Huellas de africanía, cultura y medio ambiente

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Por: Elizabeth Gòmez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Entre los días 16, 17 y 18 de mayo, la facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Occidente realizó el IV Coloquio Humanidades, territorio y cultura. En esta ocasión se hizo un homenaje al antropólogo Jaime Arocha, docente distinguido de la Universidad Nacional de Colombia, caracterizado, tal como lo expresaron sus discípulos, por transmitir la pasión por el oficio de la antropología a través de la convivencia respetuosa con las comunidades de estudio. En su caso particular, Arocha se destaca por el estudio de las poblaciones afrocolombianas y por contribuir a comprender lo que en estas comunidades pervive de África ancestral y lo que a su vez, le han legado las comunidades afrodescendientes a la historia nacional, aunque buena parte de la nación no lo reconozca.

A través de conceptos como Afrogénesis y Huellas de africanía, Arocha nos explica que no solo tenemos una herencia europea (eurogénesis) o indígena, como es más reconocido, sino que también existen en nuestros orígenes un legado africano que ha logrado supervivir a pesar de la crueldad de la esclavización. De igual forma, la ignominiosa trata negrera no logró borrar las huellas de africanía que Arocha y sus estudiantes han ido identificando a lo largo y ancho de la geografía nacional donde las comunidades afro se han asentado.

Valga destacar una huella de africanía que nos ayuda a conectar directamente la cultura con el territorio. Tres estudiantes herederas intelectuales de Arocha e integrantes del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional, presentaron un conjunto de fotografías bajo el nombre El Legado de la memoria, con el cual iban mostrando parte de las enseñanzas de su maestro. Una de esas fotografías se llama “mi ombligo”, quien no haya estado en el encuentro académico solo puede observar la foto de un sonriente niño chocoano al lado de una palmera. Pero cuando ellas cuentan la historia, la foto se llena de sentido.

A lo largo del Río Baudó, cuando una mujer queda en embarazo siembra una palmera; la planta va creciendo conforme crece el vientre de la madre. Cuando el bebé nace, la madre elige un área del territorio para trasplantar la palmera y siembra junto con ella la placenta y el ombligo del bebé; niño y planta van creciendo de forma que se integran a ese territorio. Un territorio sembrado de ombligos y de placentas. Cuando las estudiantes recorrían la zona en compañía de los niños, éstos iban diciendo: este es mi ombligo, este es mi ombligo. Y les tomaban una de las fotos que vimos.

Con esta bella y sencilla historia, que recrea una práctica africana y una clara huella de africanía, me quedo pensando en la relación profunda e imbricada que tienen las comunidades afrodescendientes (y también indígenas) con su territorio. Una conexión que difícilmente se puede comprender en las ciudades. Esta historia nos ayuda a comprender mejor cuando la Corte Constitucional declara al Río Atrato, como sujeto de derechos. ¡Claro! ¡Es que es un ser vivo! Y del agua enferma que fluye hoy por su cauce, depende, no solo su propia vida, la del río, sino la vida de todas las especies que cohabitan el territorio; gente, peces, manglares, río, selva, animales; seres que hacen parte de un mismo ecosistema.

Si no hubiera sido por los planes de manejo ancestrales que las comunidades afrodescendientes e indígenas le han dado a los territorios donde habitan y de donde los vienen tratando de sacar desde hace varias décadas, no existiría hoy más selva y más manglar. Si no fuera por los ombligados de Ananse (nombre de un libro de Arocha), esos hijos de la diáspora africana que a través de figuras míticas, como la Araña (Ananse) que les brinda creatividad y formas de resistencia para tejer la propia casa al tiempo que tejen red con otros, humanos y no humanos, no tendríamos los pulmones que a pesar de la expoliación y de las locomotoras, aún nos quedan para respirar. La deuda con las poblaciones afrodescendientes e indígenas es eterna y el racismo que pervive en el resto de la sociedad colombiana es una tara occidental que debemos reconocer para poder erradicar.

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