En bus

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Un relato se diferencia del cuento en que la historia que puede estar incompleta. Es trabajo del lector completarla con su imaginación. En el siguiente relato de Santiago Jiménez Quijano, incluso debe decidir qué es cierto y que no.

Santiago Jiménez Quijano

@santiagojq

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La mujer cargaba un niño de brazos y llevaba de la mano a otro de cinco años. Subió a un bus y alentó al más grande a que pasara por debajo del torniquete, mientras ella luchaba por mantener el equilibrio en las escaleras, para sacar el monedero con la mano que le quedaba libre. El bus se puso en marcha con la fuerza de un caballo desbocado y envió a la mujer contra las barras metálicas que protegían el primer asiento. El niño mayor ya había cruzado el obstáculo y se balanceaba por el pasillo buscando un asiento libre.

La mujer recuperó el equilibrio y aprovechó para sacar el billete con el que se disponía a pagar el pasaje. Sin embargo, un frenazo iracundo la hizo quedar pegada contra el vidrio de la puerta que separaba al conductor de los pasajeros. Se sostuvo como pudo mientras dos nuevos clientes subieron y la empujaron hacia el torniquete, hundiéndole los tubos curvos del artefacto en el abdomen. Esta nueva posición le ayudó a soportar mejor el nuevo arranconazo y no fue necesario que doblara las rodillas como había pensado hacerlo para ganar estabilidad. Cuando el ritmo endemoniado de la máquina se estabilizó, llevo el peso de su cuerpo hacia adelante para que el girara y la dejara entrar al pasillo. Metió la mano por entre el pequeño espacio que había en el vidrio para dejar el billete y permaneció de pie, con las piernas un poco abiertas, tomada de una barra vertical porque no alcanzaba la del techo.

Hubiera querido sentarse en el primer asiento para esperar las vueltas, pero su ocupante no daba muestras de querer ofrecérselo. Se acordó de su otro hijo. Levantó la mirada y lo buscó entre los rostros adormilados y grises que viajaban a esa hora de la madrugada hacia sus trabajos, tan parecidos al que tenía el muerto en el ataúd la noche anterior. Experimentó de nuevo la vergüenza que sintió una vez terminado el velorio, cuando se dio cuenta de que su pena era tan grande como la ilusión casi infantil de que el padre de su bebé apareciera en la funeraria. Se vio de nuevo siendo abrazada y consolada por sus familiares y amigos, mientras miraba de reojo sobre sus hombros hacia la puerta, pensando que la próxima persona en cruzarla sería el hombre al que no veía hacía un año.

Mientras su mente estaba atrapada en los recuerdos, el bus había frenado y se había vuelto a poner en marcha con el mismo odio de antes, y había recogido a tres nuevos pasajeros que ahora se amontonaban en la parte delantera junto con los otros dos que se habían subido antes. Cuando vio que estos se alejaban de la taquilla con sus monedas, golpeó el vidrio y reclamó por las suyas. Tuvo que agacharse para hablar por el hueco en el vidrio para que su mensaje fuera escuchado. El conductor no le respondió y en cambio apretó el freno una vez más, con furia, y en esa posición antinatural, la mujer por poco pierde el control sobre la criatura que llevaba en el brazo. Se subieron muchos más pasajeros, que llenarían el pasillo con sus cuerpos molidos por la vida, como la carne de una salchicha.

El conductor aprovechó la pausa para preguntare a la mujer de cuánto era el billete con el que había pagado. Ella le respondió y esperó un tiempo más. Finalmente obtuvo sus monedas y empezó a abrirse camino entre la gente que llenaba el corredor. Buscaba con la mirada a su hijo y por fin lo vio. Estaba en la última fila, sentado en las piernas de un hombre que le ofrecía un dulce y que le sonreía de forma sospechosa. Trató de avanzar con más prisa, buscando de dónde agarrarse, pero el bus frenó nuevamente y la hizo retroceder todo el camino que había ganado. De no ser por la masa de cuerpos aglutinados que le sirvió como colchón, hubiera ido a dar al piso. Llamó a su hijo con un grito y lamentó como nunca el haber tenido aquel episodio de dignidad, cuando le había reclamado al padre del bebé por haberse presentado el día del parto oliendo a trago y a otra mujer. Desde ese día no había vuelto a verlo. Sus amigas del barrio le decían que eso era lo mejor para ella, pero en situaciones como ésta, cuando necesitaba de la ayuda de un hombre de verdad, no se sentía tan segura.

Se incorporó antes de que el bus se pusiera en marcha de nuevo y vio cómo el hombre de la última fila se levantaba del asiento, llevando a su hijo de la mano, y buscaba el timbre para que el conductor le abriera la puerta. Gritó de nuevo y avanzó con dificultad entre los cuerpos rígidos y pesados que parecían colgar del techo. El bus arrancó de nuevo y lanzó a la mujer como un proyectil de carne que fue a estrellarse contra las sillas de la última fila, en el mismo instante en que el sonido del timbre cortaba el silencio de caras mudas del bus.

Después vinieron la mirada nublada y la sangre en forma de calor bajando por su rostro; el llanto del bebé, al que por fortuna no le había pasado nada; y las palabras de los pasajeros diciéndole que se calmara, que dejara de gritar, que ningún hombre se había llevado a un niño de cinco años, que seguro se estaba imaginando cosas a causa del golpe.

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