Entre gallos y galleros (+video)

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Andrés Arroyo propietario de criadero de gallos de pelea.

Cuenta la historia que alguna vez Fidel Castro quiso acabar con las peleas de gallos en Cuba, y que para lograrlo impuso todo su poder político y militar sobre la población. Sin embargo, no contó con que los cubanos comenzaran a jugar en medio de los cañaduzales, cortando cañas y reuniéndose para realizar las contiendas clandestinas, y mucho menos se iba a imaginar que la persona más aficionada en la isla a las peleas de gallos era su hermano Raúl.

En medio del dilema, apareció un comandante revolucionario a quien Fidel le tenía mucha confianza y lo aconsejó: “No acabes con los gallos de pelea; si lo haces, es la única posibilidad de que el pueblo no te quiera”. Y fue así como el entonces presidente de Cuba cedió ante las tradiciones de su gente.

Aquel relato me lo contó Andrés Arroyo cuando íbamos a conocer el criadero que tiene desde hace 40 años, en Palmaseca. Arroyo, exgobernador del Cauca, quien durante toda su vida ha entreverado la política y los animales, es una de las personalidades más reconocidas del país en materia de gallos.

Cuando nos bajamos del carro y a medida que nos acercábamos al lugar la banda sonora de esta historia se iba oyendo cada vez más fuerte: mil gallos, gallinas y pollos cacareaban alborotados. Aquí, en este espacio rodeado de praderas vallecaucanas y donde los ladrillos y el cemento han sido doblegados, estas aves han colonizado un gran territorio con sus cantos.

Entre los nueve kioscos con techo de paja que hay en el lugar (además de la casa principal y el cuarto de Andrés Arroyo) está el circo, el nombre que recibe la arena donde se enfrentan los gallos.

Diariamente se entrenan al menos a veinte aves, con todas las precauciones necesarias para evitar que se lastimen. Goyo, uno de los gallos que pondrían a pelear ese día, es uno de los que más llama la atención por el brillo de su plumaje, rojizo en el torso y negro en la panza. Le dicen colorado. Sus muslos comienzan blancos en la parte superior y van degradando a un rosa intenso que contrasta con el amarillo de las patas, que ya tienen puestas las respectivas botainas en las espuelas –que bien podrían compararse con un guante de pelea pequeñito–, de manera que no pueda herir a su contrincante durante el ensayo. Igualmente ya tiene puesto un esparadrapo alrededor del pico para que sea menos agresivo. Dentro de poco vendrán Heider y Lisandro, los entrenadores, para iniciarlo en el ruedo.

Comienza el combate y se esparcen plumas por todo el ruedo. Entretanto, Andrés Arroyo se hace en una ventana de la malla que recubre el kiosco y saca  cuatro cuadernos en donde va apuntando cifras de todo tipo. Los gallos que pelean generalmente tienen números con cinco dígitos. Arroyo explica que la cifra significa que desde que empezó a marcar sus aves, Goyo sería el ejemplar 25.834.

En dicho cuaderno tiene incluso más números que no solo contabilizan las peleas ganadas, los tiempos o las habilidades del animal, sino que también ahí están escritas cosas tan importantes como los detalles de la madre y el padre del pollito, es decir, el capital genético. Nacho, trabajador de Palmaseca, explica que a los gallos “no se les puede enseñar ciertas cosas, sino que eso está en la genética”. Por ello, un gallo que demuestre aptitudes sobresalientes puede volverse padrote incluso con apenas cuatro o cinco peleas; lo más importante es conservar la buena raza.

Otro instrumento que se utiliza en el entrenamiento se llama la mona, un muñeco parecido a un títere que simula al contrincante. El ensayo si bien es una simulación de la pelea, es un espectáculo completamente diferente al que se presencia en vivo y en directo en la gallera Pico de Oro, ubicada en el barrio Santa Elena, la más importante de la ciudad, y también manejada por Andrés Arroyo.

Cuenta él que en una jornada concurrida puede haber hasta 1.300 personas: no solo espectadores, sino también los dueños de los gallos y apostadores, en su gran mayoría hombres. Las riñas se realizan el último sábado de cada mes, y vienen personas de todas partes del país a competir. El encuentro de septiembre se programó con pollos que peleaban por primera vez. Aunque a simple vista parecen estar ya maduros, su edad ronda los diez meses de desarrollo, y se reconocen porque aún no se les han cortado las plumas del cuello ni las espuelas naturales.

Andrés Arroyo anotando las características de los gallos.

En Pico de Oro existe una taquilla donde se apuestan sumas superiores a 200 mil pesos. El ganador se lleva el doble menos un porcentaje que se destina a la administración de la gallera. Si en cambio la apuesta es menor a ese valor, se hace directamente en la gradería utilizando un lenguaje que solo los expertos manejan. La palabra de gallero es tan sagrada que se dice que uno nunca tiene que ir a cobrar, sino que la persona que perdió busca al otro para pagarle.

Justo antes de empezar la pelea le pregunto al juez acerca de las trampas que pueden existir para ganar. Contrariamente a lo que muchos pueden pensar, manifiesta que “muy rara vez sucede; generalmente son espuelas envenenadas con paralizantes, pero si eso se descubre se expulsa de la gallera a quienes lo utilicen, y no pueden volver nunca”. Por lo tanto, dice que una de las formas de garantizar la transparencia del duelo es limpiar al gallo con un algodón mojado por todo el cuerpo y al final darle a beber al animal una gota de ese mismo algodón; de esa manera se expondría a sí mismo en caso de que tuviera algún tóxico.

