“Escribo para armar o desbaratar, amar u odiar, recordar u omitir, creer o dudar, para desarticular y manipular la realidad”: Humberto Jarrín

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Graduado en tecnología electrónica y en filosofía y letras, Humberto Jarrín ha cursado igualmente estudios de física y de ingeniería eléctrica. Es magíster en Literaturas Latinoamericana y Colombiana de Univalle. Actualmente, se desempeña como profesor tiempo completo en el Departamento de Lenguaje de la Universidad Autónoma de Occidente. Premio nacional de Literatura, Colcultura; Dramaturgia para niños, Bogotá 1992. Premio nacional de Libros Cuentos para niños, Atlántico, 1995. Premio nacional de poesía Ciudad de Chiquinquirá, 1996. Premio de Poesía Jorge Isaacs en dos ocasiones, 1994 y 1996. Premio nacional de Literatura, Ministerio de Cultura 1998.

Humberto es uno de los escritores vallecaucanos con más reconocimientos y, sin duda, una de las figuras más representativas de la literatura local. Ha incursionado en los grandes géneros: poesía, novela, dramaturgia, con la delicadeza, vitalidad y la ironía que lo caracterizan.

Jarrín es el primer invitado a ‘A un toque con’, la sección cultural de El Pueblo que busca conocer el oficio de las plumas vallecaucanas.

¿Qué libro está leyendo en este momento?

HJB: Dada la promiscuidad del lector, dos en realidad: uno, Santo oficio de la memoria, de Mempo Giardinelli y el otro una novela negra deliciosa (porque matan banqueros): Con el agua al cuello, del griego Petros Márkaris

¿Cuántos libros lee al año?

HJB: No cuento la literatura gris, es decir, la académica, pero de los que sí entran plenos al torrente espiritual, más o menos dos mensuales.

¿Cuál es el libro que más ha releído?

HJB: Palabras y sangre de Giovanni Papini. Me acompaña desde la adolescencia.

¿Qué libro recuerda de su infancia?

HJB: En realidad no tengo libros en la infancia, la pasé frente al mar y entre manglares, sin ningún asomo de palabra escrita, salvo las que veía en las revistas de historietas y alguna que otra novela de vaqueros de Marcial la Fuente Estefanía que mi padre me enviaba a cambiar con sus amigos de vicio. Recuerdo uno que debía entregar Los siete de Saint Lake, y por el camino me puse a leerlo y por ello se retardó la entrega de ese día sin que padre supiera, y aunque debía traerle un libro de vuelta (ése era el rito de intercambio), le dije que mañana se lo traería, porque su jíbaro literario no lo había terminado. Que sea ése entonces el libro que el santo oficio de la memoria me devuelve.

¿Qué libro que leyó de adulto le hubiera gustado leer de niño?

HJB: Los cuentos de la selva de Horacio Quiroga.

¿Para qué escribir?

HJB: Hay quienes dice que escribir es un placer y hay quienes dicen que escribir es un dolor, no creo en ninguno de los dos, pues de seguro el primero miente y el segundo también. De modo que escribo para contrariarlos a ambos. Creo que con ello contribuyo al desorden. Ahora, lo que sí tengo claro es que no escribo para aliviar tensiones, ni para disminuir el stress, ni para desahogar las toxinas, ni para tanta tontería terapéutica o de superación personal que últimamente le atribuyen a la escritura, porque en últimas la literatura no es una clínica de reposo o un diván psiquiátrico o una suerte de riñón. Creo entonces que escribo para armar o desbaratar, amar u odiar, recordar u omitir, creer o dudar, para desarticular y manipular la realidad y el lenguaje de sus usos cotidianos que suelen ser muy aburridos si uno no les hace sus quiebres metafóricos, sus bromas, sus interrogantes capciosos o incisivos, y también para reforzar la entropía del universo que muchos idealistas educados quieren ver bien arregladito, y también, mirá ve, para estimular el qué dirán cada vez que comentan lo mal que escribo y esas cosas.

¿Cuál es su rutina para escribir?

HJB: Cuando inicio un nuevo proyecto, en medio del gozo de lo que está por hacerse, todo es confusión, desgano, como que no encuentro el modo, el hilo… pero como la obligación, que suele llamarse disciplina, empuja, azara, jode… Entonces merodeo los alrededores de la página, hago como que paso por ahí, me digo que lo que haré será tomar notas, y entonces la libido verbal va ganando cuerpo, va tomando su ritmo y casi sin darme cuenta estoy en el torrente de lo que supongo tiene una forma posible. Cuando eso lo logro procuro no agotar el impulso en una jornada, interrumpo (narratus interruptus o poeticus interruptus) en un punto que sea fácil y placentero de retomar en la jornada siguiente.

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¿Quién lee sus borradores?

HJB: Cuando tengo algo que creo que está en el límite de lo personal a lo público, me valgo de un grupo de personas que leen mis textos: un escritor profesional, es decir, un colega en el mismo género; otro, un buen lector que no sea escritor; otro que ni siquiera sea lector; la amada también, y me gustaría que alguno que no gusta de lo que escribo (algún enemigo, por ejemplo) pudiera leer mis textos en tránsito pero creo que lo tomaría como un acto extraliterario y exagerado de venganza de parte mía, ¿no te parece?

¿Cuándo decidió que quería ser escritor?

