El sepulturero de Tel Aviv

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Por Patricia Suárez

Colocó piedritas tres centímetros una de otra  en círculos  hasta llegar al centro, con un diámetro de ciento veinte centímetros y un fondo análogo; la figura asombró a su abuela, padres y tíos.

La mañana del cinco de abril, aniversario de la batalla de Maipú, en el solar de una casa en el barrio Las Condes en Santiago la señora Concepción Sornosa y Subiandi ordenó poner cemento en los espacios vacíos de los círculos. Supo que los  hoteles, negocio familiar, de ahora en adelante  serían parchados con piedras que servirían  de alfombras en las entradas y   el lobby de los resorts. La señora Subiandi contrató  a un  artista de la ciudad de Brujas donde su hijo había estudiado Geografía Humana para que éste,  al estilo bizantino, dibujara el rostro de su nieta.

Entre la hendija de un círculo Alfonsina Niebla encontró el diamante de la señora Dulgehin, quien exigió inspeccionar rincón por rincón el hotel  cuyas mayores acciones las tenía el grupo Chile y Asociados. El brillante no fue encontrado no obstante los rayos “X” a todos los huéspedes y trabajadores del hotel y los robots programados para hallarlo.

 Alfonsina llevó, a ciento veinte kilometros del hotel, a casa de Beba Santa, el hallazgo;  acordaron esperar un tiempo prudencial antes de ofrecerlo a algún joyero que sin duda las sacaría de pobres. Beba, madre de Juliano El Pescador, contó a éste el  secreto y le mostró el diamante envuelto en una seda hurtada a uno de los mayoristas de las tiendas Pelígano. El hijo, maravillado por  el brillo, grosor y limpieza del diamante traído de Sur África y tallado en un taller de Ámsterdam, habló de una variedad de peces que tenían los ojos  y la medida de la piedra.

El día en que la  subienda  auguraba buena pesca Juliano se llevó el diamante para medirlo con los ojos del pez que por esa temporada migraba a las cálidas aguas del Atlántico. De buenas a primeras una espesa nube se interpuso a la luz, se desató una tormenta. Beba lloró la ruina de su vida, Alfonsina cayó en depresión hasta la tarde en que se colgó de una ceiba colindante con el patio de un culebrero de Bosnia.

Meses más tarde la señora Dulgehin asistía a uno de los banquetes dados por el Jeque Al Mohaid, de Dúbai. Entre los numerosos platos el pescado a Lo Turbante, preparado con nueces y dátiles por una chef de origen caucásico,  servido en porcelana de Yadró con diseño de Bohemia, exótico plato elejido por la señora Dulhein.  Lo ojos, aún en las ranuras del pez, le causaron algo de temblor (bizarro instante desantendido por la señora). Al sorbo del añejo vino probó el pescado.  De súbito, un ahogo le quitó la vida.

La autopsia determinó obstrucción coronaria de fulminante impacto.

Los restos de la señora Dulhein fueron llevados a Tel Áviv y sepultados en el mausoleo de una antigua familia de rabinos.

Con el pasar del tiempo su hija mayor determinó sacar los restos de su madre y llevarlos a las Islas Fiji donde viviría en compañía de su esposo, magnate griego quien cargara los huesos del tatara-abuelo hasta el padre desde que leyó la Ciudad Antigua de Fustel de Colaunges.

El sepulturero abrió el ataúd y depositó, uno por uno,  los huesos de blanco marmóreo de la señora Dulgehin en una caja de marfil con incustraciones de nácar.

A la mañana siguiente  entregó por escrito   la decisión irrevocable de su renuncia: viajaría a los países bajos a vivir con un tío materno.

El sepulturero de Tel Áviv, Salomón Rosemberg, hoy es dueño de las joyerías Visor.

 

 

 

 

 

 

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