Estravagario – El hermano juanito

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IMAGEN-12079806-2Pedro Claver Téllez, es uno de los escritores mas interesantes de leer, en cuanto a crónica se refiere. EN 2011 presento uno de sus últimos libros titulado “Verde”, una crónica que revive a personajes históricos y legendarios del mundo de las esmeraldas y la mafia. Entre ellos, siempre como telón de fondo, puede verse la figura emblemática de Víctor Carranza, un sobreviviente de la guerra verde, quien hasta su muerte el año pasado sufrió la persecución de sus enemigos por cuenta de las misteriosas piedras del Furatena.

El presente texto se publicó en ESTRAVAGARIO el 18 de mayo de 1975 bajo el nombre “el Hermano Juanito”, y en su época hacia parte de una investigación sobre la vida de Efraín Gonzalez, que en forma de reportaje novelado, que posteriormente se editó bajo el título del Bandido de los Siete Colores.

EL HERMANO JUANITO

Pedro Claver Téllez

En Octubre de 1962, Efraín González hizo una ominosa cosecha de sangre y sufrió uno de los más grandes reveses  de su carrera delictiva. En tres asaltos, segó la vida de veintiocho personas, perdió cinco de sus hombres y fue traicionado por “El Ganso” Ariza, uno de sus lugartenientes. Clotilde Mateus, su concubina, abortó y estuvo al borde de la muerte; el inválido e inofensivo Cristóbal Ruiz, un campesino que difícilmente se sostenía en pie, lo hirió peligrosamente en la tetilla izquierda, incapacitándolo por varios días. Y, como si fuera poco, huyendo del ejército, después del genocidio de La Mesa,  tuvo que saltar a caballo un peligroso abismo a riesgo de su propia vida. El episodio, sin embargo, lo favoreció. El soldado que lo persiguió hasta el último momento, narró con admiración el valeroso acto, pero no tuvo recato en difundir la especie de que Efraín González le hizo frente a balazos y que este había optado por la retirada. La mentira lo dejó bien parado ante sus compañeros y la oficialidad y el suceso corrió de boca en boca, desfigurado por la imaginación, de modo que en poco tiempo su hazaña se convirtió en leyenda y no faltaron quienes afirmaran que tenía pacto con el diablo y era un frenético practicante de la magia negra. González asumió los hechos  en forma real, pero no dejó de preocuparlo el haber desembocado inesperadamente en aquel abismo y hasta llegó a pensar que constituía un símbolo de su irremediable destino.

ReportajeTraumatizado por todos los acontecimientos, González decidió abandonar la vida que llevaba y hacerse monje. Parece insólito, pero  en el fondo era un sacerdote frustrado. Aprendió a conocer, siendo niño, las cosas santas en la iglesia de Chiquinquirá, donde, cada año, por época de la fiesta de la patrona, su madre lo alzaba para que pudiera tocar con sus manos las figuras de cera colocadas en el altar. Dondequiera que veía un sacerdote se postraba a sus pies y le pedía la bendición. Cuentan que tuvo por amigo un cura, cuyo recuerdo siempre veneró, que le ensenó a hablar con los pájaros y demás animales del campo. González ejerció –efectivamente- un inexplicable dominio sobre los animales toda su vida. Fue, por lo demás, uno de los pocos niños del vecindario de Jesús María que por Semana Santa vio volar palomas que se convertían en ángeles o sapos con corbatín saltar entre hortalizas. Su deseo de entrar a un seminario se vio frustrado, no obstante, por falta de recursos económicos y porque, puestos a escudriñar el pasado y el presente de su familia, encontraron que varios de sus parientes llevaron una vida disipada y hasta practicaban extraños ritos que atribuyeron a magia y brujería. Lo cierto es que González guardó un profundo rencor a su tío Emilio, a quien atribuía buena parte de su fracaso y de quien al cabo se vengó, abandonándolo a su suerte, cuando estuvo a punto de caer en una celada tendida por el ejército en cercanías de Chiquinquirá.

Con el tiempo, González llevó hasta el fetichismo  y la idolatría su afición por las cosas sagradas. Poseyó un variado surtido de libros, escapularios, estampas y medallas de los santos de su devoción que conservó hasta el momento de su muerte. Pocas veces faltó a un oficio religioso en domingo o fiesta de guardar y cuando, por cualquier motivo, no pudo asistir a una iglesia para cumplir con los ritos propios de la festividad, se sometió a indecibles torturas o cumplió agotadoras penitencias en los confines de la montaña. Amigos y enemigos aseguran que era víctima de un extraño sortilegio.

