Cali en 1789

0

el-alferez-realSantiago de Cali cumple 478 años, y ESTRAVAGARIO ha querido recordar y remembrar una ciudad desconocida para muchos de nosotros, en 1789 había 5 conventos, los muebles eran grandes escaños de guanabanillo, el río no tenía puente permanente, el correo de Cali a Popayán iba al vecino de Jamundí y solía conducir grandes sumas de oro o plata, etc. Estas son algunas de las  historias y anécdotas que nos trae un capítulo de “el alférez real”, una novela costumbrista escrita en 1886 por el vallecaucano Eustaquio Palacios, que se desarrolla en nuestra metrópoli y sus inmediaciones.

En una segunda parte de ESTRAVAGARIO el escritor Santiago Jiménez Quijano nos presenta una segunda entrega de su colección de relatos, entendiendo esta forma de expresión como una que se diferencia del cuento breve en que no presenta una historia redonda, con comienzo, nudo y desenlace, sino más bien una situación en la que se revelan apenas destellos de la condición humana, casi como una instantánea.

Cali en 1789

Cali no tenía en aquel tiempo la misma extensión que tiene ahora. ni menos el número de vecinos que cuenta actualmente. Según el riguroso empadronamiento hecho en 1793. El recinto de la ciudad sólo contenía seis mil quinientos cuarenta y ocho habitantes; y de éstos, mil ciento seis eran esclavos.

palacios_eustaquioSabido es que Cali fue fundada el 25 de Julio de 1536 por el Capitán Miguel López Muñoz, de orden de Don Sebastián de Benalcázar; que fue la ciudad que más prosperó de todas cuantas los españoles fundaron en el Valle; y que en poco tiempo llegó a ser muy populosa; pero que después muchas familias principales se trasladaron a Popayán en busca de mejor clima.

En ese año, pues, de 1789, la ciudad se extendía desde el pie de la colina de San Antonio hasta la capilla de San Nicolás, y desde la orilla del río, hasta la plazuela de Santa Rosa. Ese extenso barrio que existe hoy desde la plazuela hasta el llano, es enteramente moderno.

Aunque el área de la población era grande, los edificios no eran tantos como podían caber en ella; porque había manzanas con sólo dos o tres casas, cada casa con un espacioso solar, y cada solar sembrado de árboles frutales, principalmente cacao y plátano y algunas palmas de coco. Los árboles frutales eran los mismos que hay ahora, con excepción del mango que no era conocido todavía.

 2014-07-25 09.40.03

Casi todos los solares estaban cercados de palenques de guadua, y sólo uno que otro, pertenecientes a los vecinos más ricos, tenían paredes de tapia, aunque muy bajas.

No había empedrados sino al frente de algunas de las casas de la plaza y en algunas calles inmediatas a ella, en la parte de arriba; esta circunstancia hizo que se le diera a ese barrio el nombre de El empedrado. El resto, y todo el Vallano, carecían de ellos. En tiempo de lluvias se formaban en las calles profundos lodazales; pero los caballeros y las señoras usaban altos zuecos de madera, y andaban en ellos por el Iodo con asombrosa agilidad.

En los meses de Julio y Agosto de 1787 estuvo de visita oficial en Cali Don Pedro de Beccaria y Espinosa, Gobernador de Popayán, y expidió un decreto en el cual ordenó se empedrara el frente de todas las casas, en especial las de la plaza, y daba la siguiente razón; “para que en las procesiones que andan alrededor de dicha plaza, no vayan, tanto los sacerdotes como las demás personas que a ellas concurren, pisando el barro”.

Había entonces las mismas iglesias que hay hoy, porque aunque tenemos como nuevos los templos de San Francisco y de San Pedro, consagrado el primero en 1828 y colocado el segundo en 1842, estaban en servicio en lugar de éstos, la iglesia vieja de San Francisco y una capilla en donde está hoy la matriz, y que servía de parroquia! Había además la de Santo Domingo, que ya no existe. Cinco conventos de frailes tenía la ciudad; San Francisco. Santo Domingo. San Agustín, la Merced y San Juan de Dios.

Este último con su hospital, estaba situado cuadra y media arriba de la plaza, y había sido fundado en 1758 por Don Leonardo Sudrot de la Garde, francés, casado en Cali con Doña Francisca Paula Ramos. Costó le mucho trabajo hacer esa fundación, porque ella, ¡cosa increíble! Tuvo enemigos; pero al fin alcanzó del Rey Fernando VI la Real cédula necesaria para llevar a cabo su propósito.

