EL PETATE                               

0

Por Patricia Suárez

En la tierra del maíz se apila y sueña en amalgama ceniza de bula y doctrina; molde, usanza, símbolos en la greda, en el sustrato de los huesos y en la urdimbre de la oral palabra; tejido de murmullos, rincones olvidados, roída ventanita de madera en los espejos del agua y en los pozos de lluvia; barquitos de papel en las tardes de miedo y el trote de un caballo, trote joven, sus cascos desde el alba; soñó el regreso.

Viste de negro Eduviges y lleva prisa.

-¡Señora!, ¡Señora!

Tras silencios de zaguanes se perdió su sombra.

-¡Vuelva señora, vuelva! Mi madre me enseñó a recordar que debo ser respetado y entendido, demás decir que debo a los otros lo mismo que por mí espero: me acosan voces, figuras vaporosas de   imantado secreto; sueño con soñar que sueño y no sé distinguir el estado vital o la vigilia y en noches sin estrellas, en la dolida carcajada de la pena, las canastas de mimbre o los petates y el lino blanco y los linos, raíces y raíces…

Allá viene la mujer del rebozo, viene corriendo.

-¡Señora!, ¡Ay, ay!  Pasó por entre mí, atravesó mi cuerpo y ahora no la veo, se volvió a ir.

-¿Qué busca?

-La casa donde vivió Doloritas.

-¿Doloritas?

-Sí, así llamaba. ¿Murió?

-Más de dos lustros. No la conocí. Escuché de Doloritas allá, por esos lados, donde el cielo naranja se lleva los recuerdos en las tardes de pláticas; se fue joven, iba cargada la entraña, la historia se repite, unos se van, otros quedan; el viejo la dejó ir. “Que ponga pereque a otros”, solía decir. Ha de estar usted cansado, no más lo dejo; mire a su izquierda: ¿ve la casa de techo caído donde asoma el ala de una águila muerta? era la casa de doña Inés y al lado, la de Doloritas. No, no se apresure, no coja por ahí, es peligroso y los difuntos le pueden dar su pela; aunque más largo, tome el otro sendero; por el atajo no se meten, no los dejan pasar desde que se llevaron a Marieta, la niña de Don Pedro.

-Parece loco, se llenó de palabras, pobre, ha de ser solo.

-Doloritas me encargó lo llevara a recibir la cura de Pacha. Usted la necesita, no olvide: el mal se metió en la sangre. Si lo olvida caerá enfermo, anestesiado, la piel se reseca, la boca se avinagra y de ñapa: los gritos, los rayos, la tormenta, las lluvias torrenciales, los días y las noches, los humores, el chirriar de las bisagras y en la espaciosa soledad la fatiga, la casa sin puertas, sin ventanas, los signos, el texto y las primeras coordenadas en los nudos del viento.

-¡Calle, calle usted por piedad! Guarde silencio; las palabras tienen su poder y sepa que en un lecho de muerte di mi palabra, por eso estoy aquí; no sé si lo que digo es sueño o realidad. Hablo, divago, me siento poseído, la lengua se me anuda y escucho a otros que por mí hablan y no veo a nadie, sólo a usted cuando no se evapora; tal vez soy un ser soñado y repetido, plagiado y heredero de soñar y soñar.

-Fíjese: aquí en este taburete se sentó Doloritas. ¡La pobre! casi llega al otro invierno, pero se fue lejos, a tierras de ajenos horizontes, más allá de los cerros, cruzó el mar, los océanos, se perdió en las ciudades, conoció los trajines de otras lenguas. Y venga, baje esa carga, póngala en el petate, mañana es de apuros y hay que preparar su viaje.

-¿Y me marcho y no vuelvo?

-Pregunte mejor adónde va, y ¡quién sabe! tal vez deje de soñar.

Comments are closed.