El primer paso de las víctimas

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Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

Marcharon las personas, los colectivos, las autoridades. Cantaron los cantantes y hablaron los escritores. Y se cerró la semana decretada alrededor de las víctimas, la memoria y la paz con la pregunta que siempre asalta cuando se realizan este tipo de actos, ¿de qué le sirven las movilizaciones y los discursos a la gente que muerde el polvo de la guerra?.

 El 9 de abril fue declarado en Colombia como el día de las víctimas y la memoria en la Ley de Víctimas de 2011, tal vez la fecha más emblemática del desvarío nacional. Ajá, dicen los escépticos, ¿y acaso con eso se van a resarcir las vidas atropelladas, los duelos acumulados, las pérdidas ocasionadas en tantos años de matarnos sin tregua?.

 Parece que nos olvidáramos, o más bien que no quisiéramos recordar, que Colombia ha transitado por décadas y décadas de negación de la existencia de las víctimas de la guerra. No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen por ahí, y entre las costras que hemos heredado en este país curtido en la violencia está la ominosa intención política de reivindicar a unas y negar a otras víctimas, un proceso de selección en el que cada cual habla por lo que le duele y esconde sin pudor los desmanes que le conviene.

 Como si las víctimas de cualquier bando, ilegal o legal, no lo fueran por el hecho de haber estado inmersas en una tercera entidad, que se llama guerra. Desde el 9 de abril de 1948 (y desde antes, claro está, pero tomemos la fecha símbolo de estas conmemoraciones) han corrido ríos de sangre provocados por dos, tres, cinco hasta decenas de bandos que se han hecho a la vía armada para demostración de su poder local o nacional. La dificultad para reconocer la existencia de las víctimas en Colombia está profundamente ligada a la toma de posturas frente a la guerra, desviaciones ideológicas y políticas de una verdad que grita ser reconocida.

 No se reconoció en otras épocas que godos y cachiporros, machete al cinto, dejaban su reguero de muertos marcados con trapo rojo o azul de metileno. Cuánto tiempo y cuántos muertos costó reconocer la existencia de los ejércitos privados que fueron la semilla de los paramilitares y sus vínculos con el establecimiento. Cuánto transcurrió para que la izquierda democrática se pronunciara en contra de la lucha armada y se desligara de la guerrilla no como un ardid político sino con la convicción de romper el paradigma de que la violencia es la partera de la historia.

 De victimarios bautizados con siglas está repleta la historia nacional. Desconocer su actuar o interpretarlo con verdades a medias, nos ha llevado a la ceguera de clasificar a la carta a las víctimas, unas de aquí y otras de allá, hasta convertir al país en una sola masa victimizada, llegando incluso al cinismo de decir desde la vitrina de los medios de comunicación, que víctimas somos todos.

 No. Las víctimas en Colombia son miles y miles de personas afectadas por la guerra, tienen formas particulares, han perdido sus tierras, sus hijos, sus esposos, han sido pisoteadas en su dignidad. Las víctimas que reconocemos sí existen, así parezca de Perogrullo. La Ley de Víctimas, la Unidad de Víctimas, el día de las víctimas, son apenas la respuesta a una verdad manipulada por los entresijos de la política.

 El asunto es que el reconocimiento no basta. Que hoy sepamos que las víctimas en Colombia son reales nos coloca apenas en el primer escalón del proceso de reconciliación nacional, el primario, lo básico. El siguiente será un ejercicio de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición, en lo que apenas damos pinitos. Y mucho, mucho nos falta, para el estado superior al que tendríamos que llegar, en el que las víctimas dejaran de existir, no solo por efecto del cese de la guerra.

 Una víctima deja de serlo cuando sus condiciones de vida retornan a la situación anterior al hecho victimizante, y falta mucho para que esto suceda con tantas y tantas personas en el país, miles, millones de ellas regadas por los campos. Personas que no llenaban las calles de las ciudades en la marcha del 9 de abril, ni se arremolinaron para escuchar a Rubén Blades en el Parque Simón Bolívar cantando por la paz en Colombia. ¿De qué sirve entonces conmemorar un día de las víctimas?

 Más allá del poder del símbolo, que permite hacer visible lo que el corazón o la mente niegan, el día de las víctimas sirve para recordarnos que aun falta mucho para que erradiquemos la razón de ser de esta fecha. Falta mucho por reparar, por aclarar, por garantizar, para que las personas que hoy son reconocidas como víctimas salgan de esa categoría y se conviertan simplemente en ciudadanos y ciudadanas. Solamente ese día podremos decir que vivimos en un país que se ha reconciliado.

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