El pionero

0

Por Santiago Jimenez Quijano

@santiagojq

El fútbol me gustó desde pequeño, como a casi todos. Me escapaba del colegio para jugar en el parque y en vacaciones disputaba partidos épicos de seis horas, en los que el intermedio era ir a almorzar a la casa y el final lo marcaba la puesta del sol. Crecí viendo a Maradona dejar jugadores desparramados en el piso. La primera vez que fui al estadio jugaba el Atlético Limonero, de la tercera división. En el primer tiempo ya ganaban cinco a cero. Para el segundo, los jugadores del rival, tratando de evitar una humillación mayor, empezaron a tirarse al piso, fingiendo lesiones. Salían del campo y no volvían. El árbitro tuvo que dar por terminado el encuentro por “sustracción de materia”, ante los insultos de más de cien aficionados. Para mí, fue amor a primera vista.

Seguí yendo religiosamente a ver a mi equipo. Me acompañaba Luis. Como no teníamos dinero, nos tocaba entrar a la boleta más barata y devolvernos a pie. Vivíamos a varios kilómetros, pero no nos importaba. Llevábamos la bandera del club y los carros que pasaban por la avenida nos acompañaban con sus pitos, en la victoria y en la derrota. Era la época en que se podía disfrutar de un partido de fútbol sin temor a ser apuñalado por una camiseta. Cuando la tribuna se llenaba, en los clásicos contra el Deportivo Almirante, los hinchas de ambas escuadras nos mezclábamos en las gradas sin ningún problema.

El fútbol llegó a ser tan importante para mí, que quise convertirme en jugador profesional. Pero no era muy bueno. Sabía correr y patear el balón. Pero me faltaba talento. Asistí a una escuela de formación con la esperanza de que pulieran mis defectos. Hice algunas mejoras, pero no las suficientes para pasar al primer equipo, que en ese momento ascendía a la segunda división. Estaba en la edad límite y me quedaba solo un año para lograrlo. Pero ya no tenía ganas de luchar. El fútbol de inferiores era un medio cruel y no soportaba más los maltratos del entrenador y de mis compañeros.

Sin embargo, escogí el peor momento para desencantarme del fútbol. Faltaba un día para la final de Italia 90 entre Alemania y Argentina, y no había una sola persona en el mundo que no estuviera hablando de ello. A la hora del pitazo inicial me encontraba vagando por las calles vacías de la ciudad. De vez en cuando pasaba un carro por la calle o se veía a una viejita despistada que había salido a comprar el pan. Doblé por una esquina y entré a una calle comercial. En medio de la acera había un grupo de gente que miraba hacia una vitrina, se cogía la cabeza con las manos y gritaba cada cierto tiempo. Estaban viendo la final en el televisor de un almacén de electrodomésticos.

El destino quiso que, justo cuando pasé al lado de la pequeña multitud, el delantero Jürgen Klinsman adelantara el balón por la punta derecha, haciendo que el defensa Pedro Damián Monzón no le atinara y su pie quedara en medio de los del alemán, quien voló por los aires y, luego de caer al piso, se levantó instantáneamente y sin la ayuda de sus piernas, como un pescado fuera del agua, para finalmente quedar postrado en el piso. Corría el minuto diecinueve del segundo tiempo y Argentina se quedaba con diez jugadores en la cancha. Si el partido había sido difícil hasta ese momento, empezaba una nueva tortura para los hinchas de la celeste y blanca, ya que ni la magia de Maradona parecía poder lograr el milagro. Ahora todas las expectativas estaban en llegar a los penaltis, donde Goycochea, el arquero que los había llevado hasta la final, tendría la oportunidad de convertirse, una vez más, en héroe.

Pero nada de eso me importaba. Me había quedado con la imagen de Klinsman saltando acrobáticamente y su manera de retorcerse después en el piso. La repetición de la jugada mostraba claramente que el alemán había fingido la falta. Seguí el juego para ver si los argentinos lograban la hazaña. Pero en el minuto 37, a solo diez de que terminara el juego, Rudi Voeller se deslizaba por la grama del Olímpico de Roma luego de que Nestor Sensini cruzara su pierna para evitar el remate del alemán dentro del área. Penalti. Alemania campeón del mundo. El grupo en la acera se disolvió. No esperaron al final del partido. Sabían que la remontada era imposible. Yo me quedé viendo la repetición de la jugada. Sensini había ido al balón. La falta no existía.

Volví a la casa con el corazón a mil. Me puse el uniforme y salí al parque con el balón. Entrené durante varias horas sin descanso. Repetí la rutina todos los días, a doble jornada. A final de mes volví a las pruebas en el club. El Entrenador me preguntó a qué posición aspiraba. Le dije, sin vacilar, que quería ser fabricante de faltas. Que podía utilizarme de mitad de la cancha para adelante, pero lo mejor sería cerca del área. El hombre me miró con desconfianza y me dijo que esa posición no existía en el fútbol. Yo le dije que no, que íbamos a ser pioneros y le recordé que Alemania había ganado el mundial con dos faltas inexistentes. Sin dejar la mirada escéptica, me animó a que le mostrara lo que sabía hacer. Le dije que tirara una moneda al campo. Volvió a mirar con desconfianza, pero al ver mi excitación pensaría que no había remedio. Así que sacó una moneda de su pantalón y la tiró al césped. Yo caminé y me tropecé con ella, cayendo de forma tan espectacular que un asistente me preguntó si estaba bien. Me levanté perfectamente. El entrenador me dijo que estaba contratado.

Mi carrera en el fútbol fue larga. Muchos no se acordarán de mi nombre. La verdad es que jugaba pocos minutos. Fue así en todos los equipos que estuve. Me ponían solo cuando íbamos perdiendo por un gol o cuando los partidos estaban empatados y todo lo demás había fracasado. Yo entraba, pedía el balón y fabricaba la falta, dentro o fuera del área, para que nuestros cobradores la aprovecharan. No fueron pocos los partidos que ganamos o los puntos que rescatamos así. Y como jugaba poco, casi siempre en los últimos minutos, no alcancé a crearme una fama entre los rivales y los árbitros que amenazara mi carrera futbolística. Claro que mi posición no pasó inadvertida para los técnicos y los estudiosos del fútbol. Luego de mi debut, se fue popularizando la posición del fabricante de faltas. A los pocos años no había equipo que no tuviera uno como yo en sus filas. Y hoy, ya retirado, me dedico a entrenar mi técnica en las selecciones menores de un club importante. La gente dice que nuestro trabajo daña el espectáculo y corrompe el deporte. Puede ser, pero hay que darle gracias al fútbol por permitir que alguien como yo, sin verdadero talento, hubiera podido forjar una carrera en un deporte tan competitivo, por más de quince años.

Comments are closed.