HJB: A veces pienso que fue para sobrevivir a amores frustrados. En otras ocasiones llego a creer que lo hice y lo sigo haciendo como un acto impúdico, de provocación, pues todo aquel que lo hace sabe que quien escribe se revela y rebela. Pero quizá haya sido también porque comprobé que otros escribían peor que yo, y no tenían vergüenza, la desfachatez de considerarse escritores, poetas. Al parecer, entonces, la culpa la han tenido los demás, así que pasadles la cuenta a ellos.

¿Cuál fue el mejor consejo que le dieron para escribir?

HJB: Cuando conocí al maestro Enrique Buenaventura y le llevé el borrador de mi primer libro me preguntó que qué estudiaba, yo le dije que Física pura pues hacía esa carrera en Univalle, entonces me dijo que siguiera en ella, que no estudiara literatura y que siguiera viniendo al TEC y que asistiera a su famoso Taller Central de aquella época en la universidad. Así que yo abandonaba las clases de cómputo perforando tarjetas con algoritmos y me iba a ver cómo era eso de la dramaturgia, y aprendí que para ello se necesita ser narrador, poeta y filósofo.

¿Cuál es el mejor libro de autor vallecaucano que ha leído?

HJB: Para ser más o menos equitativo debería hablar por géneros. En Teatro sin duda A la diestra de Dios Padre, de Enrique Buenaventura, la figura más importante de Cali, poeta, cuentista, pintor, dramaturgo, ensayista, actor, en fin. En poesía dos libros que en realidad para mí son uno, distanciados en el tiempo: La aldea desvelada y Conversación a oscuras, de Horacio Benavides. En novela, Proyecto piel de Julio César Londoño. En cuento, Rumor de mar de Harold Kremer. Y en un género poco cultivado en Cali, de reflexiones, aforismos y microensayos, El homo litterarius de Diego Gil Parra.

¿A Cali la enterró el mito Andrés Caicedo?

HJB: Quizá sea un caleño traidor o chiviado porque del mismo modo como el baile no me llama la atención, y ni por el Cali o el América muevo una pestaña o una gota de saliva, por Andrés Caicedo no tengo mayor entusiasmo (sin desconocer que es un escritor referente en nuestras letras), porque luego de leerlo lo más objetivamente posible y de haber crecido como lector, lo considero un escritor más del montón del que somos muchos en Cali; mejores le han seguido en la comarca: Gardeazábal, Cruz Kronfly, Kremer, Julio César Londoño, Zuleta… Cuando Quincas Berro Dágua (el personaje de Amado) murió sus amigos llevaban al difunto a juergas y le daban a beber; con el mito de Caicedo embalsamado más por razones cuantitativamente editoriales y comerciales que cualitativamente literarias ha pasado igual pero al revés, muchos lo siguen llevando a cuestas para seguir bebiendo de él, y creo que muchos viven agradecidos de que se les haya matado a tiempo, porque así pudieron explotar la juventud del escritor en formación y la juventud de los lectores en formación, negocio redondo.

Mencione un buen escritor colombiano del presente siglo…

HJB: No lo hay, por una simple razón: todos los escritores del presente siglo son del siglo pasado. En esa medida, sin duda, Gabo, pero si tenemos que nombrar uno del presente siglo, esperemos entonces que éste se vuelva un poco más viejo.

¿A qué escritor le gustaría revivir y llevar a tomar un café?

HJB: a José María Vargas Vila.

¿Con qué escritor le gustaría pegarse una borrachera?

HJB: Es que el café ha de ser en uno donde continúe la borrachera, y entre de más baja estofa, mejor.

¿Qué lugar de Cali no cambiaría por nada en el mundo?

HJB: La vista del cerro de las tres cruces desde el puente donde comienza la quinta. O el punto donde la quinta da origen a la Avenida Roosevelt, rusvel, en el mejor caleño.

¿Cuál es su plan preferido en Cali?

HJB: Salir a deambular al centro tradicional de Cali. Los afanes y los oficios, las alegrías y las miserias, de la gente que fluye, del pueblo que se rebusca, allí donde el capitalismo, en un verdadero acto democrático, arroja en los andenes sus productos, a precios literalmente por el piso, allí en esas calles donde todo comenzó y continúa, los lugares que uno encuentra si levanta la vista, los metederos, todo es una miscelánea de sorpresas y epifanías para un transeúnte que gusta ser urbano.

¿Qué es lo que más detesta y lo que más le gusta de Cali?

HJB: Me disgusta el ruido de aquellos que creen que ser alegre es ser bulloso, escandaloso; detesto la excesiva proclividad de los caleños al tambor y al sudor, para muchos es más importante el músculo que las neuronas, los pies que el cerebro. La salsa (solo lo “clásico” del Grupo Niche me es afecto) y sus ritmos afines junto con el futbol me fatigan. Un gozoso y significativo equilibrio le haría bien a esta ciudad que es reconocida con el mote de rumbera cuando en muchos casos lo que en realidad se quiere decir es que es una ciudad superflua, banal.

Me gusta de Cali la hora perfecta de las cinco de la tarde: las mujeres que a esa hora salen a pasear su belleza, la brisa, la luz de ese momento y de cómo sobre los Farallones se va pintando un camaleón multicolor como si fuera una obra de Tejadita, un manglar aéreo. Con todas las posibles contrariedades que pueda tener con Cali, me gusta mucho, aquí nací y aquí espero morir.

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