El Préstamo Inglés

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Por Francisco Javier Pantoja Pantoja*

@fjpantoja

Los ingleses fueron de los primeros en prestarle a Colombia en 1824. Una exorbitante cifra de 30 millones de dólares o pesos -que en la época equivalían a lo mismo- que convirtió a la joven nación en una de las pioneras de Latinoamérica en padecer la crisis de la deuda externa.

Pero, ¿cuál era el interés del Reino Unido en prestar tal cantidad? ¿Qué hicieron este dinero?

Lo volvieron ‘caldo de cuyes’. Con un millón se compraron dos fragatas a los Estados Unidos, que fueron abandonadas a su suerte en la bahía de Cartagena, no había marina que las utilizara ni guerra que pelear. El resto del dinero se utilizó para pagarles a los precursores de la independencia todo su heroísmo patrio.

Y ahora se entiende que eso de la frase “no sea bobo mijo” tiene 200 años de antigüedad, es la herencia cultural que corre por las venas de cualquier colombiano. Algunos héroes de la independencia pasaron a llamarse acreedores internos de la nación, ahora eran ambiciosos, especuladores e inflaron las deudas de tal manera que convirtieron el préstamo en un botín.

Llenos los bolsillos, no tuvieron otra cosa que beber cerveza inglesa y a comprar bienes de lujo europeos: jarrones, muebles, paños, espadas, entre otros. Consumo que parió el primer fenómeno inflacionario del cual se tenga noticia. De la noche a la mañana había nuevos ricos no con el esfuerzo de la productividad del trabajo sino con el de la viveza, esa que nos destaca como colombianos.

Mientras tanto los inversionistas extranjeros drenaban la laguna de Guatavita en busca del oro de la leyenda de El Dorado; al final ni secaron la laguna ni encontraron al cacique. Otros repartían biblias protestantes baratas, y otros leían en las escuelas del presidente Santander la doctrina utilitarista de Bentham hasta que el fuerte terremoto de 1826 en Bogotá los sacudió para siempre. ¡Gracias a Dios!: gritaron en el Vaticano.

Al otro lado de la plaza de Bolívar, los honestos de la época, los que no participaron de la rapiña o quienes se quedaron por fuera del reparto, exigían el fusilamiento de los corruptos -los que se enriquecieron ilícitamente-. Sin embargo, al final del día los ladrones no perdían el título de héroes y las pruebas para acusarlos ya se las habían puesto y comido y lo único que le quedaba a la patria era un guayabo inflacionario.

En toda América se luchó por la independencia. En Uruguay, cuando se le preguntó a un precursor ¿cuánto se le debía?, respondió: ¡a la patria no se le cobra!

Para el terremoto, la independencia estaba empeñada. El gobierno de Santander debía destinar de los miserables ingresos de la nación, la tercera parte para amortizar la deuda y pagar los intereses de la generosidad británica. En fin, estos dineros navegaron aguas arriba, aguas abajo en el rio Magdalena y desembocaron nuevamente en Europa.

¿Y qué nos dejó todo esto? A la economía le paso lo del refrán: Si el mono se viste de seda, mono se queda. El único bien exportable seguía siendo el oro de aluvión, los bienes necesarios se producían artesanalmente y la pobreza era un verbo. Esta inyección de capital potenció los nombres de algunas familias.

Por el contrario, a temprana edad se conoció el espejismo del poder de compra, se vivió una aceleración económica similar a las llamaradas de las hojas secas, y de ñapa la economía adquirió por siempre el virus de la inflación, la incurable deuda externa y para completar la herencia, un peso jamás volvería a valer igual que un dólar. Gracias por tan magníficos regalos.

Ahora del pasado al presente. El indicador inflacionario para el 2014 finalizo en 3,66 %; en 1946 -cuando se lo calculó por primera vez- se situó en 9.3 %; en el 63 en 32,3 %; en el 79 en 28,8 %; en los 90s fue igual que en el 63 y es mejor parar porque se llenó la columna.

El del 1824 nunca fue medido, pero por los anteriores datos, la locura se ha repetido. El tufo de la embriaguez lo tienen los que no bebieron, al fin y al cabo a los pobres el consumo de bienes de primera necesidad no les importa.

*Magister en Economía Aplicada.

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