Horacio Serpa, naturalmente el jefe

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Por Héctor Riveros Serrato

Sacó fuerzas hasta que encontró una respuesta razonable a la pregunta de quién había asesinado a Álvaro Gómez, su contradictor político pero compañero en la presidencia de la Asamblea Constituyente de 1991. Había prometido que su última lucha era liberarse de la absurda idea que lo comprometía con esa muerte. Horacio Serpa no hablaba mal de nadie y no se le ocurriría hacerle daño a nadie.

Esa acusación lo atormentó en los últimos años, pero la declaración de las Farc de que fue ese grupo el que ordenó el asesinato le permitió descansar e incluso dejó finalmente escapar las lágrimas que le producía la tristeza de que alguien pudiera siquiera pensar que él algo había tenido que ver.

Serpa era un hombre al que sus seguidores querían auténticamente porque lograba transmitir sensaciones que a los políticos se les dificulta generar: bondad, sensibilidad, sinceridad.

Era de convicciones profundas por lo simples, por lo obvias, por ser del más incontrovertible sentido común. Eso le facilitaba saber de qué lado estaba. Le parecía natural que en las decisiones públicas y en las causas políticas había que estar del lado de los más necesitados, de los más pobres, de los que en las plazas públicas se podían identificar como “los desvalidos”.

Mientras otros necesitaban elucubraciones teóricas y complejas explicaciones, para él era sencillo: aplicaba el test pro débil y ahí estaba. ¿Qué si se decreta un subsidio para los más pobres?, la respuesta, sin pensarlo era: claro que sí. Las explicaciones de si era fiscalmente sostenible o no para él pasaban a segundo plano. Si favorece a los más débiles había que hacerlo y punto, por eso los economistas ortodoxos lo miraban con recelo.

En esa misma línea, no contaban con él para propuestas de “flexibilización” laboral o cualquiera similar que pudiera ser leída como la pérdida de alguna conquista social-

No usaba presentaciones sofisticadas, no recitaba estadísticas, no hacía citas para parecer docto, no se aprendía frases de famosos para repetir, más allá de un par de arengas de Gaitán o López Pumarejo.

Era del Partido Liberal porque le parecía lo obvio, si era el partido del pueblo, de la libertad, de la igualdad. “¿Cómo es posible no ser de ese partido?”. Ahí fue, durante más de 25 años, un jefe natural, que quiere decir naturalmente el jefe, no se necesitaban componendas, ni votaciones para saber que su opinión era acatada, sin estridencias, simplemente expresada con gestos prudentes y nunca con algún comentario en contra de nadie.

Su vida política transcurrió en las décadas en las que la gran cuestión de la agenda pública era cómo terminar el conflicto armado y a él no le cabía en la cabeza otra respuesta distinta a la que parecía más obvia que era: haciendo un  acuerdo. No podía concebir que la respuesta pudiera ser: aumentando la confrontación. Sentido común a toda prueba.

Esta convicción lo llevó a que, desde las primeras de cambio, fuera protagonista en cuanto intento de buscar una solución negociada al conflicto hubiese: fue ponente de la ley de amnistía que promovió el presidente Belisario Betancur cuando él era un congresista novato; promovió comisiones de paz desde la Procuraduría; como Ministro de Virgilio Barco acompañó los exitosos procesos de desmovilización del EPL, el M 19, la Corriente de Renovación Socialista; buscó que las guerrillas aceptaran sumarse a la Constituyente; a pesar de sus diferencias de enfoque aceptó ser el comisionado de paz del Presidente César Gaviria para buscar un acuerdo con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar en Tlaxcala; creyó que durante el fallido gobierno de Samper se podía lograr el acuerdo; aplaudió de primero el esfuerzo de su competidor Andrés Pastrana de sentarse con las Farc y no le importaba si los analistas creían que estaba mal diseñado; se llenó de paciencia para sentarse una y otra vez con representantes del ELN; se opuso con fuerza a la política de confrontación de su antiguo copartidario y amigo Álvaro Uribe y apoyó con convicción y emoción el acuerdo que llevó al desarme de las Farc liderado por dos antiguos coyunturales contradictores: Juan Manuel Santos y Humberto De la Calle.

Ese recuento revela su personalidad. Convencido de lo que estaba convencido, sin matices, sin veleidades. Generoso para aplaudir las iniciativas de sus contendores si coincidían con las suyas. Aguerrido para controvertir sin titubeos cuando había que defender las convicciones. Noble para saber que los opositores y contradictores no son enemigos, así parezcan.

Esas características lo pusieron muy cerca de ser Presidente de Colombia. Ganó la primera vuelta de la elección de 1998 y el voto anti Samper –no la foto con Tirofijo como se dice- le negó esa posibilidad.

Aunque todo el que se mete a la política tiene ese sueño, el de llegar al escaño más alto, él no lo pensó así. Le parecía casi imposible que en un país clasista, conservador y bogocéntrico pudieran elegir como Presidente a un provinciano, hijo de un tinterilllo.

A diferencia de muchos políticos de clase media, no bogotanos que llegan a la capital con la intención de ser aceptados por la élite, Serpa nunca tuvo esa pretensión. Su autenticidad lo hacía muy libre.

No esperaba que lo invitaran a un club bogotano, prefería que las interminables conversaciones de política se hicieran en su apartamento para sentirse en su sitio, acompañado de Rosita, que siempre estuvo ahí y en la plaza pública y en las convenciones liberales y en la calle agradeciendo a quienes se acercaban a expresarle su cariño. Los dos nacieron con las mismas virtudes o alguno se las enseñó al otro: afectuosos, auténticos, sinceros, despojados de odios y rencores, listos a servir.

Nunca tuvo la pretensión de atesorar riqueza. Incluso algún competidor político usó eso como una crítica para cuestionar que un profesional exitoso, que había ejercido cargos importantes y relativamente bien remunerados no tuviera un patrimonio importante. “No debe ser un buen administrador” dijo, sin entender que los objetivos de la vida de Serpa estaban lejos del dinero, aunque al final se quejara de que su poco patrimonio, algún apartamento familiar, estuviera embargado por una Contraloría por algún supuesto vicio en una contratación mientras fue gobernador de Santander.

No juzgaba a nadie, nunca se ponía en una posición de superioridad moral, esa virtud se convirtió en un defecto que le cobraron mucho en política. Le exigían que saliera con el dedo acusador a señalar a los corruptos que pululan en toda la política y seguramente en su partido de siempre el liberal. Se sentía incapaz de hacerlo y se quedó, entonces, con el mote de condescendiente.

Confiaba en la gente, creía que lo que él no hacía, no imaginaba, no pensaba, no pasaba, por eso tuvieron que pasar años para que llegara a la convicción de que a la campaña de Ernesto Samper llegaron dineros provenientes del narcotráfico y eso lo llevó como las mamás llevan las vergüenzas familiares: en silencio y con enorme tristeza.

Murió en paz: con la satisfacción de haber sido leal a sus convicciones, con la seguridad de haber hecho lo que podía para que éste país fuera más justo, con la felicidad de haber cultivado y recibido todo el amor familiar, con la tranquilidad de que hubiese quedado claro que era incapaz de hacerle mal a nadie.

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