¿Es Colombia un país laico?

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Floro Hermes Gómez Pineda


Por Floro Hermes Gómez
Twiiter: @florohermes

Los recientes hechos ocurridos alrededor de la iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, la cual tiene una relación apendicular con el Movimiento Independiente de Renovación Absoluta (Mira), dejan al descubierto una vez más las falencias de nuestra Constitución Política de 1991, que deja a la interpretación la cuestión cardinal de si somos o no un país laico o aconfesional.

En tal sentido, la Corte Constitucional (que no representa al pueblo soberano como sí ocurría con la Asamblea Nacional Constituyente), que a través de su jurisprudencia desarrolla una fuerza vinculante de rango constitucional, ha interpretado que “la neutralidad estatal comporta que las actividades públicas no tengan fundamento, sentido u orientación determinada por religión alguna –en cuanto confesión o institución–, de manera que las funciones del Estado sean ajenas a fundamentos de naturaleza confesional”.

Sin embargo, esa neutralidad estatal que comporta que lo público no se funde o tenga sentido en lo religioso, es poco cierta en nuestro país que permite un Procurador General de la Nación confesional o un partido político confesional como el Mira, hoy en peligro de desaparecer por causa del nuevo umbral electoral del 3 % a partir de las votaciones del próximo 9 de marzo de 2014.

Pero, indistinto de que el Mira esté amenazado de desaparecer porque tiene pocas probabilidades de alcanzar los 360.000 votos que necesita para sobrevivir en la escena política, la cuestión es el debate entre ser un país laico o un país confesional porque, como lo ha sostenido la Corte Constitucional, “no puede ser el papel del Estado promocionar, patrocinar, impulsar, favorecer o realizar cualquier actividad de incentivo respecto de cualquier confesión religiosa”.

Tal consideración liberal democrática de la Corte Constitucionales trascendental. Significa que ninguna religión puede ejercer un dominio o influencia en detrimento de los ciudadanos o de otros credos, como lo pretende nuestro procurador general de la Nación o como lo quiere el Movimiento Independiente de Renovación Absoluta, una cuestión que es el resultado de unos hacendados con dominio sobre los hombres y las tierras, cuyo poder ha sido legitimado por la Iglesia –en el pasado–, por muchos movimientos cristianos –en el presente– y por el Partido Conservador, tendencia que se ha venido fortaleciendo, especialmente a partir del gobierno tiránico de Álvaro Uribe Vélez.

Esto quiere decir, en conclusión, que los liberales colombianos debemos de enarbolar la bandera de la laicidad. En otras palabras, debemos defender y favorecer la existencia de una sociedad organizada de forma independiente, o ajena, a las confesiones religiosas, para que sea una realidad la libertad de conciencia; es decir, que no se impongan normas y valores morales particulares de ninguna religión o de ninguna irreligión, sin caer en ningún anticlericalismo o laicismo, tal como ocurrió durante el siglo XIX.

Esto quiere decir hoy, según el pensamiento liberal, limitar la religión al ámbito privado, particular o colectivo, de las personas y permitir mejores condiciones para la convivencia de la diversidad religiosa, para lo cual el Estado ha de operar como árbitro utilizando como reglas del juego los derechos humanos.

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