Etnografía ambiental y turismo

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Álvaro GuzmánPor Álvaro Guzmán Barney

Director del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Occidente

Un viaje por carretera deja muchas enseñanzas sobre lo que está sucediendo en Colombia, con especial referencia al medioambiente. Comencemos por el tramo entre Cali e Ibagué, es decir, una ruta estratégica para la  economía nacional en la que se le ha invertido mucho dinero, en los últimos gobiernos. Pues bien, el “paso de línea” muestra las dificultades y demoras de todos los años, con la construcción ahora de viaductos que avanzan a paso de tortuga, lo mismo que de túneles que no se sabe si se acogen a los requisitos de impacto ambiental y pueden concluirse. Sobre el tráfico vehicular, que se caracteriza por su congestión, se destaca un rasgo que a la larga toma dimensiones significativas y preocupantes: además de los camiones y buses de siempre que van y vienen desde Buenaventura, transitan muchos carrotanques, que seguramente transportan etanol.

Tomando enseguida el tramo entre Ibagué y Neiva, el conductor siente un alivio por la disminución relativa del tráfico pesado, pero circulan más carrotanques que, según pude preguntar, transportan petróleo pesado que no fluye fácilmente por tuberías y también gasolina. El paisaje se torna más árido; claramente hay signos de deforestación en los piedemontes y estibaciones de las cordilleras, al lado de los martillos de extracción de petróleo. Luego de un descanso en Neiva y de una visita al desierto de la Tatacoa y a la ciudad de Villavieja, que reconcilia al turista por la amabilidad de la población, la belleza del desierto y el nuevo conocimiento adquirido al asistir al  Observatorio Astronómico, el trayecto siguiente fue de Neiva hasta San Agustín.

Vuelve el verde y una bellísima carretera, pero se acrecienta notablemente el tránsito de carrotanques. Mi indagación sobre esta situación me hace claridad sobre dos carreteras distintas: la que conduce por el Suaza a Florencia y, por otro lado, la que lleva de Pitalito a Mocoa. El tráfico inusual de carrotanques se explica nuevamente por el transporte de petróleo y de gasolina. No me queda, entonces, duda: ¿las carreteras se están construyendo, en buena parte y, sobre todo, en ciertas regiones, para responder a los requerimientos de transportar petróleo, biocombustibles y sus derivados? Es una modalidad ineficiente y costosa ambientalmente. San Agustín es un punto de llegada que tiene un interés turístico indudable, más internacional por sus visitantes que nacional. En esta población y en Pitalito, al lado, se palpa una situación de riqueza reciente. Puede tener que ver con el café, también con el petróleo y con el tráfico de drogas desde el Caquetá y el Putumayo. En Pitalito hay grandes tiendas comerciales como el Éxito y restaurantes de comida rápida como hamburguesas El Corral. En el casco urbano de ambas poblaciones es notable el tránsito de ruidosas motocicletas, manejadas a alta velocidad por personas muy jóvenes. En San Agustín se combinan “dos culturas” en la vida cotidiana: la que se articula al Parque Arqueológico y al turismo que tiene este interés y la que se desprende de la nueva riqueza y sus formas de consumo estrafalarias. Finalmente se hace necesario regresar a casa y tenía tres posibilidades. La primera, regresar hasta Ibagué y repetir el paso de la línea a Cali. La segunda devolverme un tramo y tomar la vía que por La Plata pasa por Puracé y llega a Popayán. La tercera aventurarme por la vía Isnos, Paletará y llegar en cuatro horas a Popayán. La primera alternativa me hacía desfallecer pensando en los carrotanques, desistí de la segunda ya que mi indagación etnográfica me hizo entender que últimamente “no estaban asaltando”, aunque sucedía. Me aventuré por la tercera, averiguando antes por las condiciones de seguridad. Me informaron que había tránsito normal de buses de pasajeros, que había vigilancia del Ejército y que la mitad de la carretera estaba pavimentada. Tal cual. Se trata de una bellísima carretera que pasa por la laguna del Buey, Paletará, Coconuco  y llega a Popayán en cuatro horas, en lugar de las dieciséis, pasando por Ibagué. En esta oportunidad la sorpresa fue ver los camiones cargados con ganado para el mercado de Cali y, a lo largo de la carretera por un bosque primario único de alta montaña, un reguero de basura inaceptable, ante todo en predios de un Parque Nacional, producto en gran parte del paso de las busetas y sus pasajeros.

Colombia: país con una naturaleza única y cautivamente por su diversidad que es indispensable conservar y mantener. ¿Quién va a desarrollar esta tarea? Se requiere intervención desde la sociedad y desde el Estado y un papel muy particular de la intelectualidad interesada en este tema. Hay que estar vigilantes frente a lo que está sucediendo con el desarrollo ambiental de hecho de nuestro país. En particular, lo que está sucediendo con la construcción y uso de la infraestructura vial. ¿Quienes se benefician de ella y cuáles son los costos sociales indirectos de los proyectos mineros? ¿Cuál es la forma de movilidad más adecuada para el futuro del país, para sus ciudadanos y para los bienes? ¿Cuáles son los grandes proyectos de reforestación que se deben emprender para frenar una erosión galopante? ¿Cuál es el manejo de las aguas más adecuado para la sociedad? ¿Cuál es el tratamiento de las basuras, en los niveles locales? Estas son algunas inquietudes que quedan después de un corto e interesante viaje de turismo, sobre un problema ambiental que va a convertirse en prioritario para la nación.

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