La Ceiba, abuela bonachona

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Ovejas bajo un árbol cerca de Dorset, Inglaterra.

Arturo_AlapeComo parte de la celebración de las 100 ediciones de EL PUEBLO, la revista cultura ESTRAVAGARIO ha querido traer un cuento de Arturo Alape, este caleño fue un escritor, periodista, historiador, pintor y guionista. Sus primeros pasos en la literatura, a la que decidió consagrarse después de regresar de la selva, los dio como cuentista: en 1970 publicó su primer volumen de relatos bajo el título de La bola del monte. A este le seguirían otros tres más, una premiada obra de teatro y dos libros de no ficción antes de sacar su primera novela, Noche de pájaros, en 1984.

Arturo Alape, murió  en 2006 luego de una incansable lucha contra la leucemia durante más de diez años.  Cabe destacar que sus logros lo hicieron merecedor de muchos honores, entre ellos el grado de Doctor honoris causa por la Universidad del Valle en 2003 y la condecoración José Acevedo y Gómez, en el grado de Gran Cruz, concedida en 2006 por el Concejo de Bogotá un poco antes de su muerte.

La Ceiba, abuela bonachona, salió publicada en ESTRAVAGARIO el 30 de marzo de 1975 e hizo parte la colección galardonada en 1976 por el Premio de las Américas.

LA CEIBA, ABUELA BONACHONA

Cuando supimos la noticia, no hubo pedazo de tierra que no desenterráramos en busca de María y de su hijo de brazos. Qué no indagamos, qué indicios no afrontamos. Las selvas del Coreguaje las blanqueamos a machete, muchas heridas causamos a sus rastrojos. En fin, con vida se encuentra a una persona, en la muerte su rastro son referencias de lo que fue en vida. Y eso nos pasó a todos con María y su hijo. Supimos que sus huellas finalizaron recién pisadas en los límites de la sombra de la ceiba, la abuela bonachona. Las huellas y nada más de María. Y vino el careo de ideas y, al no llegar a un acuerdo, nos dijimos en tono resignado: muerte definitiva. Mas, en nosotros la idea de las frescura de sus huellas acallaba el pensamiento. Hay gentes que mueren dejando recuerdos establecidos.

            Luego, supimos que los chulavitas subieron Coreguaje arriba, aprovecharon la ausencia del marido de María y huyeron con la fechoría. Ella, posiblemente en malas condiciones, llegó hasta la Ceiba, ¿y luego?: guardamos silencio. Ese silenciar lo rompimos en medio de la incredulidad al escuchar a Pedro. Pedro está enojoso. Los sentimientos no son de creencia. ¿Y cómo vamos a creer, por más que insiste Pedro, que la ceiba que todo lo vigila por el hueco humano de su corteza, haya tragado a María con su hijo en brazos? Aun sea como lo confirma el mismo Pedro, que los dos estuvieron en estado de difuntos. Es tanta desfachatez de Pedro, que yo, el más liviano de los presentes, me subo sobre sus hombros y meto mi cabeza por el hueco-cara de la ceiba y remiro con todo cuidado sus entrañas. A todos les digo que veo oscuridad y a Pedro le advierto que me sostenga con fuerza porque comienza a escalofriarme el grito que escucho en la penumbra. El grito quiere apague.

            No hay noche de luna clara en que Pedro no haga sentir su vicio de montarse en su parapeto, quieto el hombre, fijos ojos sobre la posible entrada del borugo, su tabaco humando, sus dedos sobre el disparador de la escopeta y sobre la luz de su linterna, la tensión de sus nervios, escuchando Pedro pisadas de animal olfateando muerte y escucha, no pisadas de animal, sino de caminar humano en forma como si caminara a metros de la tierra, pero dejando caer de vez en cuando el caminador sus pasos y Pedro guatineador, más que prender  la linterna enciende sus ojos sin poder escapar de la cercanía de la muerte en la persona de la difunta María con su difunto hijo de brazos, alumbrándose con gusanos florecidos y haciéndole señales a Pedro que deje el miedo y Pedro reconoce el vestido blanco que vestía la vida a María el día de su desaparición y era este el pensar de Pedro, cuando ella pasaba con tranquilidad junto a su parapeteo tanteándole en confianza su escopeta helada y luego lo mira a  sus ojos con sus ojos vidriosos y le habla sin palabras y se despide dejando a Pedro con su dedo disparador entiesado y la cabeza volteada y cuando nos llegó con la noticia tuvimos que regresarle su cabeza al sitio basados en la fuerza de varios de nosotros y acercarle a sus ojos idos una brasa de candela para que pudiera dormir.

