El tema no es más Policía

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César López
César López

Por. César López

Director de la Revista El Clavo

@cesarlopez_

Pensemos en dos ‘situaciones problema’ reales y similares de nuestra ciudad, haciendo un ejercicio básico en el que el sentido común y el razonamiento sean herramientas básicas para encontrar soluciones sostenibles. En definitiva, buscar el bienestar de todos los caleños y salir de un círculo vicioso de “soluciones” pasajeras pero populares, ante una sociedad que exige respuestas inmediatas, pero poco duraderas.

Inicialmente pensemos que para cuidar la aplicación de un examen escrito en un salón de clase promedio en una universidad caleña, con unos 25 estudiantes, el profesor se presenta para hacer cumplir un reglamento aprobado, buscando que los estudiantes no se copien entre sí, no saquen un papelito y transcriban los conceptos que no estudiaron y todo lo relacionado para saber si el estudiante comprendió o no lo visto en clase.

Pero resulta que la cultura del atajo provoca que algunos estudiantes se copien entre sí y hagan trampa. Entonces, los docentes aplican tres tipos de cuestionarios, separan a los estudiantes y los distribuyen a lo largo del salón, etc. Pero de todas formas, como existe una cultura del atajo, de la trampa, de la copia, algunos estudiantes buscarán la forma de salirse con la suya.

Entonces, ¿qué debe hacer el docente para garantizar que se cumpla el reglamento y se logre hacer una evaluación del conocimiento aprendido? ¿Poner más profesores para cuidar a los estudiantes? ¿Crear nuevas normas en el reglamento para quiénes no lo cumplan? ¿Hacer una requisa a la entrada del salón para evitar que ingresen dispositivos electrónicos, papeles y que tengan apuntes en las manos?

Y de la misma manera pensemos que para controlar el comportamiento de los habitantes de una comuna caleña, de unos 100.000 habitantes en promedio, la Policía se presenta para hacer cumplir la ley democráticamente aprobada, buscando que se respeten los derechos de la gente, que no se presenten robos ni homicidios, entre otros. Pero resulta que la cultura del atajo provoca que algunas personas roben y maten por dinero, que vendan drogas, que los habitantes no respeten a sus vecinos, etc.

Entonces, la Policía construye más estaciones, aplica estrategias de prevención de delitos, etc. Pero de todas formas, como existe una cultura del atajo, de la ilegalidad, algunas personas buscarán la forma para salirse con la suya.

Entonces, ¿qué debe hacer la Policía para lograr que se cumpla la ley y lograr que los habitantes de la comuna vivan con tranquilidad, respetando los derechos de sus habitantes? ¿Tener un grupo de policías vigilando las 24 horas del día cada una de las cuadras? ¿Crear leyes cada vez más severas para quienes las infrinjan? ¿Rodear cada comuna con un muro y hacer un retén donde se revise carro a carro y persona a persona para saber qué llevan?

En ninguno de los dos casos serán suficientes las medidas que se adopten, ni ningún presupuesto alcanzará para controlar a una población que crece y que culturalmente vive bajo los principios del atajo. Mientras los profesores  al cuidar un examen y la Policía al patrullar las calles de Cali no dejen de ser vistos como los malos cuando previenen una conducta fraudulenta y los caleños sigamos buscando cómo ‘hacerle conejo’ a la norma, no va a existir ningún mecanismo de control que sea sostenible.

Será con el ejemplo, modificando nuestra cultura, cultivando los valores y generando confianza en las instituciones que a largo plazo podremos modificar nuestro comportamiento y cambiar el entorno. Mientras tanto, a corto y mediano plazo, nos toca seguir aplicando los correctivos que el reglamento y la ley tienen estipulados para quienes no los cumplan.

Pero la estrategia de largo plazo hay que empezarla a ejecutar desde ya. A Mockus le funcionó en Bogotá, donde aplicó tres tipos de regulación: la legal, la moral y la cultural. A mí me funcionó con estudiantes de primer semestre de una universidad al sur de la ciudad, con quienes durante las 16 clases del semestre promovimos cambios en su comportamiento y obviamente en el del docente, buscando que el aprendizaje, el respeto, la honestidad  y el futuro profesional fueran fundamentales.

Empecemos hoy por ejercer un autocontrol de nuestros actos y poner el ejemplo, pero no por echarle la culpa a la autoridad cuando nos apliquen la ley, y contrariamente asumiendo las consecuencias de nuestros actos. Porque el cambio y futuro de Cali no es solo responsabilidad de los dirigentes, también es nuestro.

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