Nocturno municipal

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Alvaro BejarananoEsta semana en ESTRAVAGARIO quisimos traer a Álvaro Bejarano, este caleño que nos hizo deleitar con su aporte a la cultura local. A este reconocido poeta se le se conoce por ser un hombre con buen sentido del humor, espontáneo y sin “pelos en la lengua” a la hora de hablar. Junto con Daniel Samper –en otrora director de este medio- le aportaron mucho a la cultura de esta ciudad.  En esta edición rescatamos un par de los tantos  poemas que escribió, salió publicada por primera vez el 2 de febrero de 1975.

Hace dos años que nos dejó, pero aun así su legado está vivo y lleno de recuerdos, que esperamos esta entrega semanal pueda evocarlos a quienes los recuerdan o envolverlos a quienes hasta ahora lo leen.

En una segunda parte de ESTRAVAGARIO el escritor Santiago Jiménez Quijano nos presenta una colección de relatos, entendiendo esta forma de expresión como una que se diferencia del cuento breve en que no presenta una historia redonda, con comienzo, nudo y desenlace, sino más bien una situación en la que se revelan apenas destellos de la condición humana, casi como una instantánea.

Foto 2

ÁLVARO BEJARANO

 

Nocturno municipal
 
Anochece cada vez más cerca en la ciudad de encendidos
corazones. Cae la joven vesperal. Oh, ven tímida obscuridad.
Que todos quemen su último deseo y recen antes de dormir.
 
En una noche como esta nada importa. Me juego mi albedrío
por una rosa suspendida de uno de sus cabellos.
En el día fue la juventud y ahora un triste búho pasa
Y dice: “Qué cercano se ve el camino del amor”
 
En una noche como está, quién pone la luna sobre la acerca
Y la mide sus ululantes pasos? El policía.
El policía que huele a rocio y a código civil.
 
En una noche como ésta hay noche para todos.
Noche para los que duermen y esperan un sueño de la mano
del Niño Dios. Noche para la oveja descarriada en los misterios
ciudadanos. Noche para ti y para mí.
 
Arde la noche en nuestras almas en una noche como ésta
y un mensaje se enciende y se apaga en los avisos luminosos:
“Se necesita con urgencia unos labios negros está noche”.
 
En una ciudad ésta anochece inevitablemente.
Y los faroles se alinean obedientes con sus gentiles cúpulas
eléctricas. Y las calles se quitan la pereza estirándose como calladas
serpientes. Y una murga nocturna entretiene las jóvenes ventanas.
 
Pero, ay! mi amor duerme.
 
Dan ganas de emprender una carrera que nos lleve
hasta el tranquilo da. Dan ganas de olvidar todos menos su nombre.
Dan ganas de ir a ella para poder deshojar una mentira sobre los hombros.
Porque de noche se la piensa morena y solitaria de la boca a los pies.
 
EN MEMORIA DE NARCISO
 
Yo siempre recuerdo a mis compañeros
en su hora de luz.
Cuando lloraban por el hecho de sus amadas.
Cuando me vestían de su amistad como un cálido sepulcro.
 
Cuando duraban horas y horas repitiendo que sufrían,
pero no tenían miedo.
 
Olvido tu voz perdida en algún río.
Tus cenizas al viento.
La doncella que te quería
Olvido que los años han seguido bajando de los cielos
con su cansado ademán de despedida.
 
Y recuerdo tu hora de luz.
Buscabas tu alma en el agua como busco yo mi amor perdido.
 
Te viera un ser de limpios ojos y diría que mirabas
la sonrisa de alguien desde la fuente.
De alguien como una señal o un niño muerto.
 
Pero estabas más sólo que un perro en una ciudad sin habitantes.
 
Me envuelven los días y me envuelven las hojas de los árboles
Y no protesto porque tampoco protestan los héroes
cuando los envuelven en la bandera de la patria.
Pero yo también busco:
Busco mi amor perdido, la mujer que nunca pudo amarme.
 
Y un día se marchó sin esperanza.
Después, si hay tiempo, buscaré mi alma.  
 
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La grieta

Santiago Jiménez

Yo sí lo vi venir, pero no dije nada. Así pasa siempre. Y ahora, cuando la gente se sigue preguntando qué pasó, me siento tentado a levantar la voz para que el mundo se entere de lo que yo sabía, pero sé que es demasiado tarde. Me tomarían por un loco o por un oportunista.