2014-07-25 09.41.20

Además de esos conventos existía ya el Beaterio, casa de asilo, fundada en 1741 por el respetable sacerdote Fray Javier de Vera. Prior de San Agustín, y concluida por el presbítero Tomás Ruiz Salinas. Esa casa era la que sirve hoy de hospital de San Juan de Dios, edificio que las beatas cambiaron después por el convento de la Merced en donde están ahora. La comunidad se compone, por su institución, de mujeres y niñas honestas, que quieren vivir recogidas, entregadas a ejercicios devotos y al trabajo para ganar la subsistencia. Ellas se consagraban también a la enseñanza de niñas, y allí era la principal escuela que para ese sexo había entonces.

El gusto en la construcción de las casas está todavía a la vista; las principales tenían una pequeña pieza de alto, con un balcón volado, figurando un corredor con sus gruesos pilares; los halares sin canecillo; las aceras sin embaldosado; las puertas en el interior, en los rincones, a fin de que quedaran espacios suficientes para colocar grandes escaños; una o más ventanas en la sala, voladas, con balaústres torneados, pero generalmente desiguales, unas de otras; el aposento siempre obscuro, porque la única ventana que tenía y que caía a la calle, era pequeña, alta y rasa, para evitar los coloquios posibles entre los mozos y las muchachas en las altas horas de la noche; en la esquina más notable de la sala estaba el aparador, construcción de ladrillo o adobe, con tres nichos en la parte baja en donde se colocaban las tinajas de barro cocido, con dibujos en relieve; y una gradería de los nichos para arriba en donde se colocaba la vajilla y la loza de China.

Los muebles eran grandes escaños de guanabanillo, sillas de brazos, poltronas y estrados o tarimas. Los que tenían ejecutorias de nobleza, grababan su escudo de armas en los guadamaciles de las sillas; y todos tenían canapés forrados en vaqueta, con patas doradas, figurando las de un león o las de un águila, con una bola entre las garras.

En la esquina exterior de algunas casas del centro de la ciudad, había un nicho en la parte alta de la pared, y en ese nicho, la imagen de un santo, a veces en estatua; allí se encendía un farol todas las noches.

El río no tenía puente permanente. Cada año se hacía uno de madera y guadua un poco más abajo de la Ermita, que las crecidas, al entrar las lluvias, se llevaban por delante, dejando cuando más los horcones. Él tenía entonces doble cantidad de agua de la que hoy tiene, y no había sino tres puntos o pasos por donde era fácil vadearlo; en el resto de su curso, llevaba rápida corriente y tenía mucha piedra.

La merma de aguas que han sufrido muchos ríos en el Cauca, es un fenómeno notorio a todas las personas de edad avanzada. Muchos riachuelos que fueron conocidos con agua permanente, se han secado del todo.

 2014-07-25 09.43.31

En el otro lado del río había solamente tres o cuatro casas en forma de quintas o pequeñas haciendas algunas con plantaciones de caña y trapiche. El resto de todo ese terreno estaba cubierto de guayabales, que comenzando en el Charco de la Estaca iban a terminar en Menga.

Habiendo como había, tantos clérigos regulares y seculares, el número de Sacerdotes que decían misa diariamente, pasaban de cuarenta. En los testamentos de aquel tiempo vemos que los moribundos ricos disponían que, al morir, se les dijeran veinticinco o treinta misas de cuerpo presente; y se las decían.

La influencia del clero regular era grande; la ciudad en sus costumbres parecía un convento; la piedad era general, y se hacía alarde de ella, por nobles y plebeyos; todas las familias se confesaban varias veces en el año, y forzosamente en la cuaresma, porque había excomunión por un canon del Concilio IV de Letrán, confirmado por el de Trento, para los que dejaban pasar años sin cumplir con el precepto anual. Los que morían sin confesión pudiendo confesarse, perdían la mitad de sus bienes; que se destinaba a la Real Cámara, por una ley de Indias. Por fortuna, ninguno daba lugar a que se le aplicaran tales leyes.

Todos sabían cuándo era día de ayuno, y en efecto ayunaban. En toda dificultad, toda desavenencia y toda desgracia que ocurría en las familias, era un fraile el consejero obligado.

De esa influencia benéfica, de las prédicas constantes y del buen ejemplo, resultaba que las costumbres públicas eran severas; que los delitos eran raros, que se pasaban años sin que hubiera que lamentar un homicidio ni un robo. Algunos años antes de la época que describimos, fue juzgado un vecino por el hurto de una novilla; se le condenó a presidio, y después del presidio, a destierro; y antes del presidio y del destierro le cortaron las orejas.

En esos tiempos, el correo de Cali a Popayán era un vecino de Jamundí y solía conducir grandes sumas en oro o plata; salía por la tarde, se quedaba tomando aguardiente en la Chanca, y el caballo con su carga de dinero seguía por el camino real, poco a poco; las gentes se apartaban de él con respeto, porque veían las armas del Rey en la valija.

