En nuestra universidad, ¿moral o mata de moras?

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Floro Hermes Gómez Pineda

Twitter: @Florohermes

En los últimos tiempos hemos leído: en marzo de 2011, “Escándalo en la Universidad del Tolima por millonario contrato” (Ecos del Combeima); en julio de 2011, “Otro escándalo en Colombia: Red de universidades Alma Mater recibió contratos hasta para construir cárceles” (Aporrea.org); en diciembre de 2013, “Corrupción en la Universidad” (EL COLOMBIANO); en enero de 2014, “Crece escándalo por millonario contrato de la U. Distrital en Bosa” (EL TIEMPO); en octubre de 2014, “Los inmensos líos de la Universidad San Martín” (Semana), y en noviembre de 2014, “Rector de UNAD, en líos por presunta vinculación con carrusel de la contratación” (Caracol).

Es decir, la Universidad como ejemplo de moral, de buenas maneras y excelsas costumbres, en Colombia está amenazada. O, en otras palabras, el ideal liberal de “los mejores”, de la meritocracia, sufre el desafío del “todo vale”, de la corruptocracia, dentro de una sociedad que confunde la moral con una mata de moras.

Decir que se confunde la moral con una mata de moras, significa que de la idea de imperativos, normas y reglas que se deben cumplir, se salta a la representación de transigencia, anomia y sin reglas, donde todo vale, todo es posible. En otras palabras, donde al igual que con el fruto de la mata de moras, es posible manipular, dañar, arrancar, estropear.

El resultado: la degradación de las reglas o la eliminación de ellas. Cuestión esta que conduce a un trastorno del lenguaje que imposibilita a las personas a llamar las cosas por su nombre, de ahí (por ejemplo) la imposibilidad de decir “ejecución extrajudicial”, razón por la cual se expresa “falso positivo”, por un lado.

Por el otro, lleva a creer que ciertas conductas antisociales y alejadas de lo que se considera válido o aceptable, sean consideradas razonables e, incluso, justas. Tal es el caso, muy común en Colombia, de burlar impedimentos e inhabilidades, pues se las considera simples formalidades legales que se pueden trasgredir.

Tales cuestiones, arriba mencionadas comienzan a irrumpir en el tabernáculo sagrado de la Universidad, como bien lo dejan claro los pocos titulares citados en el primer párrafo de esta columna, de los muchos que han aparecido en nuestros medios masivos de información y prensa, en los últimos años.

En conclusión: cuando expresé en mi columna de la semana pasada: “las universidades no pueden comportarse autárquicamente”, debemos entender que más allá de la sanción moral que puede imponer una Universidad con sus órganos internos, necesitamos de la desaprobación social, que sólo la puede provocar la inspección y vigilancia del Estado.

Pero, más allá de la desaprobación social, se requiere de la presencia efectiva de la justicia. En nuestras universidades se oye desde el estudiante que hace plagio de un trabajo, pero que en medio de la anomia se le dice “hace copia”, hasta el directivo que actúa con dolo, pero se dice “tuvo descuido”. En otras palabras, es necesario que el Estado con su máquina judicial haga presencia, para lo que es de su incumbencia.

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