Entendiendo a los campesinos

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Gustavo OrozcoPor Gustavo Orozco

Qué ironía ver que los que atacan el proceso de paz son los mismos que ahora defienden a los campesinos–; montados en el mismo vagón de los republicanos gringos, que bloquean todo pero hacen poco. Así son los Uribistas, que pescan en río revuelto –buscando sea cual fuere el argumento para darle piedra a Santos y a su gestión–; se esconden, evadiendo el ataque al TLC que ellos mismos negociaron.

Ignoramos que el olvido del campo no es de este Gobierno, ni quizás del de Uribe. El favorecimiento excesivo a las multinacionales y a los grandes terratenientes no es una política Santista ni una tergiversación reciente de una política bien intencionada. Es una continuación de la época de Uribe o, más bien, de una tendencia general de esa derecha escéptica de los campesinos (para ellos, siempre subversivos) y de toda la elite política que siempre le ha dado la espalda al campo.

Los gobiernos siempre dudan en volcarse hacia el campo: los votos son pocos; el desarrollo es costoso; los frutos de la inversión, escasos; y los esfuerzos, mayores. Así pasa en todo el mundo, es el urban bias de todos los gobiernos que prefieren priorizar los centros urbanos por encima de la provincia. Es una realidad, mas no una justificación. En Colombia es un problema agravado por dos males locales: la hegemonía de una clase política hereditaria y la ausencia de una izquierda política fuerte que represente al campesinado.

Mientras que Brasil ha dado pasos enormes para consolidarse como una despensa alimentaria global, en Colombia siempre hemos relegado el campo a un segundo plano. Los chinos, entre tanto, con el 20 % de la población global, pero con tan solo el 7 % de la tierra arable, ahora buscan desesperadamente comprar tierra en otros países para alimentar a su población. ¿Y nosotros? Ni lo uno ni lo otro. Hemos fallado en impulsar la producción agrícola –ya sea o no por razones climáticas, como dicen que es el caso–, y tampoco hemos estado obligados a impulsar la productividad dentro de las fronteras agrícolas existentes. Uno solo valora lo que tiene cuando lo pierde, dice el dicho.

Muchas de las personas que desvirtúan las conversaciones de La Habana e izan la bandera de los campesinos, además, no saben lo que es la guerra ni conocen las dolencias del campo. Porque el peso de la guerra y la pobreza en nuestro país cae lejos de las ciudades: ni la una ni la otra son peores en nuestras urbes que en la provincia de este país, que pocos conocen. Por algo los pobres migran a las ciudades, como dice Edward Glaser, porque ser pobre en el campo y ser pobre en la ciudad no son comparables. La miseria del campo implica un sufrimiento mayor que el de las grandes urbes; las necesidades insatisfechas son mayores y, así como las dificultades, son aún más difíciles de superar.

La verdad es que la mayoría de los colombianos no sabemos ni siquiera lo que es la auténtica guerra. Los citadinos conocemos el conflicto desde los televisores y los periódicos, desde el cómodo sofá de la casa, que nos permite continuar en nuestra burbuja invisible sin saber lo que realmente es vivir en un país en guerra. Porque las bombas, los secuestros y los asesinatos selectivos que muchos señalarían como actos de guerra no son más que colaterales de ese conflicto; nuestro, pero distante.

Los verdaderos muertos en la guerra son los soldados y los campesinos; los ricos y poderosos de las urbes colombianas no mandan sus hijos al Ejército ni viven en el campo. A ellos les dolerá perder la cosecha de su hacienda de mil hectáreas o perderse el puente montando en sus caballos de paso fino, ¡pero no viven en la guerra ni la miseria! Las manos no les duelen de arar la tierra ni el miedo los acosa cada noche con el sonido de las metralletas y los tatucos. Cauca o Nariño, más allá de sus capitales, son un infierno al lado de Bogotá, Cali o Medellín.

Los que protestan en las ciudades violentamente no son más que vándalos pervertidos. Están lejos de ser los campesinos humildes con verdaderos agravios, que además protestan pacíficamente en su mayoría. Hasta con agua panela y queso han recibido a los policías, no con piedras y explosivos. como estos falsos indignados hacen en las grandes ciudades. Bien hacemos en unirnos a los pedidos del paro, pero ojalá desde una perspectiva informada. alejada de los perversos intereses electorales y políticos que intentan colarse en una protesta no partidista.

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