Hasta luego

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Por Pablo Uribe

Twitter: @pablouribecali

Quiero aprovechar esta columna, que va a ser mi última en este periódico (al menos por ahora), para contar una historia que me hace sentir un orgullo infinito y me hace vibrar hasta el alma cada vez que la escucho: La historia de mi padre.

Soy hijo de un campesino que nació en un pequeño pueblo llamado Apulo, que queda en Cundinamarca. En su juventud, ese campesino era supremamente pobre en cosas materiales; pero con una abundancia gigantesca de sueños: con unos sueños tan grandes, tan bonitos, que prácticamente no lo dejaban dormir. Mi papá estaba obsesionado con ser un empresario y progresar.

Un buen día, mi padre tomó la decisión de arriesgarse por sus sueños e irse de su pueblo. Porque, aunque lo amaba con toda su alma, él sabía que las oportunidades no estaban ahí. Así que se despidió de la tierra que tanto quería y tomó rumbo a un lugar que él no conocía, pero de donde le habían llegado historias de prosperidad y abundancia sin límites. Un lugar tan asombroso que no podía sino ser llamado la tierra de las oportunidades: ese lugar se llamaba Cali.

Tomó rumbo al Valle del Cauca con una meta grabada en su corazón. El reto era difícil: mi papá seguía siendo un campesino pobre, que tenía un bachillerato y un grado de técnico en mecánica, pero llegaba con lo que tenía puesto: no tenía ni para el desayuno del otro día ¿De dónde iba a montar una empresa? Aun así, el sueño era muy grande y hermoso como para dejarlo ir. Así que comenzó a trabajar, a experimentar y a arriesgarse; a intentarlo una y otra vez, pero siempre dando lo mejor de sí mismo y demostrando todos sus méritos a cada paso que daba.

No fue fácil, antes al contrario: Sé que mi padre, recién llegado a Cali, debía esperar todos los días a que su hermano (con quien vivía) se durmiera. Y cuando no lo podían ver, recogía las sobras de la comida para calmar el hambre que lo acosaba.

El camino fue duro.

Pero mi papá, armado con esa voluntad inquebrantable que le dan los sueños a uno, siguió adelante. Sin importar el obstáculo seguía avanzando, sin importar qué le tirara la vida, el alzaba su frente y sin rendirse, echaba pa´ delante.

Y lo logró.

Ese campesino, desnutrido y pobre, que alguna vez llegó a Cali en busca de una oportunidad para alcanzar sus sueños, encontró lo que tanto buscaba. Mi padre fue un empresario exitoso, que logró crear prosperidad para todos los que trabajaron con y para él; que se pudo retirar tranquilo gracias al trabajo de toda su vida, que nos pudo enviar a mis hermanos y a mí a las mejores universidades del país y que además, dice con orgullo, nunca recibió un solo peso del Estado, todo se lo ganó con el sudor de su frente.

Esta historia, ser hijo de este hombre, es algo que me produce un orgullo indescriptible. La admiración que siento por mi padre es infinita.  El haber crecido con este ejemplo en frente mío me marcó y me dio un sueño: uno que, al igual que el de mi padre, me inspira a trabajar sin descanso todos los días.

Mi sueño es que la historia de mi papá se repita con todos y cada uno de mis compatriotas.

Eso es lo que me inspira. Quiero un país en el que todos, absolutamente todos, puedan alcanzar sus sueños sin importar el apellido o la plata que tengan; el color de su piel o de dónde vengan. Quiero que mi país sea la tierra de las oportunidades.

Por esta razón es que he decidido renunciar, porque sólo hay un camino para alcanzar este sueño: las urnas. Me despido con la alegría de haber contado con el honor de haber sido leído acá, en El Pueblo. Mil gracias a ustedes.

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