           Chulavita 1 La historia de la difunta María corrió y regresó por las aguas del Coreguaje con nuevas historias que terminaban en lo mismo: María pasó junto a nosotros y la ceiba-abuela la trago frente a nuestra vista. Pensamos que hay muertos que nunca abandonan lo que fue suyo. Que en la región y en esta época de verano en el espíritu de los hombres, teníamos espantos menos peligrosos que muchos vivos. Y como entre nosotros las cuestiones de linderos son cosas serias, decimos en común que María con su difunto hijo tuvieran para su existencia como linderos las tierras que limitan con la sombra de la vieja ceiba. Regamos las palabras.

            Pero en verdad que convencer a los muchachos para que detengan sus afanes es dura piedra. Dos hijos míos, la hembrita colindando los cinco años y el varón con un año menos, nunca hicieron caso de mis consejos. Correteaban una arisca mariposa y sus manos no alcanzaron su vuelo. La mariposa y sus manos no alcanzaron su vuelo. La mariposa se aquieta sobre el hueco –cara- de humano de la ceiba. La hembrita ensaya puntería. La piedra da en la boca de la corteza sin pegarle a la mariposa. Gira la piedra en caracol, tiempo incierto hasta caer sobre las aguas que alimentan sus raíces. La ceiba arquea sus raíces y abre sus puertas. Las paredes de musgos dejan escurrir humedad. Y desde adentro, desde la misma entraña, salen cinco árboles encorvados tomados de sus ramajes, rodeando a los dos críos.

            Aparece la difunta María con su hijo de brazos. Aparece la blancura de su vestido. Aparece su mano libre alumbrando con su esperma de gusanos encendidos. María se sienta sobre un tronco que yace a la tierra y llama a los niños para que se sienten junto a ella. Ellos toman la cosa al natural, en la mitad de su imaginación y obedecen. Los árboles sentados en forma militar sobre sus raíces. Atrás, la ceiba bonachona en papel de abuela con su ramaje encendido, vigilando. La difunta descubre su delgada voz:

-No escatimen oídos a las historias que los árboles quieren contar. No quieren que el olvido las sacuda.

            Medio ladiado paro’se el primero, a punto de caerse otro le ayuda, adentrándose en su historia:

-Soy árbol sin raíz mayor difícilmente puedo sostenerme desfibrado. Dormido estoy en la noche quieta. Me despiertan furiosos gritos de agonía. Maniatado trajeron a un hombre. A la fuerza lo sientan sobre mi raíz y para darle mayor alcance a sus armas, lo acuestan. Lo machetearon tanto que sus brazos terminan con el cuerpo del hombre. Con tanta rabia lo hacen que cortan mi raíz mayor. Chispean furiosamente sus armas porque el hombre no habló palabras en respuesta a sus preguntas. Corren sus espadas espantadas en medio de la gritería que parece alegría de venganza cumplida. Pido ayuda a los árboles horquetas, ellos se siembran a mis lados para que mis ramas vivan horizontalmente. Así me sostengo por mis propias fuerzas. Lentamente crecen las raíces, se envuelven en el tronco sano y no alcanzan la parte macheteada. Poso mi ramaje a la sombra de las piedras grandes. Cayeron tempestades, cayeron truenos, vinieron las inundaciones y yo alimento el pedazo de raíz. Al tiempo, convencido, dejo el camino de la sombra amiga, al darme cuenta que la raíz se vuelve tierra podrida, luego tierra arenosa, luego un charco de agua y con las lluvias que corren desaparece.

            La canosa abuela remueve sus ramajes y abre su boca-corteza para dar palabra al segundo. Herido su hablar, pero no boquea el dolor. Suelta su risa al detener los vientos:

            Un árbol desflorado por tiros de fusil da la impresión de hombre sin espada. Los tiros dejaron en mi corteza una herida de hueco grande. Así no resisto el sol como la lluvia. Las sombras de la noche son alivio por momento, las noches enlunadas dan arranque de loquera. Quise por todos los medicamentos de la selva, revueltos con bejucos machacados y aceites naturales curar la herida. Consulté a las culebras y probé sus venenos. Chupé raíces extrañas y propias. En la montaña no existen cicatrizantes para los huecos que dejan los disparos de los hombres. . . el herido hueco de mi corteza crece. Yo lo oculto. . .

