El vendedor de pescado

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1928510Por Santiago Jiménez Quijano

@santiagojq

 

Usted me pregunta cómo fue que terminé vendiendo pescado acá en Santa Helena, pero lo que yo quisiera saber es a qué otra cosa me podría haber dedicado. Mi papá pescaba en el Pacífico y antes de él lo hacía mi abuelo y el papá de mi abuelo. Yo nací en San José, uno de esos barrios construidos en terrenos ganados al mar, en casas de madera soportadas en pilotes que salían del agua. Eso para un hombre adulto es difícil de llevar, pero para un niño es una aventura permanente. Yo corría desnudo haciendo equilibrio en los listones que comunicaban una casa con otra, corría por los recovecos con mis vecinos jugando a las escondidas, me bañaba en el mar en una playa cercana y salía a pescar con mi papá todos los días en su barca. Lo hacíamos muy de madrugada, cuando la mañana todavía era noche y a mí me encantaba el silencio del mar, que es diferente a cualquier otro silencio, porque está la presencia de esas aguas tercas yendo y muriendo en la playa todo el tiempo. A esas horas el agua era como un mineral frío y fluido, haga usted de cuenta mármol líquido y a mí eso me daba un poco de miedo, pero luego pensaba que era el mismo mar en el que nadaba con mis amigos durante horas y eso me tranquilizaba un poco.

Cuando era más pequeño, lo único que hacía en la barca era sentarme al lado de mi papá a contemplar con admiración la destreza con la que preparaba los aparejos. A medida que fui creciendo él me fue enseñando las tareas y los secretos que tenían que ver con el oficio. Al principio no nos alejábamos mucho de la costa, diga usted a seis millas, como máximo, y volvíamos a la casa con cuatro o cinco canastas llenas de pescados que vendíamos en las bodegas o en los restaurantes del puerto antes de la media mañana. Muchas veces, si el trabajo no había sido demasiado fuerte, los jóvenes se reunían a jugar fútbol en la playa y era un placer verlos correr y patear el balón. Yo me hacía junto a los viejos, que hacían fuerza por un equipo  y se burlaban de alguno de los jugadores mientras tomaban esperando el almuerzo. Por la tarde ya estaban borrachos y se acostaban temprano para volver al mar a la madrugada siguiente.

Antes de recitar las vocales, yo ya me sabía los nombres de cada uno de los pescados que sacábamos del mar y que usted seguro no habrá oído nombrar en su vida: chernas, peladas, lisas, saltonas, jureles,  berrugatas, barbetas, guacapas. Toda esa variedad yo no la he vuelto a ver. Acá en la plaza solo vendemos tres o cuatro pescados, la mayoría importados. Los traen del otro lado del mundo teniendo el mar acá al lado, de Taiwan y de China, imagínese, pero también del Ecuador y de Chile y Argentina. Es que de un momento a otro todos los males se vinieron juntos, o eso es lo que a mí me pareció, porque a esa edad uno no entiende bien cómo suceden las cosas.

Si me preguntan cuándo empecé a sentir que el destino se torcía, debo decir que coincidió con la época en que ya no era tan fácil llevar a cabo una buena faena cerca de la costa y tocaba adentrarse en el mar más de diez millas para volver con algo a casa. Algunos decían que se trataba de un fenómeno pasajero, pero la verdad es que la pesca nunca volvió a ser tan abundante como antes. Hasta las empresas de pesca industrial tuvieron que ir cerrando y yo creo que si usted va hoy a El Piñal, todavía podrá ver el cementerio de barcos anclados, oxidándose de olvido. Como le dije, ahora tocaba ir más lejos a pescar, y después de alimentar a la familia, lo que sobraba no alcanzaba ni para pagar la gasolina. Y estaba la inseguridad. Uno de mis tíos fue asaltado en alta mar y no solo le robaron un mero de veinte kilos, sino que le sacaron el motor de la barca.

El caso es que, como pudimos, nos fuimos adaptando a la nueva situación. Afortunadamente la pesca era una actividad familiar y entre todos nos unimos para poder sobrevivir, esperando que las cosas cambiaran algún día o que el gobierno nos diera una ayuda.

Pero no estábamos preparados para lo que vino después.

El silencio habitual del barrio en las noches empezó a llenarse de gritos que se hacían cada vez más fuertes, que cada vez parecían estar más cerca. Incluso en las noches calladas, uno se acostaba y seguía oyendo los gritos porque era como si se hubieran metido en la cabeza y fuera imposible sacarlos. Los pescadores hablaban de la guerra que había llegado al puerto, pero se consolaban diciendo que a nosotros nunca nos pasaría nada, porque nada teníamos que ver en ella y que lo mejor para que nunca se metieran con nosotros sería permanecer callados, por muy duro que eso fuera. Además, sabíamos que las autoridades iban a hacerse las de la vista gorda. Todos estuvimos de acuerdo, pero los gritos no paraban y llegaron a volverse insoportables en las conciencias de algunos pescadores. A pesar de las denuncias, el alcalde juraba ante dios que eso eran chismes, la policía decía que eso eran puros cuentos, y nosotros teníamos que seguir soportando los alaridos de dolor noche tras noche.

Después desaparecieron tres pescadores. No eran familiares nuestros, pero sentimos la misma angustia que sus hijos y sus esposas porque éramos una comunidad muy unida. Al principio pensamos que se habían ido al mar sin avisar, pero sus barcas estaban en la playa. Los buscamos infructuosamente por el puerto y sus alrededores durante semanas. Nadie lo decía en voz alta, pero todos pensábamos que los gritos de las noches que siguieron a su desaparición eran suyos y eso nos sumió en un estado general de terror. Ahora vivíamos en permanente zozobra, con hambre y sin esperanzas.

Mi mamá fue una de las primeras en decir que teníamos que irnos del puerto, pero todos preguntaban hacia dónde, si ahí estaba nuestra vida. Mi papá era de los que se oponía con más fuerza a salir corriendo. Lo que terminó por convencerlo a él y al resto de la comunidad, fueron los pedazos de cuerpos que empezaron a aparecer en la playa.  Con decirle que hasta las autoridades vinieron a ver qué era lo que sucedía.

En medio de las cámaras de televisión, de las visitas del gobernador y de un ministro, los operativos del ejército encontraron varias casas en el barrio donde la sangre lo cubría todo. Debajo de una de ellas había tres cabezas, que podrían ser las de los pescadores, pero había pasado tanto tiempo que fue imposible identificarlas. Además, para entonces ya nos habíamos ido. Salimos con lo que teníamos puesto para buscar un futuro en Cali. Mamá logró ubicarse de empleada en una casa. Mis hermanas estaban muy pequeñas y se quedaban en la piecita que habíamos alquilado, al cuidado de alguno de los tíos que no habían conseguido qué hacer. Mi papá consiguió trabajo en la construcción.  No quería saber nada que tuviera que ver con el pescado, decía que le hacía pensar en lo que había dejado detrás y que le dolía mucho. Yo, por el contrario, no quería olvidar nunca mis años de pescador. Por eso es que hoy trabajo acá y le estoy contando esta historia a usted.

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