Muchas veces, antes de matar, exigió una oración a sus víctimas y en ocasiones les hizo besar la sarta de escapularios que llevaba atada en el cañón del fusil. No es raro, pues, que en esta encrucijada haya elegido la vida del convento.

foto2Durante dos largos meses, entre noviembre diciembre del año 62, González intercambió cartas con varios sacerdotes de Chiquinquirá. Les pidió su consejo respecto de la nueva vida que iba a emprender y ellos decidieron que el sitio más indicado para pasar inadvertido y poder cumplir a cabalidad con el santo ministerio, era el Convento de “El Desierto de la Candelaria”, en inmediaciones de Ráquira, donde por tradición se espiaban los más tenebrosos pecados. Supo por boca de los sacerdotes que, en otros tiempos, el desierto estuvo poblado de eremitas nimbados de claridades sobrenaturales. Vivían en rústicas cabañas y, a imitación de los cenobitas y anacoretas, llevaban una vida de oración y recogimiento, llena de privaciones. Eran, según éstos, los legítimos descendientes de Macario de Alejandría, quien duró cuarenta días y cuarenta noches de pies, sin comer, sin beber y sin dormir.  O de Moisés, llamado cariñosamente “El Negro’, quien en una época de su vida, al ser sorprendido por cuatro bandoleros, los desarmó sin hacerles daño, se los echó al hombro y los llevó a la capilla más cercana para que adoraran al Señor.  Historias similares, así como las leyendas y consejas que rodeaban la vida del convento y sus pobladores, terminaron por seducirlo, de tal manera que para comienzos del año 63, González anunció su traslado a Ráquira y su voluntad de ingresar al convento en el menor tiempo posible.

Cuando llegó allí, lo primero que observó fue que el convento en nada se parecía al que le habían descrito. Ya no existían las rusticas cabañas y los monjes recogidos en un viejo caserón, asediado de enredaderas y girasoles, salmodiaban sus rezos en comunidad, sembraban ellos mismos sus tierras y engordaban sus propios animales. Las celdas eran frías y sórdidas. El hermano Juanito ¡así decidió llamarse! solía discurrir, leyendo u orando, por los largos y fríos pasillos, la mayor parte del día. La vida era dura y llena de privaciones. Continuaban las viejas tradiciones de penitencia y mortificación, pero acostumbrado como estaba a dormir a la intemperie, a pasar hambre y sed, el cambio no significó un sacrificio.

Se levantaba al alba, hacía oración, desayunaba parcamente y se dedicaba al estudio de textos sagrados y a leer la historia de la comunidad. En las noches, se reunían alrededor de una larga y desmantelada mesa para pasar un rato de esparcimiento y consumir la mejor comida del día. Se contaban entonces las más diversas historias, leyendas y consejas. No falto quien dijera que por aquellos desolados parajes vagaban desde tiempos inmemoriales ángeles de apariencia juvenil, sostenidos en largos cayados y que se escuchaban las voces pacientes y doctas de eremitas llenos de sabiduría y santidad. Los malignos, por su parte, en figura de animales, erraban en torno a los solitarios para distraerlos de sus rezos y meditaciones e inducirlos al pecado. No vacilaron estos en tomar la forma de bellas y rozagantes campesinas que se acostaban al paso de los eremitas. Aseguraban, de otra parte, que sobre las arenas rutilantes de Gachaneca –el río que atraviesa la región- aparecían copiados en la mañana los pasos de sátiros afrentosos que en las noches se entregaban a desenfrenos y orgías con las vacantes lujuriosas del trópico.  La Candelaria era, según los monjes, un campo de batalla donde las fuerzas del bien y del mal libraban singulares combates. Era el mundo. Y ellos estaban allí para lavar con sus sacrificios y meditaciones los pecados de la humanidad.

Ilustracion 1No tardó Juanito en abandonar el encierro y salir por los alrededores para conocer y servir a las gentes. Por los intrincados caminos de Ráquira, Tinjacá, Sutamarchán y Villa de Leyva, lo vieron pasar muchas veces, ausente y pensativo, tratando de socorrer oportunamente a los necesitados. Alguien escribió que “asistió a los enfermos, les llevó medicinas y hasta les aplicó las inyecciones que prescribían los facultativos, con el más edificante espíritu de sencillez y candor”. Por la noche regresaba, comía muy poco y después de la oración se refugiaba en su celda, donde se flagelaba y torturaba hasta el desmayo.

