Guerras recicladas

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jair-villanoGuerras recicladas es el libro más reciente de la periodista María Teresa Ronderos, fundadora y ex directora de VerdadAbierta.com, en éste se puede encontrar otra lectura del origen del paramilitarismo, de sus nexos con el narcotráfico, del papel de las Fuerzas Armadas en el conflicto, de otra perspectiva frente a protervos personajes que hacen parte de la historia colombiana por sus nefastas acciones;  así, el libro recuerda que en este país lo peor no es la ausencia del Estado sino su inoperancia.

Para una generación que conoce las partes más lejanas de su nación debido a las escandalosas, cruentas y rimbombantes masacres que se han perpetrado en estas, el libro es una muestra de lo lejana que es la realidad rural a la citadina. Qué sería de Mapiripán, El Salado, Amalfi, Bojayá, Apartadó, sino fuera por el estruendo de la maldad y sevicia con la que los grupos armados actuaron en ella. Qué sería de los Castaño, los Pérez, los Rendón, los García   y tantos otros que pasaron de ser personas explotadas por la guerra a explotadoras de esta, si el Estado no los hubiere dejado a su suerte. La ley del talión en un país que reconoció su lasitud dejando que actores de la sociedad civil hicieran la tarea de las instituciones públicas, que  producto de esa misma labilidad permitió que sendas poblaciones fueran sometidas a la autoridad incrustada por grupos al margen de la ley.

Nada más peligroso que justificar la violencia con la violencia, por eso “cuando se construye un buen discurso de propósito aparentemente loable en una sociedad con carencias de liderazgos legítimos, y este discurso cala en la gente porque siente que hay algo de verdad en él, se vuelve políticamente posible desatar una violencia sin límites sobre la sociedad”. Así resume Ronderos la proliferación de fuerzas ilegales en Colombia; no es incierto, cuando los vacíos se llenan sin importar si es con sangre, la causa se legítima sin importar si hay que incurrir en acciones violentas; cuando la debilidad de la autoridad estimula todo tipo de prácticas para sobrevivir y hace de la misma una excusa para delinquir, las consecuencias no pueden ser favorables; de ahí que la creación de estos grupos violentos no solo haya sido en el cénit de la tolerancia que sintió la sociedad civil por la brutalidad con la que actuaban las guerrillas, sino además como un mecanismo de protección para personas que encontraban un caudal económico en el narcotráfico. El paramilitarismo, pues, no es solamente una brutal respuesta a la precariedad de las instituciones públicas, también a la defensa de las mafiosas élites. Esa hibridación termina procreando ese engendro que justificaba su existencia en la existencia de un engendro peor: “los grupos comunistas” (tanto legales como de facto).

De esa ciega visceralidad, azuzada desde Washington, es que se perpetran genocidios sistemáticos en las que, qué pena recordarlo, estuvieron involucradas las Fuerzas Armadas. Un radicalismo manifestado en terror. Un dantesco capítulo que se hace difícil superarlo.

Pero hay que hablar con nombres propios. Así como ha habido víctimas que obnubilados en sus defensa no se dan cuenta que han pasado a victimarios (piénsese en Henry de Jesús Pérez), también hay quienes aprovecharon la circunstancia para pescar en río revuelto. Los hermanos Castaño encabezan la lista, se ha creído que su involucramiento en la guerra estribó al asesinato de su padre, la verdad (según Ronderos) es que antes de la muerte del pariente, Fidel ya andaba en negocios ilícitos (léase páginas 160-166). El supuesto asesinato como detonante de la creación paramilitar, así las cosas, debe llevar a pensarnos por qué en este país no se considera nefando la venganza con más venganza, por qué tuvieron que encontrar en esa muerte el argumento para justificar su causa. No es gratis que se hayan regocijado en la pérdida de un ser querido, es que sabían que con eso podrían comprar conciencias.

Pero en esto se congrega todo: desde militares sumisos a la política beligerante de Estados Unidos y su famosa pacificación que hacía todo tipo de esfuerzos por erradicar la amenaza comunista, hasta la permisividad de funcionarios públicos. No hay que olvidar el Estatuto de seguridad de Turbay Ayala, no solo por la violación  de los derechos humanos, además porque bajo ese estado de excepción se gestó el primer tipo de lo que vendrían hacer los paramilitares: ‘el modelo de Boyacá’, implementado por Henry de Jesús Pérez en el Magdalena Medio. Fieles a su animadversión comunista las Fuerzas Armadas se aliaron con los paramilitares e incluso torpedearon procesos democráticos que buscaban la salida pacífica del conflicto, como ocurrió con el proceso de paz de Belisario Betancourt. De esa ideología se puede entender por qué generales, coroneles, tenientes,  y otros altos mandos se unieran a la lucha paramilitar (aunque por lucha se escuche algo limpio y no la impureza con las que actuaban estos).

No vale la pena mencionar ese personajillo que desde Antioquia impulsó las Cooperativas de Vigilancia y Seguridad y no vale la pena volver hablar de Pedro Juan Moreno, más bien cabe preguntarse cómo es que con los antecedentes que tenían las autodefensas, que desde 1968 se les había dado vida (y que ya habían causado estragos),  César Gaviria, en el decreto Ley 356 de 1994 y Ernesto Samper optaron por crear las Convivir. Craso error pagado con sangre inocente (y sin embargo una ex candidata presidencial hablaba de Gendarmerías).

Lo demás es tela cortada, Londoño, el personajillo y el inescrutable Restrepo con su Ley 796, prometiendo curules a los que hoy recriminan. Las solicitud de un diálogo  a Pablo Catatumbo (al que también recriminan). La impunidad (sempiterna). La muerte a gallardos líderes que expusieron su vida por la verdad. La desmovilización imparcial y sus consecuencias: las Bacrim. Por lo demás, el libro también podría servir como ejemplo de lo que no se debe hacer en un proceso de paz. De cómo evitar que se reciclen las guerras.

Jair Villano

@VillanoJair

 

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