Guiños pacíficos

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ana maria ruizGuiños pacíficos

Ana María Ruiz Perea

Twitter: @anaruizpe

En el cajón de las postales más bonitas de mi vida está el atardecer de verano en Popayán. Desde un balcón recostada a la cordillera central, Popayán ve cómo se recorta el cerro de Munchique sobre las  lamas del sol que se despide. “El cielo se pone así porque ahí detrás de esa cordillera está el mar”, me dijeron de niña. Se lo pueden decir igual a todos los niños de Popayán hoy: ahí detrás de esa montaña ay un mar. Tengo casi 50 años y el sol se nos sigue poniendo por el mismo lugar desconocido que se llama Pacífico colombiano.

Cualquier suma de adjetivos vale para descalificar la inercia histórica de los gobiernos nacionales frente al Pacífico. Abandono, olvido, desidia, incapacidad, ignorancia, indolencia heredada de gobierno a gobierno a lo largo de dos siglos de vida republicana. Millones de colombianos generación tras generación, sometidos a la calamidad crónica de no tener agua potable, ni servicio de salud, si acaso escuelas, ningún transporte y, eso sí, una enorme dosis de violencia diaria.

Pero algo me hace pensar que podría estar despegando un proceso que, guardando prudente optimismo, sea una vuelta de tuerca para el futuro. Mi único indicio es que se está trabajando con cierto sentido común en la elaboración de un mapa de ruta para la región. Han hecho juiciosos la tarea los gobernadores de los cuatro departamentos, para elaborar una agenda común y presentar un paquete de 34 proyectos a ser incluidos en el Plan de Desarrollo 2014-2018, y me atrevo a especular que los proyectos de la Región Pacífico tienen relevancia para el gobierno, por tres razones que así parecen indicarlo. Resulta diciente que en su discurso de posesión el Presidente Santos hiciera alusión directa a la región como una prioridad para cumplir la meta de equidad que se propone.

Tantas cosas hacen falta ahí que cualquier inversión bien ejecutada, sin corrupción y con eficiencia, traería cambios sociales de enorme magnitud. Una segunda razón por la que el Plan Pacífico debería ser una prioridad en el período Santos II es la Alianza del Pacífico, esa comunidad de naciones recién estrenada que, más allá de sus vistosos encuentros protocolarios, supone unas condiciones mínimas comunes entre los países miembros, condiciones en las que Colombia se raja porque los habitantes del litoral viven en una de las peores condiciones del grupo, y presenta mayor vulnerabilidad en puertos y carreteras.

Pero la razón de mayor peso por la cual el gobierno tendría que acoger el Plan Pacífico y viabilizarlo es el cese de la guerra y la puesta en marcha de los compromisos acordados en la Mesa de La Habana, que pasan todos por desatar el nudo de guerrilla, urabeños y traquetos peleándose territorios, rutas de narcotráfico y comunidades enteras a lo largo de la selva pacífica.

Un mínimo de desarrollo para la región pasa por un máximo freno a la violencia descarnada en que vive. Y también por no convertir estos proyectos en mermelada política o en botín de contratistas. Bien sea del bolsillo de los colombianos o de cooperación internacional, los fondos para los proyectos del Plan y otros recursos que lleguen dentro del rubro post-conflicto para la región, deben llegar marcados así: “Esto es para comenzar a construir el Pacífico que todos soñamos. Prohibido robar”.

No creo que sea iluso, pero es posible que un día, cuando una niña en Popayán pregunte por qué al atardecer el cielo se pone así, alguien le responda “porque ahí detrás de la montaña está el mar a donde vamos los fines de semana, ¿te acuerdas?”.

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