Mientras tanto, los periódicos y las autoridades especulaban sobre su paradero. Le atribuían asaltos que no cometió y publicaban relatos inverosímiles de sus hazañas. Hasta en los más apartados caseríos y veredas oyó comentar con asombro las barbaridades que le endilgaban. Pacientemente, sin decir nada, sin demostrar la lucha interior que le devoraba las entrañas, oía hablar de sí mismo como si se tratara de otra persona. Los pormenores de las hazañas de Efraín González, que la imaginación de las gentes desvirtuaron hasta hacer de él un personaje de leyenda, no le merecían ningún comentario. Pero sin que su interlocutor lo  notara, habitualmente le hacía cambiar de tema. No obstante, escuchaba silencioso, cabizbajo, dejando entrever una profunda amargura, cuando se referían a su diezmada cuadrilla o cuando, como en el caso de “El Ganso” Ariza, decían que había hecho una incalculable fortuna en las minas de Muzo y Peñasblancas.

Pero su paciencia no tenía límites, cuando las gentes lo confundían con “El Ganso” y le atribuían las horribles masacres que éste dejaba a su paso por tierras santandereanas. Entonces llegó a decir barbaridades que las gentes, para su fortuna, no lograron asociar ni atribuir a una defensa del peligroso y a veces admirado asesino. Juanito recelaba de las gentes porque sabía que en el fondo eran astutas e intuitivas, dueñas de una cultivada malicia indígena que era parte de su idiosincrasia. Por eso, cuando súbitamente le preguntaban si era verdad que los sacerdotes protegían al temible antisocial, palidecía, pero candorosamente les respondía que se trataba de invenciones de los enemigos de la Iglesia que no perdían la menor oportunidad para desacreditarla. Los comentarios e inusitadas preguntas de los feligreses comenzaron, sin embargo, a inquietarlo.

efrain2Una tarde, en Ráquira, supo ocasionalmente por boca de un parroquiano que un detective seguía las huellas de Efraín González por esos contornos. Imperturbable, Juanito comentó que las autoridades veían la sombra del oscuro forajido por todas partes, pero nunca donde verdaderamente estaba y que, según su modo de ver las cosas, éste nunca buscaría refugio en tierra de hombres pacíficos, honrados y trabajadores como los de aquella comarca. Agregó, convincente, que las buenas gentes boyacenses nunca darían cobijo a semejante monstruo de la naturaleza. Y, compungido, regresó aquella tarde al convento. Presintió el final de la tranquila vida que llevaba e intuyó que lo esperaban de nuevo la montaña y la cuadrilla, como única garantía de supervivencia. Ya casi al amanecer, vencido por el sueño, decidió encerrarse definitivamente en su celda y estar a la expectativa. Muchos días estuvo urdiendo la forma de comunicarse con los suyos, pero desconocía sus paraderos y su suerte final. Una noche decidió escribirle a Clotilde, a quien imaginaba asediada por las autoridades de Puente Nacional. La respuesta no se hizo esperar. La mujer se quejaba en las largas noches de desvelo pensando en su vida, de la cruel y despiadada muerte de “Comino” y de “Aguila”, quienes se negaron hasta último momento a decir donde se refugiaba. Y se enteró, con satisfacción, de la propuesta que “El Ganso” le había hecho de saldar las viejas querellas y reagruparse para sobrevivir, dar solidez a la diezmada cuadrilla y ánimo a los fieles pero temerosos seguidores que llevaban una vida de sacrificio y miseria en los confines de la montaña. En la última carta,  Clotilde le contaba que dirigentes políticos del conservatismo lo necesitaban para controlar los votos de Albania, Jesús María, Saboyá y Chiquinquirá en las elecciones de mitaca del año 64 y que tenía también grandes perspectivas de integrarse a la ANAPO, el naciente movimiento político que pretendía restaurar la perdida dignidad del General Gustavo Rojas Pinilla. Las propuestas eran halagadoras, sobre todo la última, para salir de paso; pero en el fondo no quería volver a servirle al partido que, al hacer parte del Frente Nacional, había desvirtuado la esencia de su doctrina y defraudado las esperanzas de millones de compatriotas al fundirse con su encarnizado rival de todos los tiempos. Recelaba también de la ANAPO, aunque creía que el general Rojas Pinilla había sido el mejor presidente de los colombianos. El único que había puesto orden, restaurado la paz y la concordia entre las gentes. Tenía más de una cosa que agradecerle al general, pero la insidia, la traición y las frustraciones, que eran las más frescas experiencias de su lucha política, habían puesto un velo de escepticismo en su mente y endurecido su conciencia. Muchos días y noches pasó Juanito recuperando su pasado y tratando de darle una nueva dirección a su agitada vida. Silencioso y cabizbajo, totalmente enajenado por la urdimbre de sus pensamientos y apartado de las cosas de Dios, recorría los largos y angostos corredores del convento. Sólo de vez en cuando, instado por los monjes, se integraba a la oración y la charla en comunidad.

