¿Está amenazada la liberal democracia?

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Por: Floro Hermes Gómez Pineda

Twitter: @Florohermes

Desde que Donald Trump asumió la presidencia de la más importante liberal democracia de Occidente, le fueron toleradas (hasta el extremo) sus intervenciones mendaces desenfrenadas, su conspiracionismo enfermizo, su desdén por la verdad y su desprecio por la ciencia y el saber que erosionaban y degradaban las sólidas instituciones democráticas de los Estados Unidos.

Los efectos de esta erosión y degradación institucional tolerada se expresaron el miércoles 6 de enero cuando la televisión nos mostró las imágenes insólitas de una turba rompiendo la seguridad del Capitolio en Washington, invadiéndolo y ocupando distintos espacios dentro del mismo en una demostración al mundo de cuán frágil es la liberal democracia norteamericana, sin lugar a dudas la más fuerte del planeta.

Ante tan insólitos acontecimientos en la capital de la gran potencia, muchas fueron las preguntas, entre ellas ¿cómo es posible que en un país que se dice ilustrado estuviera ocurriendo lo que todos veíamos?

La respuesta: es posible porque en Occidente ha venido creciendo una masa de ciudadanos que desprecian los valores, principios e instituciones que sustentan el Estado de derecho: no creen en elecciones libres y justas, no entienden la importancia de la transferencia pacífica del poder, no les cabe en sus cabezas la independencia del Poder Judicial y de los empleados públicos, no estiman conveniente la independencia de los medios de comunicación y no piensan en la protección de las minorías (étnicas, políticas, religiosas y sexuales) y, sin embargo, se les admite sus posiciones en nombre de la tolerancia.

Entonces, ¿ante qué estamos? Estamos ante la paradoja de la tolerancia, que es una amenaza contra la liberal democracia.

 

Y, ¿de qué se trata esto? Se trata de que, nos dice Karl Popper, “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las arma”.

En conclusión, la tolerancia sin límites dio paso a una visión orwelliana de la cual es expresión el saliente Presidente de los Estados Unidos quien es un político extremista que no muestra adhesión a las reglas democráticas básicas y es una amenaza para la liberal democracia.

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