Hussein y Bin Laden siguen vivos

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Gustavo OrozcoPor Gustavo Orozco

@guorozcolince

Desde hace semanas, las potencias del mundo se prepararan para atacar militarmente el régimen dictatorial de Bashar al-Assad. La evidencia irrefutable de que armas químicas habían sido usadas cruzó la línea roja que el presidente Obama había establecido para proceder contra Siria. No hay duda de que cientos de civiles perecieron por un extraño agente químico; las fotos y testimonios lo hacen incuestionable. Pero las preguntas sin respuesta deberían pesar más que las explicaciones ambiguas de los acontecimientos.

 Aun ni siquiera sabemos con certeza quién utilizó el arsenal químico. Estados Unidos, Francia e Inglaterra, todos acusaron ciegamente a al-Assad, en un episodio que recuerda las acusaciones apresuradas y falsas contra Saddam Hussein, que causaron la invasión americana de Irak en 2003. La ONU no ha terminado de estudiar el caso y no ha emitido un dictamen final sobre lo que su equipo comprobó en el terreno. Pero la inteligencia gringa, creyéndose por siempre infalible, descarta cualquier duda y señala la fortaleza de su evidencia para responsabilizar a al-Assad. Es más, en señal de su “independencia,” desde ya descartan basar cualquier decisión en la investigación de la ONU, así como lo hicieron con Irak –y la embarraron–. Ir a la guerra parece ser una decisión irreversible, y nadie quiere motivos que desacrediten las razones que la subyacen.

 Al-Assad es, incuestionablemente, un dictador sanguinario obsesionado con la riqueza y el poder, pero tiene apoyo. Bastante. Por algo no ha caído en tres años de guerra, ni con el apoyo de Occidente a los rebeldes y el cheque en blanco de los saudíes, motivados por el sectarismo musulmán. Una situación muy diferente a la de Muamar Gadafi, en Libia, y de Hosni Mubarak, en Egipto, que cayeron en cuestión de meses. La población Siria es, de todas formas, la última prioridad de la dirigencia de ese país. Si lo fuese, al-Assad habría convocado elecciones hace meses o se habría sentado a negociar con la oposición. Sería atrevido con las víctimas dudar que al-Assad es un criminal. Es más, por eso mismo su gobierno debe caer. La verdadera pregunta es quién y para qué lo debería tumbar.

De todas formas, en este cruce de acusaciones y mentiras, clásico del discurso bélico, hay varios elementos para considerar. Ante el bloqueo de la guerra, a muchos les convenía que se cruzara la línea roja de Obama. Aquellos que no quieren a al-Assad en el poder deben estar hambrientos por una intervención occidental que finalmente dé a los rebeldes por vencedores. Tan solo en la región, nada más y nada menos que Israel y Arabia Saudita están ansiosos por ver un cambio de régimen sirio. El primero siempre ha tenido a Siria como enemigo, por ser el único estado árabe firmemente antiisraelita; mientras que los saudíes, por su lado, juegan al ritmo del sectarismo y coquetean con los opositores de cualquier régimen chiita. ¿Cómo no, entonces, caer en la tentación (con apoyo o ejecución) de una movida que finalmente urgiera a las potencias a involucrarse para tumbar a al-Assad de una vez por todas? Y es que los israelíes, con su Mossad y su dominación de Palestina, y los saudíes, con su apoyo a Hamas y a los Talibanes, no son ningunos santos.

 Igualmente oscuros son los argumentos que se esgrimen para justificar los bombardeos. Las tales motivaciones morales, la obligación de defender a los niños que murieron asfixiados por los gases y a los miles de civiles que mueren día a día son una excusa fácil y barata. ¿Qué hace más grave matar mil personas con gases que matar cien mil a tiros? Las armas químicas no tienen nada de nuevo, han sido usadas repetidamente por países como Irak (con conocimiento de EE. UU., antes de la invasión) desde el siglo pasado. Es más, hasta se rumora que los americanos las usaron en Vietnam y más recientemente en Irak. A pesar de estar prohibidas por dos tratados internacionales, docenas de países las mantienen bajo reserva. Lo que está detrás de bambalinas es el interés político de poner un gobierno marioneta prooccidente. Si tanto importaran los civiles, la ayuda humanitaria y la presión diplomática para una salida negociada serían la prioridad.

 Estados Unidos tiene las de perder al jugárselas de salvador en una región donde muchos lo ven como satán. Obama, de una u otra forma, aún está sólo. El parlamento británico se rehúso a apoyar a su primer ministro y el Congreso gringo no se decide en su apoyo, presionados por una opinión pública mayoritariamente opositora a una nueva guerra. Solo el presidente francés, arrinconado en Europa por su política antiausteridad, está del lado de Obama. Que el Nobel de la Paz sea quien ahora lidere esta nueva campana guerrerista es, sobra decirlo, una absurda ironía. “Castigar” militarmente a Siria por lo que para Occidente es inaceptable, lo único que le enseña a sus enemigos es que la sola forma de poner al Tío Sam en su lugar es con la misma moneda. Irán, Corea del Norte y la misma Siria seguirán armándose hasta los dientes hasta que EE. UU. entienda que esto ya no es el siglo XX.

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