            Apenada la difunta María de la espalda.   Es hora de amamantar a su difuntico hijo. Se apaga la luz de sus gusanos. Al terminar se amplía en llamarada. La ceiba canosa al rascarse sus ramajes, ordena que se continúe. Se suelta el jorobado:

                Chulavita 2Fui sin quererlo un colgador de hombres. Suma pérdida los hombres que colgaron sobre mi rama mayor. Se cruzan las horas sin que los hombres tengan tiempo de pensar sus últimas peticiones. El lazo como el bejuco se balancean sobre mi rama, manos diestras me enlazan y sobre el cuello del hombre, un buen amarradijo y entre varios hombres lo alzan en vilo. Sus pies ya no tienen vida. Hombre colgado. Los hombres vuelan en las noches, de un machetazo cortan la atadura amarrada al cuello. Golpe seco de la muerte muerta. Comienzan el nuevo nudo en la garganta que tanto conocen. Y así, en la noche, el nuevo regreso. Las puntas de mi rama se dieron la mano. Mi silencio no es culpa. Hay fuerzas que para los árboles son desconocidas. No se aguantan con la fronda. No podré olvidar a los hombres que aún cuelgan de mi rama. Están en la imaginación. . .

            Y el hueco-boca de la ceiba canosa hablando de que la memoria hay que memorizarla. Da la señal, la entiende el cuarto:

            No tengo arbolada para cubrir los huesos. Las honduras me rodearon. Las grietas de mi corteza se cerraron. Quedé sordo por el ruido del cielo. Conocía de tormentas sacudidoras de árboles. Conocía el ruido del pepeo de los arboles en la madrugada. A estas horas los arboles despertamos el sueño. Nos alistamos a la vida quieta del día para jugar con la sombra de medio día. Y vinieron los pájaros metálicos. No se aposentaron en los árboles. No quisieron hacer nidos sobre nosotros. Solo sentí desgajarse la arbolada con el trueno y sus estampidos que hirieron innaturalmente la tierra y arrancaron de nosotros la fresca y la vieja hojarasca. Quedé en manos de los fríos, en huesos, sin la sombra del mediodía, sin con qué pepear al despertarme  con la señal de la niebla. Desapareció el rocío. No gusta el árbol como uno, de la sequedad de un árbol, seco. Mal compañero el rocío. . .

            Llora  el difuntico hijo de la difunta María. Ella lo arrulla con canciones de vida. La boca abierta de la ceiba le cuenta historias. Al callarse el llanto del difunto crio, la abuela se sacude un poco, tose, calla.

            Saltando con fuerza hasta caer en cuclillas, el capotero abre su voz:

            No soy un capotero. No me confundan con la maleza y los espineros. Yo aprendí para que no me tocara de la misma sombra. Mi bocado fue otro. Alerté los sentidos sin escatimar noticias de hechos que resultaron ciertos. Tomé el desprendimiento, alejándome de lo propio. Cargué con lo innecesario. Comprendí que con lo que llevaba encima me bastaba. Me hice escucha, ojo avizor, culebrizo. Aprendí a camuflarme de musgo hambriento, la roca de todas las cuevas, de río de todas las corrientes. Enflaquecí como los bejucos, enrojecí como las flores. Y estuve lejos de los ruidos. Soporté los aguaceros de los hombres, columbrando sus intenciones. Los arboles somos ríos tranquilos. Y no me vieron y lo vi todo. Muchas veces serví para que los hombres aserraran mi tronco y al dejarme a punta de soplo, en mi caída abriendo mis ramajes a muchos de los violentos hombres aplasté. Aquí soy. Pero no soy capotero. Soy el enmontado.

            Los árboles huecos sonaron sus flautas en música acompañada por las hojas y las ramas secas que caen. Al dejar de llover, se inicia la danza de los troncos, inquietos ramajes, los niños prendidos del enmontado y el sin raíz, la difunta María ríe con ganas mientras el agujereado y el jorobado saltan del uno sobre el otro y la ceiba abuela canosa tose por el hueco de su boca, palmoteando su historia, la de los arboles, la de la difunta María y su difunto hijo. La noche se presenta. Entonces se le escuchó decir a la boca-hueco:

            Ya es hora de regreso. Recogiendo sus ramajes, los árboles vuelven a sus entrañas, el último que da la espalda es el enmontado, su mano rama se despide. Un hueco como la cara de un cristiano se abre en la corteza de la ceiba que todo lo vigila.

            En la noche, detrás de los niños, la difunta María con su difunto hijo, alumbrándoles el camino con su esperma de gusanos desvanecidos en lengüitas de candela. Ellos llegaron al rancho. Yo sentado en una silla, en la mitad del rancho, fumando mi tabaco los esperaba.

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