El poder de las palabras

0

Por Camilo Granada

La toma violenta del congreso de los Estados Unidos por una muchedumbre azuzada por el presidente Trump y sus aliados demuestra la trascendencia y el impacto que tienen las palabras.

Desde antes de las elecciones la campaña de Trump se dedicó a anunciar que la única forma de que el presidente no ganara la reelección sería a través del fraude. Pasadas las elecciones y siguiendo un libreto prestablecido, el presidente y sus seguidores repitieron hasta el cansancio las mismas mentiras sin sustento y sin pruebas, y se negaron a reconocer los resultados. De nada sirvió que las demandas presentadas fueran todas rechazadas por los jueces, incluyendo los de la Corte Suprema de Justicia, de mayoría conservadora. Esas mentiras fueron ampliamente retomadas por los medios de extrema derecha y por las redes sociales.

Esta estrategia fue exitosa. Según diferentes encuestas, una mayoría de los votantes del partido republicano afirman no confiar en los resultados de la votación y estar convencidos de que hubo un fraude. A partir de ahí era fácil empezar a movilizar a los más radicales para que hicieran presión sobre los representantes a la cámara y los senadores de ese partido para que también cuestionaran el sistema electoral. Algo totalmente incoherente si se tiene en cuenta que muchos de ellos fueron elegidos en la misma jornada electoral. Aquellos que se atrevían a reconocer el resultado –tan solo unos pocos—fueron atacados, acosados y vilipendiados en los medios y las redes sociales.

Toda esta locura colectiva que construye una realidad alternativa y contraria a la evidencia condujo a los eventos del miércoles pasado. Una turba enardecida siguió las instrucciones de su líder y marchó hacia el capitolio para “defender la democracia, maestro” y evitar que los resultados reales de las elecciones fueran convalidados por el congreso de los Estados Unidos. El desenlace era inevitable. Lograron romper las barreras y violentamente ocuparon los recintos de las plenarias de ambas cámaras parlamentarias. El enfrentamiento dejó cinco personas muertas, varios heridos y decenas de personas arrestadas. También generó estupefacción y desconcierto en el mundo entero. Parecía inconcebible que esta situación se diera en una de las democracias más antiguas y –aparentemente—más sólidas del mundo.

Tal es el poder de la palabra. El sistema democrático está fundamentado en ella. Es por su intermedio que se debaten las diferentes ideas, propuestas y visiones de sociedad. El voto es la voz de la ciudadanía y permite que los dirigentes sean escogidos por la voluntad de las mayorías.

Pero así como permite transmitir conceptos y propuestas, la palabra también puede ser utilizada para socavar instituciones, destruir reputaciones y fomentar la violencia. “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, esa frase que se le atribuye a Jospeh Goebbels, el principal propagandista nazi, se ha convertido en el modus operandi de todos los populistas y demagogos. En Colombia lo sufrimos en carne propia con las mentiras mil veces repetidas en contra del acuerdo de paz durante la campaña del plebiscito.

Pero las consecuencias pueden ser aún más graves. Siempre hay idiotas con iniciativa quienes llevados por la credulidad terminan actuando y cometiendo actos de violencia, creyendo que cumplen así con un propósito superior. El resultado generalmente es fatal. Gente es asesinada, familias son desplazadas, grupos sociales son estigmatizados.

Para aquellos que hemos trabajado en el sector de las comunicaciones, asesorando empresas, campañas y gobernantes, los episodios vividos en Estados Unidos en estos cuatro años (o en Colombia en repetidas ocasiones) son un llamado de alerta sobre la importancia de promover un discurso serio y honesto, basado en la realidad y con argumentos. No todo vale para ganar. Las comunicaciones –la palabra—son una herramienta poderosa para convocar y movilizar a la ciudadanía, pero se deben usar con respeto, responsabilidad y sentido democrático. No existen –como sostuvieron Trump y su equipo más cercano desde el inicio de su gobierno y su guerra sin cuartel contra los medios de comunicación—“hechos alternativos”. Ese es el disfraz de la mentira y la manipulación.

Si algo debemos de sacar de la tortuosa transición democrática en Estados Unidos es que es nuestra responsabilidad, como ciudadanos, es denunciar y rechazar los intentos populistas de uno y otro extremo para desdibujar la realidad y convertir la palabra en instrumento de engaño, confusión, y en últimas, erosión de la democracia y promoción de la intolerancia y la violencia.

Comments are closed.