Por otra parte, hay también quienes le dan café u otros estimulantes al gallo para potenciar su energía; y si bien es permitido, “el verdadero energizante está en la velocidad, la condición del gallo”, según defiende Arroyo. Aquello que menciona el exgobernador se traduce en una intensidad y un poder que se pueden sentir cuando por fin comienza el espectáculo y las alas de los gallos suenan como la explosión de un tote de pólvora. Es el único sonido que logra sobresalir en aquel cúmulo de cacareos y gritos. Las alas, al producir un sonido de golpe seco, captan  la atención de toda la audiencia, quienes reconocen el ímpetu con que se presenta cada uno de los gladiadores.

Los gritos en las graderías se oyen cada vez con más apasionamientos, luego de que cada asistente interpreta los ademanes de uno de los gallos como un instinto de victoria, empiezan las exclamaciones de apoyo. Pese a ser un espectáculo que a muchos trae felicidad, en el público no se puede evitar notar muchas caras serías y demostraciones de temperamento impulsivo. Cuando se asocia el dinero con la guerra y el orgullo permanece esa tensión en el aire.

Cuando los dos primeros gallos se ven frente a frente se empiezan a picotear entre ellos de manera espontánea, e hinchan las plumas recortadas de su cuello en señal de desafío. Recuerdo que durante el  entreno todavía conservaban tales plumas, lo que les permitía tener una imagen realmente bella y el animal lucía mucho mayor de lo que era.

Entonces, empiezan a saltar, a volar e incluso a correr, “porque existen gallos cobardes
–cuenta Andrés Arroyo–, que aunque puedan salir empatados de una riña, no se recordarán con honor.

En un momento los asistentes de Pico de Oro superan el millar. Todos han venido para asistir a las veinte peleas de la tarde: la primera duró un minuto y medio, pero las siguientes podrán durar hasta diez minutos cada una. Solo queda esperar.

Peleas cazadas

Las mujeres son un género en extinción dentro de las galleras. Aunque podría ser todo lo contrario, teniendo en cuenta que ha habido algunos nombres femeninos que se ganaron su lugar en este mundo de machos: de la Guajira se recuerda a Ezequiela; y de Medellín, a Doña Julia. No obstante, es un mundo en el que persiste la representación masculina con un carácter que tiende hacia lo conservador. Se puede entender un poco cuando se sabe que aquí la mayoría se han involucrado por que su padre, su tío, su primo o algún amigo cercano a la familia era gallero.

Entrenador de gallos de pelea.

Si bien estas son prácticas tradicionales, a medida que pasa el tiempo las reglas van cambiando. Por ejemplo, ahora las espuelas que utilizan los gallos son más cortas; antes podían medir hasta seis centímetros, lo que hacía que la pelea terminara pronto y no se pudiera ver la calidad de los animales. Hoy en día muchos gallos se salvan y se curan, se les da Dólex para niños, antiinflamatorios, suero cuando sangran, antibióticos, se les ponen hidratantes y cremas. Sobre el dolor, algunos plantean la idea de que mientras el gallo pelea no siente dolor pues está en su naturaleza que los machos se enfrenten; sin embargo, este argumento no es suficientemente relevante cuando se abren los debates sobre el maltrato animal.

Al respecto, Arroyo expone que “si uno compara el gallo de pelea con el pollo de engorde, el primero lleva una vida principesca y su sacrificio puede ser instantáneo (cuando se le da con la espuela en la cabeza), o se cura y puede pasar a ser reproductor, y va a tener una vida feliz. El pollo de engorde sufre mucho porque es degollado, su muerte dura varios minutos, viven apilados en olores nauseabundos siendo completamente infelices”. Además, manifiesta que gracias a esta tradición se preserva al gallo fino y de raza.

El Artículo 7 de la ley 84 de 1989 exceptúa las peleas de gallos de ser actos de crueldad contra los animales, entendiéndolas como expresiones humanas culturales y exigiendo un compromiso y un límite en las conductas excesivamente crueles o que llegasen a atentar contra la fauna. No obstante, Liliana Ossa, presidenta de Paz Animal, declara que “ningún animal no humano vive en buenas condiciones en el mundo, pues lo humano en general es especista y no considera a un animal su prójimo”, dando a entender así su rechazo rotundo a este tipo de prácticas.

La mayoría de galleros conocen las polémicas que genera el asunto, ninguno es indiferente a la posibilidad constante de ilegalizar definitivamente las peleas de gallos. Para Andrés Arroyo “los gallos jamás se podrán prohibir, porque en cada rincón de Colombia el día de pago, el día de descanso, el campesino lleva su gallo para apostarlo y bajar la tensión acumulada por el trabajo”. Cierto es que los adeptos a estas riñas son muchos más que quienes apoyan los toros. En nuestro país suelen concentrarse las peleas de gallos en la costa, pero hay criaderos y galleras en Pasto, en el Cauca, en los Llanos y en todo lugar. A nivel internacional hay campeonatos en Ecuador, Perú, Chile, Puerto Rico, Panamá y, de hecho, algunos ejemplares se traen desde China o India.

Dicen que el origen de esta tradición es tan antiguo que en las ruinas de Pompeya se pueden ver grabados en piedra dos gallos de pelea. Eduardo Toro Gutiérrez, escritor y antiguo gallero, refiere en un breve manifiesto titulado Ayer, hoy y mañana de los gallos de combate la historia y el frenesí como fruto de las peleas de gallos, y concluye de la siguiente forma: “Para mí, por lo menos para mí, este mundo sin la libertad de poder asistir a las riñas de gallos, es tan solo un miserable gastadero de ropa”.

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