El vivo bobo

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ana maria ruizEl vivo bobo, tal vez usted que me está leyendo lo recuerde, fue a comienzos de los 90 el protagonista de una serie de comerciales de televisión que hizo la Alcaldía de Cali, en la administración del actual gobernador Guerrero. Es el típico avivato a quien no le importa que el sentido común o las normas indiquen lo contrario, pone su interés por delante, sin miramientos.

El vivo bobo “no aguanta” el trancón y entonces intenta pasar a todos los carros por el carril contrario, causando un caos peor. El vivo bobo se cuela en cualquier fila, sin pudor y obedeciendo la máxima colombiana del “papayazo”. El vivo bobo se hace el huevón y no recoge la mierda cuando su perro se caga en el andén de enfrente. El vivo bobo bota escombros y basuras en los caños de la ciudad, por no “pasarse de bobo” pagando por el servicio público de recogida. El vivo bobo no paga impuestos pero es el que más vocifera contra la ineficiencia del Estado, como si el sistema estuviera hecho solamente para hacerle amable la vida a él.

Mucho me acordé de ese personaje esta semana, a raíz del paro de buses en Bogotá. Se promovió vía redes la idea de una “colatón”, esto es, que cada quien viera cómo meterse en Transmilenio sin pagar, como una expresión de rechazo al aumento del boleto de $1.700 a $1.800. Modalidades de evasión de pago los vivos bobos mostraron varias: atravesar corriendo la vía y entrar por la puerta del vagón, saltar los torniquetes, pasarse por debajo de ellos. Nada importan poner en riesgo la vida o quitarle al sistema un porcentaje de sus ingresos; la premisa para los miles de vivos bobos que acogieron el llamado desde las redes sociales, era demostrarle una supuesta superioridad al sistema público, al que es de todos.

Cada “logro” de un vivo de éstos empeora la situación de él, pero sobre todo y dramáticamente, la de su entorno. Lejos de estar desapareciendo, este personaje es una especie en vías de reproducción, que está perfectamente bien retratado por el gran Ricardo Silva en su columna de esta semana (si se me permite alabar desde esta columna, la de otro), en la industria, los negocios, el arte, la política y la delincuencia.

La actitud del vivo bobo es la que tienen las Farc cuando se acomodan en el mantenimiento de los eufemismos para justificar los delitos y las vejaciones cometidas; cuando dividen a las víctimas entre las que lo son y las que no, por gracia de una clasificación arbitraria y acomodada. Y es esa actitud la que representa el mayor escollo, cumplido ya el segundo año desde el inicio de las actuales negociaciones en La Habana.

Es la actitud de los combatientes que acá en terreno, montañas arriba, siguen el patrón delincuencial sin darle una segunda mirada a su entorno. Ponen una carga explosiva y se pertrechan en las viviendas de la comunidad; hacen un hostigamiento y se esconden tras una escuela; preparan una emboscada y huyen pisando la tierra recién sembrada.

Como el vivo bobo, el comandante y el combatiente tienen el mismo “meimportaunculismo” frente a la gente y esperan que los civiles escuchen sus razones. Pero la vida es al revés: somos los civiles desarmados los que tendremos que encontrar una manera de decírselo, tanto al que transita por las veredas como al que está sentado en La Habana: Deje de hacerse el vivo sobre nuestras vidas, y no sea tan bobo de creer que respaldo su guerra. ¡No nos crean tan bobos!

 

Ana María Ruiz Perea

@anaruizpe

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