Fronteras imaginarias

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Por Leo Quinteroleo quintero

Estos límites imaginarios, de los que han vuelto a hablar los medios de comunicación de Colombia y que se han convertido en los mayores generadores de violencia en el país con saldos de centenares de jóvenes asesinados por pasar de un lado al otro de la calle, desconociendo que las vías públicas son ahora de propiedad de un hamponcito de mayor o menor calado, son en los barrios populares el mayor dolor de cabeza.

Eso sucede en muchos de los sectores de Cali, en cualquiera de las 22 comunas, porque el problema está también en estratos cinco, seis, siete y más altos, donde se obedece a las leyes del mercado de las drogas, o del poder, que es una droga en sí mismo.

Pasar de una esquina a otra o saltar de un andén al del frente es obtener una pena de muerte, definida así por  el aprendiz de lava perro que entendió que solo a fuerza de muertos impone su carácter de jefe y logra permear de miedo al vecindario del cual se está apoderando y, por ende, de la línea de consumidores de sustancias psicoactivas.

Estas fronteras imaginarias, hoy en día retomadas por los investigadores de la violentología en Cali, no son nuevas. La historia de la capital del Valle es tan rica en esas demostraciones de poder y desequilibrio social, que fueron evidentes desde la fundación de la ciudad, en 1536 por don Miguel López Muñoz, por órdenes de don Sebastián Moyano de Belalcázar.

Cali, que ha crecido a punta de invasiones, ha tenido límites cada vez más certeros y eficaces, especialmente en la ciudad que se ha extendido hacia el oriente, consolidada por ocupaciones de terrenos baldíos (propiedad del Estado)donde particulares empezaron a tener grandes sembrados  de diferentes productos.De esta manera en 1980 se creó Aguablanca, nombre eufemístico tomado del distrito de riego de Aguablanca, creado por la CVC para garantizarle el agua  a los cultivadores de arroz que  se asentaron en esas  mil hectáreas.

Pero nos fuimos muy rápido al presente. En el pasado, a comienzos del siglo XX, cuando la ciudad no tenía más de 10.000 pobladores (eso decía el censo de 1906) ya había una división, una frontera imaginaria, y estaba en la orilla del río Cali:del río Cali hacia el oriente habitarían los trabajadores en dos grandes sectores: el Vallano y después el Obrero. Hoy en día el Vallano es San Nicolás.

Con el pasar del tiempo y con la creación de la ciudad de los cuarenta, la frontera imaginaria creció hacia el oriente con carrera Octava, luego pasó a la carrera Quince y después, en los setenta, a la autopista Simón Bolívar.

Una vía construida en el gobierno de Rodrigo Escobar Navia, en 1980, pero que dividió la ciudad del oriente, generó la nueva frontera imaginaria, que se rompería en 1990 cuando Ricardo Cobo con el apoyo del gobierno nacional construyó lo que hoy en día es la última frontera: la avenida Ciudad de Cali.

En ese punto, a la orilla del río Cali, la ciudad del oriente tuvo su propia frontera, y después, con la llegada por montonesde desplazados de todo el país,el M-19 eran los nuevos dueños del territorio, que intentó capitalizar en los ochenta. Y ya

En los noventa el país recibió el golpe a los carteles, a los grandes del narcotráfico de Medellín y Cali, con la muerte de Pablo Escobar y la captura de los hermanos Rodríguez y del resto del grupo que operó en Cali.

Lo que pasa después hace parte de la historia reciente, que todos conocen o padecen. Pocos,diferentes a quienes allá habitan o conocen, quienes están en el oeste o en el norte, ven con temor esa ciudad marginada hacia el oriente, debido a que de la zona solo se conocen cifras de personas muertas o ataques de delincuentes o incursiones de antisociales.

Es una frontera imaginaria propia de quien no quiere ver más allá de sus ojos y desconoce que ese nuevo oriente de Cali hoy por hoy es más pujante que el resto de la ciudad.Tiene mejores vías, mejores servicios públicos, las dos mejores ciudadelas educativas de Cali, el tecnocentro de Potrero Grande.

Ese oriente sí tiene muchos problemas, pero tiene el empuje de quienes allá habitan y construyen día a día su proceso de vida. Mientras que allá hay fronteras invisibles, creadas por los delincuentes, en el resto de la ciudad hay fronteras sociales invisibles, que no permiten darle a muchos de esos buenos ciudadanos la oportunidad para incorporarse a esa ciudad, como trabajadores formales, capacitados, educados, formados con los recursos que el Estado ha destinado por millones en esa otra parte de la ciudad.

«Solo hablar de Potrero Grande crea una barrera, una frontera invisible, peor que la que ha creado la gente que tenemos aquí, porque por lo menos aquí sabemos que solo con no cruzar esa calle, salvamos el peligro; pero en el resto de la ciudad, decir que habitamos acá, es cerrarnos las puertas a las oportunidades que nuestras capacidades hace rato están reclamando», como lo dice la hermana Alba Stella Barreto, de la Fundación Paz y Bien. Ella durante veinte años ha tratado de abrir la puerta de las fronteras invisibles para que miles de muchachos tengan las oportunidades que el resto de la ciudad no les brinda.

Ah, y una pregunta:¿conoce usted realmente el oriente, o le da temor ir hasta esa zona de Cali? Su respuesta creará el límite o la frontera imaginaria.

 

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