“El país anhela la paz pero no tiene claro cuáles son los sacrificios que hay que hacer para alcanzarla”: Alejandro Éder

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Entrevista de Claudia Palacios
@ClaudiaPCNN

Alejandro Eder es el representante vallecaucano en los diálogos de paz. Él ocupa el cargo de Alto Consejero para la Reintegración
Alejandro Eder es el representante vallecaucano en los diálogos de paz. Él ocupa el cargo de Alto Consejero para la Reintegración

La selección Colombia le ganaba tres goles por cero a Chile y en el aeropuerto de Bogotá casi todos los viajeros se aglomeraban emocionados frente a los televisores. Casi todos, menos uno que saldría en un nuevo vuelo de los que ha hecho en el último año y medio en búsqueda de la paz de Colombia. El vallecaucano Alejandro Éder, alto consejero presidencial para la Reintegración, miembro de uno de las familias más ricas del país y el más joven de los miembros del gobierno en la próxima mesa de negociación con las Farc, aceptó esta entrevista con una condición: no hablar del proceso de paz. Entendí, acepté y también le puse mi condición: “Entonces, hablemos de usted”.

Claudia Palacios: ¿Cómo se siente en este trabajo por la paz?

Alejandro Éder: El trabajo de reintegrar a las personas que dejan las armas es una forma de contribuir a la paz y después de tantos años de violencia como colombiano me siento privilegiado de poder ayudar en esa tarea tan importante.

Claudia Palacios: ¿Era un sueño ser parte de un proceso de paz? Porque estudió Solución de Conflictos y su familia ha sido víctima del conflicto…

Alejandro Éder: Yo me he preparado para esto toda la vida. Tuve que irme del país por razones de violencia cuando tenía siete años, crecí en Estados Unidos y siempre tuve la intención de volver a Colombia a ayudarle al país en lo que pudiera como ciudadano.

 C. P.: ¿Si no creció acá cómo hizo para asimilar lo que ocurre en Colombia y para mantener el contacto?

A. E.: Muchas veces sentí el dolor del secuestro y el dolor de que personas tuvieran que dejar sus casas y sus familias por causa de la violencia. El contacto se lo agradezco a mi mamá, que fue quien nos crió en el exterior y no nos dejó tener una mentalidad de inmigrantes. Ella tomaba algunas medidas como no dejarnos hablar entre nosotros en inglés. Me fui en 1983, que eran los peores años de la violencia, pero cuando se tiene el corazón acá  es muy difícil desconectarse. 

C.P.: Cuántos secuestrados ha tenido su familia

A. E.: Muchos. Mi familia ha sido víctima del secuestro. Hemos tenido más de diez personas secuestradas en la familia extendida. 

C.P.: ¿Estar en este proceso le da miedo?

A. E.: No, porque yo he aprendido a distinguir. Antes de hacer esto, yo pensaba que había unos buenos y unos malos, pero en la medida en que uno va conociendo se da cuenta que las líneas no son blancas o negras, que hay personas que se encontraron en una situación especial, que no tenían más opciones, que no tenían cómo comer. La mayoría de ellos se los llevaron de niños.

Eso no quita que no me haya dado miedo. La primera vez que llegué a una reunión con desmovilizados tuve que sentarme afuera durante cinco minutos para tranquilizarme porque me daba miedo. Esos eran los malos que me habían obligado a salir del país cuando tenía siete años. Pero cuando uno les da la mano y habla con ellos se encuentra con personas que son colombianos normales, que tienen sus propios gustos, temores y expectativas como todos los demás. Les gustan los mismos equipos de fútbol, se ríen de los mimos chistes, y ahí uno se da cuenta de la complejidad de la tragedia nuestra, pero al mismo tiempo de las posibilidades porque son como nosotros, no son marcianos, son colombianos.

C. P.: ¿Eso explica que haya encontrado en el perdón y la reconciliación el camino a la paz y no como otros que han sido víctimas que creen que la solución debe ser militar?

A. E.: Sobre eso no creo que haya una respuesta única. Desafortunadamente para llegar a la paz hay que hacer la guerra. Pero para superar esto todos tenemos que ver como buscar el perdón, la reconciliación. No podemos perder tres generaciones más en un mar de violencia. La sociedad tiene que saber que para construir la paz cada uno tiene que poner de su parte.

C.P.: Este proceso se inició por el contacto de un empresario vallecaucano a través suyo para contactar a Pablo Catatumbo…

A. E.: De los temas de paz solo habla el Presidente de la República

C. P.: ¿Está optimista?

A. E.: Yo creo que pase lo que pase, todos los días estamos construyendo la paz. El país que tenemos hoy es muy distinto al del 2002. Nosotros todos los días recibimos personas que dejan la guerra y deciden reintegrarse a la sociedad.

C. P.: ¿Estamos listos para la paz?

A. E.: Yo creo que el país anhela la paz, pero el país no tiene claro qué es la paz, ni tiene claro cuáles son los sacrificios que hay que hacer para alcanzarla.

Es algo que yo vivo todos los días. Cuando veo que le cierran las puertas en el trabajo a los desmovilizados por esa condición, que la gente no quiere que sus hijos jueguen con los hijos de los desmovilizados. Eso no es la paz. Tenemos que llegar a un punto y tragarnos la gota amarga y entender que la culpa no es de quien empuñó el fusil, sino de toda la sociedad por haber generado las condiciones para que ello fuera así. Todos tenemos que poner de nuestra parte.

C. P.: ¿Pero cómo pone de su parte al escéptico, que quizás no ha sido víctima directa de la violencia y no cree?

A. E.: Interesándose. Yo pensaba que yo estaba interesado antes, pero cuando uno conoce el costo, no en Bogotá o en Cali, sino en unas regiones en el país donde pasan unas cosas terribles como el reclutamiento de menores, donde uno como colombiano tendría que reaccionar y buscar una salida viable.

C. P.: ¿Qué ha encontrado que no esperaba encontrar de lo que es un proceso de paz?, usted que ha estudiado conflictos, que fue a Sarajevo recién terminada la guerra…

A. E.: La diferencia entre lo que uno estudia y lo que uno ve es que las cosas que no parecen claras son claras, por ejemplo, nunca estudié en ninguna parte que la línea entre víctima y victimario no fuera clara. Si los reclutaron cuando eran niños, también son víctimas. Cuando es un conflicto que ha durado 50 años es muy difícil trazar esa línea.

C. P.: ¿Cuál es la historia de reintegración que más le ha impactado?

A. E.: Son muchas las historias que me han impactado, pero hay una que yo considero de una colombiana ejemplar. Es una joven que fue reclutada forzadamente a los ocho años. Le dieron un fusil de palo para que aprendiera el combate y conociera el olor de pólvora. Cuando se desmovilizó era analfabeta. Le dimos educación, atención psicosocial, la juntamos otra vez con su familia. Hoy estudia cuarto semestre de medicina y es una persona que le ha cambiado completamente su vida después de nueve años. Hay historias de otro tipo pero todas son muy tristes. Son tristes en su origen pero uno valora mucho ver como logran voltear sus vidas.

C. P.: ¿Después de la paz qué?

A. E.: Después de la paz, la equidad, la superación de la pobreza. Muchas cosas, tenemos que aprovechar todo el potencial que tiene Colombia y por andar dándonos los unos a los otros no hemos aprovechado ese potencial.

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