 2014-07-25 09.40.44

El caballo llegaba a la casa de su amo, en donde la mujer del correo le abría la puerta y lo descargaba. Esos ancianos serios, que existen todavía aunque ya en pequeño número, honrados, piadosos, esclavos de su palabra, respetuosos con la autoridad y con todos, son resto de esa generación que se educó en aquellos tiempos y por aquellos frailes, principalmente por los de San Francisco, que gozaron siempre de intachable fama, y cuyo convento era considerado como semillero de santos y de sabios. La generación actual alcanzó todavía una muestra de la calidad de esos hijos de San Francisco, en el venerable sacerdote Fray Damián González, y en los tres o cuatro que están asilados hoy en una parte del edificio que fue su convento.

Los habitantes de Cali estaban divididos en tres razas; blancos, indios y negros; o sea; europeos, americanos y africanos. De éstas resultaban las siguientes variedades; el mestizo, hijo de blanco en india; el mulato, hijo de blanco en negra o viceversa; y el zambo, hijo de negro en india, o de indio en negra. Los blancos de la raza española tenían para sí todos los privilegios y preeminencias; después de éstos, los más considerados eran los mestizos, que hacían alarde de descender de españoles; a éstos se les daba el nombre de montañeses. Los demás eran iguales en la humildad de la categoría; pero la del esclavo era, como es claro, la más triste. Los plebeyos que no eran mestizos, eran llamados monteras.

Toda familia regularmente acomodada tenía una esclava por lo menos, para el servicio doméstico; la cocinera era siempre una negra. Estos esclavos ciudadanos lo pasaban mucho mejor que los de las haciendas, que vivían al remo del trabajo y tratados en algunas de ellas con crueldad.

Había amos de terrible fama, con los cuales eran amenazados los criados que no querían portarse bien. Con que un señor de esos bonachones dijera a su sirviente; “te vendo a don Fulano”, bastaba para que se corrigiera en el instante. Esos esclavos, cuando sus amos eran de buen carácter, llegaban a amarlos tan sinceramente, que habrían sido capaces de morir por ellos; y justo es confesar que había amos que trataban a sus esclavos no como a tales, sino como a hijos.

Los nobles vivían orgullosos de su linaje y miraban con desdén a la plebe; la plebe por su parte estaba acostumbrada a reconocer esa distinción y se sometía resignada porque no podía hacer otra cosa. Los criados de una casa solían entrar en pendencia con los de otra, disputando sobre la nobleza de sus amos; cada criado sostenía que la del suyo era de mayores quilates que la del otro.

 2014-07-25 09.40.59

Cuando a un vecino se le escapaba tratar con el título de don a alguno que no fuera noble, lo cual era muy raro, al punto se levantaban mil voces entre los plebeyos mismos, reclamando contra esa mentira; ¿quién le dio el don? decían; su padre era ñor y su madre ña. Estas dos partículas son evidentemente resto o contracción de las palabras señor, señora, que al aplicarlas a un plebeyo, no las pronunciaban íntegras para hacer notar que aquellos a quienes se las acomodaban no eran tal señor ni tal señora.

Entre los nobles no todos sabían leer y escribir; y entre los plebeyos muy pocos. Algunas señoras leían en libro, pero no en manuscrito; sus padres les impedían que aprendieran a escribir, para que no tuvieran ocasión de enviar o de recibir cartas de amores.

Y sin embargo, ellas atendían a sus intereses aprendiendo a escarabajear en hojas de plátano en lugar del papel, y con un punzón de madera en vez de pluma, y poniendo por muestra una página del Cuotidiano.

Al fin, bien que mal, concluían por hacer letra de imprenta, y es fama que con esto les bastaba. No había médicos facultativos; los frailes, especialmente los de San Juan de Dios, hacían el oficio de tales. Había una o dos boticas, en que se vendían tres o cuatro ungüentos, cuatro o cinco purgantes, y nada más. Si no había médicos, sí había abogados, graduados en Santafé o en Quito, y todos ellos de las principales familias.

No había colegios; los hijos de los pobres solían aprender algo con los frailes. A los colegios de Santafé y de Quito sólo iban los hijos de los nobles, para lo cual se hacían informaciones de limpieza de sangre. Nadie deliberaba sobre asuntos de gobierno; todo mundo obedecía ciegamente, y el prestigio de la autoridad era inmenso. No pudiendo hacer la guerra al Rey, posibilidad que ni siquiera sospechaban, se la hacían las familias entre sí por las preeminencias de nobleza.

El pueblo vivía en la abundancia y parecía ser feliz. Todo vecino sabía que, manejándose bien, moriría en su cama y no en la guerra; que el fruto de su trabajo le pertenecía en absoluto; que podría dejarlo en herencia, con toda seguridad, a sus hijos; y que ni el Rey mismo podía arrebatárselo.

