Décimas Para La Soledad

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Soledad

La décima es un tipo de poesía que suele cantarse a cápela en los momentos festivos de alegría popular. Está compuesta por estrofas de diez versos octosílabos, de los cuales, por regla general, rima el primero con el cuarto y el quinto; el segundo, con el tercero: el sexto, con el séptimo y el octavo con el noveno y décimo.

En América, escritores como José Martí, Nicolás Guillen, Rafael Pombo, Violeta Parra, Severo Sarduy, Manuel Mejía Vallejo y muchos otros, han utilizado la forma de la décima para realizar sus composiciones.

Manuel MejiaPara esta semana ESTRAVAGARIO traemos una obra de Manuel Mejía Vallejo, quien representa la vertiente andina de la narrativa colombiana contemporánea, caracterizada por un mundo de símbolos que van perdiéndose en el recuerdo de la montaña. Rodeado de cordilleras, de las que nacen personajes y situaciones, Mejía Vallejo ideó el pueblo de Balandú, y confiesa que escribe porque entiende mejor los fenómenos al irlos describiendo. Sus obras presentan la reconstrucción de los ambientes que lo rodean y los que lleva por dentro. Son recurrentes los temas de la hacienda, la aldea y los espacios suburbanos, el asombro ante el desarraigo del hombre provinciano, las contradicciones de la ciudad que propician un cosmos de desvaríos colectivos y la soledad del ser que transita por las calles.

I

Si la muerte es como el mar,

la vida es como la espuma:

que se bañe con totuma
el que no sepa nadar.

Hay que aprender a saltar

pues la vida es trampolín:
ni diablo ni serafín
se salvará en la redada
que nos extiende la nada

desde el principio hasta el fin.

II

Lo quiera o no, viajaré
con el mundo o sin el mundo;

todo ser es vagabundo
del espacio, me lo sé.
Aún ignoro por qué
–hacia adelante, hacia atrás– nadie llegará jamás
si a su destino se aferra:
no pasa de ser la tierra
otro vehículo más.

III

Después de tanto estudiar

llegamos a saber nada;

después de cada llegada

volvemos a comenzar.

Nadie deberá ignorar

si en el estudio confía,

que el hombre nunca podría

saber nada de su suerte,

y así encontrar en la muerte

su mejor sabiduría.

IV

Vendrás un día a mi casa

 de vino y pan en la mesa,

y otra forma de tristeza

que ni el olvido acompasa.

El tiempo que todo arrasa

dice la sola palabra

que contra el tiempo me labra

este afán de no andar muerto.

Si mañana estoy despierto

diré a mi puerta que te abra.

V

Amor es algo que un día

llegará a nuestra morada,

o es una cosa pasada

que siempre asoma tardía.

Nadie forme algarabía

con su amar y su olvidar;

uno y otro ha de pasar

como si fueran inmunes:

si toda la vida es lunes,

no hay domingo qué guardar.

VI

Para mis labios cansados

de palabras y de besos,

no me quedaban sino esos besos

que me rehusabas del amor

y otras mentiras,

me mirabas como miras,

como si fuera pasado

este mi vivir al lado

del silencio que respiras.

VII

Muchacha de senos duros,

no apresures tu caída

pues el amor no convida

sino en avaros conjuros.

Rara vez están maduros

dos senos y un corazón,

los labios y la canción,

un sexo y una constancia,

el punto junto a la errancia

o el reclamo en la razón.

VIII

A ratos suelo pensar

una verdad sin reproche:

pasar en vela la noche

no equivale a madrugar.

También suelo argumentar

cuando estoy de buen humor

otra verdad de cantor

ligado a sus pareceres:

conocer muchas mujeres

no es conocer el amor.

IX

Te daba el viento en la cara

–los caballeros contra el viento–

como si el golpe violento

de aquel viento te violara.

Para que se relievara

tu vientre en temblor ardido,

se te ceñía el vestido

a los muslos y a los senos,

con tan hondos desenfrenos

que el viento siguió en gemido.

X

Aún recuerda mi guitarra

las canciones de otros días,

cuando tras las melodías

iba el corazón de farra.

Si hoy por hoy no se desgarra

cuando la noche la llena,

no es que aparezca serena

sino que al fin aprendió

a esconder, como hago yo,

bajo el silencio la pena.

sombra 1

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