Efrain GEntre tanto, la idea de que los sacerdotes protegían al desalmado Efraín González, fue cobrando fuerza. No sólo en la capital y en las grandes ciudades, sino hasta en los más apartados rincones, dondequiera que llegaba un periódico o se escuchaba la radio. Y, concretamente, en los alrededores de El Desierto, se tejieron los más variados comentarios a raíz de su ausencia. No faltó, inclusive, quien aventurara que nada tenía de raro que bajo las investiduras sagradas del hermano Juanito o en las más oscuras celdas del viejo convento, se amparara el temible bandolero. Para contrarrestar la avalancha de comentarios y desviar la dirección que estos iban tomando, los monjes tuvieron que urdir la poco increíble historia de que era víctima de una grave enfermedad que le exigía reposo. E inclusive, cuando se dieron cuenta que la excusa atizaba la suspicacia, le aconsejaron que saliera de nuevo por los campos, pero que se limitara a cortas y superficiales visitas a las gentes que estaban acostumbradas a verlo, cediera poco en las conversaciones y desvirtuara todo el andamiaje que oscuros enemigos de la Iglesia tenían montado contra sus servidores. Y Juanito salió de nuevo, disimulando el temor que lo embargaba y transparentado por la palidez y las consecuencias de la penosa enfermedad.

Pero si bien es cierto que inteligentemente fue rehaciendo su imagen, también es verdad que arreció la búsqueda y la persecución. Los campesinos eran interrogados diariamente a quemarropa, pues el ejército intuía que en el fondo lo protegían. Juanito se hizo cada vez menos visible. Visitaba a las gentes más crédulas e ingenuas, pero eludía los caminos concurridos, los corrillos y, sobre todo, a las autoridades. Sabía, no obstante, que llegaría el día en que esto ya no fuera posible y debía estar preparado. Y ese día llegó.

Juanito andaba por los alrededores de Ráquira y ya tarde fue interceptado por una partida de soldados. Les dio la cara abiertamente. Bajo el sombrero de “corcho” y un par de cejas pobladas, unos ojos redondos y vivos e felino, abarcaron el ámbito en que se emplazaran cerca de diez soldados.  Su mano izquierda descansaba sobre la cabeza de la silla y tenía la derecha ligeramente desgonzada a la altura del muslo. Recuperó una perdida imagen de soldado que le recordaba épocas aciagas.  Con voz pausada y serena, respondió al sargento que los comandaba todas las preguntas que le formuló. Un soldado joven, cetrino, de mirada maliciosa, rectificó su imagen en una fotografía y la mostró al resto de sus compañeros. Con un movimiento de cabeza, que Juanito creyó favorable, concluyó el interrogatorio. Juanito espoleó su cabalgadura y siguió de largo, pausadamente. ¡Estaba a salvo! Pero nunca sospechó que, tercamente, el soldado de la foto insinuó seguirlo a prudente distancia. Más adelante, desde un recodo del camino, observó que lo seguían. Súbitamente comprendió y en segundos concibió un plan.

Supo que, de persistir la disimulada persecución, no podría volver al convento. Entendió que debía seguir de largo y huir, abandonar para siempre toda tentativa de rehabilitarse, volver a la montaña, organizarse y pelear furiosamente contra sus encarnizados rivales. Su vida no tendría descanso. Apuró el paso. Los soldados también. Cruzó de largo, atropelladamente, frente al ya casi invisible caserón del convento y se perdió en la noche, sin que los soldados lograran encontrar su guarida o sus huellas. Y como era campo abierto, el mito de “Siete Colores” volvió a tomar fuerza.

La imagen de un sacerdote montado en una mula zaina que, tras una carcajada salvaje, se pierde súbitamente en la noche, quedó grabada para siempre en la memoria de las gentes.

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