que propongan nuevas alternativas de desarrollo. De lo contrario, estos pueblos seguirán condenados vivir en el realismo mágico del fallecido Nobel colombiano

*Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER. Universidad Autónoma de Occidente

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