Todo empezó el primer día de las últimas vacaciones de la universidad. Por primera vez en mi vida me había quedado solo. Mis compañero se habían ido de la ciudad como si escaparan de una plaga y ya no hablaba con los amigos del barrio, así que era improbable que alguno pasara a saludar y me invitara a jugar algún picadito de fútbol.  Entonces dormía hasta el mediodía y juntaba el desayuno con el almuerzo, luego volvía al cuarto y me tiraba en la cama y me ponía a mirar al techo durante horas, oyendo una emisora de salsa con la ventana abierta para que se colara algo de brisa y me refrescara en las tardes calcinantes de junio. No pensaba en nada, o por lo menos intentaba no hacerlo. Pero cada cierto tiempo algo me despertaba de mi letargo ―el paso de un avión, el trino de algún pájaro, los gritos de un vecino― y me sorprendía pensando en Marisela.

La había conocido ese semestre. Estudiaba Enfermería. Era una negra alta y flaca y desde que nos presentaron no pasaba un día sin que pensara en ella vestida con su uniforme, recreando el clásico fetiche de la enfermera complaciente. Pero Marisela no me prestaba la menor atención. Me saludaba por educación, pero después de eso no me hablaba y ni siquiera se reía de los chistes que les contaba a nuestros amigos y que a ellos los hacían desternillar de la risa. Así que cada vez que volvía su recuerdo, mientras estaba tirado en mi habitación esperando que los días pasaran y pudiera volver a verla, hacía lo posible por alejarla de mis pensamientos.

El caso es que llegué a conocer muy bien el techo de mi cuarto. Estaba pintado de blanco y era liso. Por las tardes el sol se metía de lleno y lo hacía resplandecer como una inmensa lámpara halógena. Pero yo no dejaba de mirarlo. Por eso fue que pude notar aquel primer cambio en su superficie. Se trataba de una pequeña grieta que había empezado a crecer en la esquina más cercana a la puerta. Al principio pensé, para tranquilizarme, que se trataba de un detalle que no había advertido antes. Pero debía estar seguro, así que los días que siguieron le presté más atención a esa esquina en particular. Entonces descubrí, con horror, que la grieta estaba creciendo y a medida que lo hacía iba adoptando el perfil de los rayos que caen en las tormentas que azotan el Valle cada cierto tiempo. A mitad de las vacaciones tenía casi treinta centímetros de largo y fue cuando pensé que la casa se iba a venir abajo. Revisé los periódicos buscando alguna noticia sobre algún temblor que se hubiera presentado en los últimos días, pero no había nada. Me animé a salir del apartamento e intenté hablar con algunos vecinos para saber si habían sentido algún movimiento extraño, si las paredes y los techos de sus casas seguían siendo los mismos de hacía un mes. Me miraban como si hubiera perdido la razón, hacían un gesto de negación y seguían su camino.

Foto 1Una noche de las muchas que empecé a pasar en vela vigilando la grieta del techo, vi cómo se desprendía de ella un pequeño pedazo de pintura e iba a caer al suelo. Y entonces fue cuando la segunda premonición atravesó mi cabeza: la ciudad entera se iba a venir abajo. Después de la experiencia con los vecinos no me atreví a decirle a nadie más lo que estaba pensando. Lo único que se me ocurrió fue ir donde Marisela y salvarla del desastre. Tal vez así empezaría a hablarme y tendríamos un futuro juntos. Sólo una hora después de estar vagando por las calles de Cali como un poseso me vine a dar cuenta de que no sabía dónde vivía ella. Tampoco dónde me encontraba, pero creí distinguir a lo lejos las palmeras de la plaza de Caicedo. En el momento en que decidí caminar hacia ese lugar, sonaron los primeros estruendos. Luego la tierra empezó a moverse y vino lo que ya todos conocen: el terremoto que destruyó a Cali.

Hoy han pasado varios años de la tragedia y el tema en los refugios sigue siendo el mismo: cómo es que en pleno siglo 22, con lo avanzado de la tecnología, no es posible predecir un sismo. A mí me dan ganas de decirles que yo sí lo vi venir, pero prefiero quedarme callado.

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