A fines de 1793 se exigió un donativo voluntario a todo el Nuevo Reino, para ayuda de los gastos de la guerra que el Rey Carlos IV declaró en ese año a la Francia, a consecuencia de la ejecución de Luis XVI. Las autoridades de Cali nombraron comisionados para colectar ese donativo en toda la ciudad y su jurisdicción, desde el río de Ovejas hasta Roldanillo.

Todos los habitantes de ese dilatado territorio se esmeraron en probar su amor y su adhesión a su Majestad; y al fin de la colecta, resultó que se había reunido la cantidad de… novecientos once patacones; Como los contribuyentes eran quince mil, había correspondido a menos de medio real por cabeza, y eso que el Alférez Real, Don José Micolta y Don Miguel Umaña dieron a cien patacones cada uno. El Rey se contentó con esa suma sin exigir un real más.

En los libros del archivo del Ayuntamiento vemos cuán barata era la subsistencia; una arroba de carne valía cuatro reales, o menos; un real los plátanos y un real la leña que podía cargar una bestia; un novillo para pesar, seis pesos, y una vaca cuatro; un caballo regular importaba ocho pesos, y si era magnífico, una onza. El Cabildo ponía los precios a los artículos alimenticios de primera necesidad y designaba las personas que habían de abastecer de carne a la ciudad cada año.

La vida de los caleños en aquella época era bien parecida a la vida que hoy se vive, si exceptuamos el oficio de la política, y el negocio de las revoluciones, que eran desconocidos entonces. El movimiento comercial era limitadísimo, y el país producía mil veces más de lo que alcanzaba a consumir.

Por lo demás, los nobles y los ricos vivían consagrados al cuidado de sus haciendas o de sus tiendas de mercancías (que eran muy pocas) o al desempeño de empleos civiles; los plebeyos trabajaban en la ciudad como artesanos, o en el campo como agricultores, o aquí y allá como jornaleros; o traficaban con otros pueblos, principalmente con el Chocó.

Gran parte de su tiempo lo consagraban a las fiestas religiosas que eran muchas; en los días festivos, que eran en mayor número que hoy, después de la misa mayor, se entregaban con frenesí al juego de gallos, y allí se mezclaban nobles y plebeyos. Desde aquellos tiempos hasta el presente, los jugadores de gallos han constituido un gremio especial; todos ellos se conocen íntimamente, se buscan, se estiman, se protegen y son amigos a vida y a muerte.

Los ricos llevaban a la casa del juego de gallos (pues ya había gallera) grandes talegos de plata sellada; conducidos por un criado; unos apostaban cantidad determinada; y otros, lo que podía contener un mate lleno, que llevaban al efecto como medida. El valor de las apuestas era exagerado, porque los nobles iban al repiquete; y no era raro que algunos quedaran al fin completamente arruinados.

Cali era entonces la ciudad de las palmas; y en esos altísimos y elegantes vegetales anidaban los coclies.

Estas grandes aves formaban allí por las tardes ruidosas algarabías, como las cigüeñas. Ese canto, o ese ruido, ha sido siempre grato al oído del caleño; hemos visto a uno de éstos, lejos de su patria, llorar de nostalgia, por haber oído cantar a un coclí.

Estando la ciudad tan ventajosamente situada, el viajero que se dirigía a ella, la alcanzaba a ver desde dos o tres leguas de distancia, cubierta de árboles; sobre los árboles se destacaban las palmas en un gran número y en toda su gentileza; y por entre las palmas se distinguían los blancos campanarios de sus iglesias. Cualquiera hubiera creído tener a la vista una ciudad oriental, tal vez Bagdad, coronada de palmeras y minaretes.

Diremos por último, que Cali recibió el renombre de “Muy noble y leal ciudad”, por Real Cédula de los 70, y que desde 1559 recibió Escudo de Armas. Como una curiosidad consignamos aquí la descripción de ese escudo.

Dice el Rey Don Felipe II:

“Es nuestra voluntad que ahora y de aquí adelante esa dicha ciudad haya y tenga por sus armas conocidas, un escudo que dentro de él tenga siete mogotes de color de tierra, siendo el de en medio el más alto; ya la mano derecha de la parte abajo, esté una ciudad de oro entre dos ríos y árboles verdes, y en lo bajo de tal escudo, esté un puerto de mar con una nao surta a la boca de un río que sale del mogote y entra a la mar; y otras naos en el río arriba, con unas canoas con sus remos, en aguas azules y blancas, según y cómo va pintado y figurado en un escudo como éste. Cuyas dichas armas damos a dicha ciudad por su divisa señalada, para que las pueda traer y poner y traiga en sus pendones, escudos, sellos, banderas y estandartes”.

Se ve que Don Felipe ignoraba completamente.

Comments are closed.