El regreso

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Por:  Santiago Jimenez Quijano

El regreso

Desde hace mucho tiempo, las grandes casas de los barrios tradicionales del sur amanecen solas, de un día para otro, sin un rastro de que hubieran sido habitadas alguna vez y con intrigantes letreros que dicen que no están en venta. El pasto de sus antejardines empieza a crecer sin control, y al otro lado de las ventanas, rotas por los niños al salir del colegio, los fantasmas se multiplican con cada luna.

A fuerza de ver desaparecer a nuestros vecinos, hemos establecido el acuerdo tácito de que una vez la casa queda sola, no se vuelve a hablar de quienes la habitaron. Lo usual es que después de varios años de abandono lleguen las constructoras a demolerlas y erijan edificios de ocho pisos, con decenas de minúsculos apartamentos en su interior, que van convirtiendo lentamente las calles en paisajes desconocidos.

Hasta ayer, nunca nadie había vuelto a una de aquellas casas.

Los que la vieron llegar cuentan que fue hasta la puerta y la abrió sin el menor problema con las llaves que traía. Segundos antes se había bajado de un taxi, con una pequeña maleta en la que no podían caber más de cinco vestidos, y había caminado muy erguida y sin mirar hacia los lados, como dando a entender a los que pudieran observarla que volver a ese lugar no era una derrota.

La casa había pertenecido a los Velandia, una familia de clase media como muchas otras, conformada por sus papás, Augusto y Clara, y su hermano André. Con André solíamos jugar fútbol en el parque desde muy pequeños, cuando todavía las niñas nos eran indiferentes. Carlota era su hermana menor y vivía detrás suyo y Clara lo obligaba muchas veces a llevarla con él a los partidos, a pesar del fastidio que sentía André por tener que mantenerla a su lado y cuidarla.

Una vez hecho el último gol, los muchachos solíamos ir a la tienda a tomar refrescos y a recordar las jugadas más importantes, un momento tan emocionante como el juego mismo. Pero si André estaba con Carlota no podía acompañarnos. Por orden de su mamá, a la que no le gustaba que su niña hablara con nosotros, tenía que ir a dejarla en casa y, ya adentro, no lo dejaba volver a salir sino hasta después del almuerzo.

Cuando los Velandia abandonaron el barrio, de noche y sin avisarle a nadie, varios años después, las cosas eran muy diferentes. Se habían convertido en la primera familia en instalar un jacuzzi y la única con dos carros último modelo en el garaje. Corría el rumor de que en el baño privado de Augusto las llaves del lavamanos eran de oro. Lo cierto es que André estrenaba ropa de moda cada semana y vivía con grandes fajos de billetes en el bolsillo, que sus amigos nos encargábamos de diezmar fumando y tomando aguardiente mientras intentábamos carambolas imposibles en el billar de la avenida. Pero eso a él no le molestaba porque siempre había sido muy generoso.

Carlota había pasado de ser una niña retraída y sin gracia, a una mujercita de dieciséis años de la que todos estábamos enamorados. Se había conseguido un novio en otro barrio y ahora le correspondía a André acompañarla a las fiestas para cuidarla. A él esta situación le molestaba tanto como cuando era ella la que lo seguía a los partidos de fútbol, pero nosotros le decíamos que no se preocupara, que si quería lo acompañábamos para que no se aburriera tanto. La verdad es que queríamos ver a su hermana y buscar una oportunidad de sacarla a bailar y hablar con ella, pues en su casa nos ignoraba por completo. Yo pude hacerlo una vez y no perdí el tiempo: le dije que me había gustado desde chiquita, cuando iba a vernos jugar al parque y que me dejara ser su novio. Antes de que pudiera responderme, vino alguien y se la llevó a otro lado.

Los pocos hombres que quedamos de esa época, le estamos preparando una bienvenida a Carlota para este fin de semana. Queremos ayudarla a arreglar la casa para que pueda instalarse de nuevo. No pretendemos tocar el tema de su papá, que fue ampliamente difundido en los periódicos, ni lo que pasó con André, que nos rompió el alma a todos. Ahora somos un grupo de cuarentones tristes, la mayoría separados o divorciados y verla una vez más nos ha despertado recuerdos que parecían muertos. Por mi parte, espero terminar la conversación que dejamos inconclusa hace más de veinte años en aquella fiesta.

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