El Proceso, de Franz Kafka

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Por Patricia Suárez

De Kafka y la duda de que el señor K ha sido calumniado por alguien, la arbitraria detención a la que se ve sometido, el absurdo de no saber de qué se le acusa, la confiscación de sus pertenencias,  la advertencia de venta  (a futuro) de las mismas en caso de no ser absuelto, la afirmación de lo mucho que duran los procesos…

Bajo una estructura jurídica el acusado tiene  derecho a un  tribunal,  la asistencia de un  el-procés_COBERTAabogado. Cualquier individuo espera un juicio justo,  el debido proceso que garantice la aplicación de la justicia.

El lector, desde el comienzo de la novela, se ve introducido en una atmosfera de morboso desaliento,  a  la transgresión poética de Kafka como escape a la deshumanización que conlleva el progreso, la tecnología y su secuela bélica, conocida por todos.

El imperativo ético  se impone, el deber ser de la conciencia en  la aplicación de la justicia, la  confiabilidad de los ciudadanos al  derecho que,  incorruptible,  asegure el debido proceso y  defienda  y proteja  la integridad   física, moral, social, política, económica de toda persona es, para mí, lectora,  lo que subyace  en los subtextos de esta novela que denuncia y condena desde los hechos  al  Estado corrupto y su aparato burocrático.

Al señor K, personaje central de la novela Kafkiana, se le niegan todos sus derechos y la impotencia y fragilidad de éste,  la incertidumbre,  la desprotección en el sinuoso laberinto del absurdo, de extraños personajes, lo van reduciendo en su condición de ciudadano y ser individual y es, en la  grotesca burocratización de agudos y ligeros  claroscuros, donde la disección   en fragmentos de la existencia del señor K enfrenta y desafía la dignidad de la inteligencia y la cultura.

El señor K  no sabe de qué se le acusa, asiste a los interrogatorios;  un abogado burla su credibilidad,  desgastado en el hiperrealismo del absurdo que socava la naturaleza toda de su ser viviente y reflexivo cae,  frente a las fuerzas del poder y  su maquinaria,  al ser llevado por dos individuos a un suburbio y  muerto a puñaladas.

El siguiente texto, fundamental,  en la novela El Proceso:

“No cabe duda de que, tras las manifestaciones de este tribunal y, en mi caso, después del arresto y tras el interrogatorio de hoy, se esconde una gran organización. Una organización que no solo da trabajo a unos guardianes corruptos, a unos inspectores necios y petulantes y a unos jueces de instrucción cuya mejor cualidad es la de ser mediocres, sino que además mantienen una magistratura de grados superiores y supremos, con una caterva inevitable y sin número de ordenanzas, escribientes, gendarmes y otros servicios de auxiliares, probablemente,  e incluso verdugos. (No me gusta esa palabra) ¿ y qué sentido tiene, señores, esta organización? Consiste en arrestar personas inocentes y en instruir contra ellas, un proceso absurdo y, como en mi caso, casi siempre sin resultado. ¿Teniendo en cuenta la insensatez de todo esto, cómo evitar la peor de las corrupciones en el cuerpo de funcionario? Es imposible; ni siquiera el juez del tribunal supremo sería capaz de conseguirlo por sí mismo”.

Una vez más, el verdadero creador se revela visionario,  profético, al contextualizar la deformidad burocrática del Estado cuyas larvas se retroalimentan en el dolo y el sometimiento…

No podemos ignorar que la neurosis despótica de los autoritarios, el carácter narcisista en la sociedad del “todo vale”, forma parte de la descomposición social, mental y espiritual de nuestro tiempo, permeando todos los estratos y   todas las edades.

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