Gatos que se creen tigres, ¿dónde está la poesía?

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

¿Qué hace que un poema sea bueno? ¿Su lenguaje, su métrica, las imágenes que proyecta y los colores inyectados en estas, su lirismo, su silencio y su difuso sintagma, sus metáforas, sus alegorías, sus malabarismos verbales y su novedosa sintaxis?… No sé. No soy poeta. Pero cuando tenía 17 años lo intenté ser. Y como las mujeres que inspiraban mis versos nunca se fijaron en mí desistí, porque si un poeta no conquista con poemas, entonces para qué.

Mis versos son cuestionables, pero sentí un poco de piedad por mi precaria condición cuando la poeta Clara Schoenborn me dijo que a sus hijas –¡las hijas de la poeta! – le parecían ridículos los hombres que las querían conquistar con versos. Ah, o sea, que es posible que no sea culpa de mi poesía, sino de los tiempos…digamos que sí, hombre, para tomar un poco de impulso.

Lo cierto es que un poema no es bueno por sus buenas intenciones, sino porque detrás de este hay una elaboración lingüística que va mucho más allá que eso que los incautos llaman inspiración. Harto es conocido que escribir bajo la emoción no es recomendable, porque, como dijo Pessoa, un poema es un producto intelectual. De manera que no, no, no… no hablemos de inspiración. Si además la peor poesía es la sincera.

Humberto Jarrín escribió un ensayo, ‘Edénicos y apocalípticos’, en el que a punta de argumentos esclarece eso que aquí apenas menciono, pero además –y este el grueso del ensayo– pone en duda las bondadosas intenciones de los talleres de poesía en Cali –que hoy proliferan– con una pregunta muy simple: Bueno sí, muy bonito que se reúnan a suponerse poetas, muy bonito que se le haga un contrapeso a la ciudad de la salsa, pero ¿y dónde está la poesía?

¿Dónde está la poesía? Yo tampoco la veo, ni la escucho, ni la siento. Hace un tiempo llegó a Caza de libros (Cali) un trabajo que reunía poemas de una de estas fundaciones. Como buenos ateos que somos, Óscar Perdomo y yo no lo podíamos creer: increíble, pero hay gente peor que nosotros (!).

Los textos (no digamos poemas) carecían de esas expresiones que, como dice Jarrín, “contribuyen en la desarticulación del lenguaje tan plano de todos los días”. Le die que a Perdomo que la culpa era de Arjona y todos esos millonarios que se ufanan de escribir sublimidades. La culpa es de esos profesores que enseñan a medias, porque a la gente le dicen que la poesía es un juego, y sí, lo es, pero, como sugiere la poeta Wislawa Szymborska, un divertimento que tiene reglas.

La española María Elvira Sastre, que a sus escasos años vende cientos de libros, ha influido en esa nueva generación de romanticones. En la FILBO (2015) su charla se atestó de niñas trasnochadas por sujetos que no le dan ni la hora. Yo me asomé porque Sastre es un bizcocho que, además, declama muy bien. Pero parafraseando a Mallarmé: es el lenguaje, ¡no el autor!, el que habla.

Lo de la española es un espectáculo romántico, que las editoriales saben explotar. Lo siento poetitas, pero como dijo Goethe: ‘¡Qué espectáculo! Pero no pasa de ser un espectáculo’.

Juan Manuel Roca sabe que la belleza verbal no es fácil. La construcción de un buen poema es trabajo serio, que solo algunos pocos saben lograr. De modo que a los entusiastas poéticos les sugiero más lecturas y menos presunciones. Muchachos, no se dejen llevar por lo likes. Digo yo que es cuestión de lógica, pues las personas que les aplauden sus versos están en Facebook, no leyendo (!).

Y a todas estas, ¿quién es uno para decir lo que es y lo que no? Me calmo y me retracto de todo lo dicho atrás. Le abro paso a la justicia de Montale:

Vosotras, palabras mías, traicionáis en vano la mordedura secreta/ el viento que el corazón sopla/ La más cierta razón es de quien calla/                                                                            El canto que solloza es un canto de paz’.

Pero es que esto sí es poesía…

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