Insomnio

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Por Santiago Jiménez

@santiagojq

Las primeras noches pensé que se trataba de un bebé. De sus gritos. Eran muy fuertes y parecía como si alguien le estuviera haciendo daño. Quiero decir que no era un simple llanto, o los berrinches que uno asocia cuando le hablan de un bebé particularmente ruidoso. Era algo más intenso. Y como se producían a las tres de la mañana, más que causarme pena o preocupación, me irritaban profundamente. También porque el insomnio en esa época era algo nuevo para mí y no podía discernir si me despertaba a causa de los gritos del bebé demoniaco o los oía porque ya antes me había despertado. Estaba entrando en la mitad de los treintas y pensaba que esta nueva dolencia estaba asociada a la decadencia que arrastraba desde los veinticinco. Y como todos esos nuevos fastidios del cuerpo, el insomnio se presentaba de repente, sin avisar. En un momento estaba dormido y un segundo después ya no lo estaba.

En esas primeras ocasiones, a pesar de estar fuera de la inconsciencia del sueño, procuraba seguir con los ojos cerrados, pensando que solo con eso podría volver a dormir. También daba vueltas, ensayando nuevas posiciones, me destapaba y me volvía a tapar, sacaba los brazos o un pie de debajo de las cobijas y los metía de nuevo un minuto después, en una lucha que se prolongaba un tiempo indefinido, hasta que, por fin, sin saber cómo, el sueño volvía. Por entonces no se me ocurría abrir los ojos y sacarle provecho a la situación, digamos leyendo un libro.

Tampoco sabía muy bien qué hacer con respecto al bebé que torturaban los vecinos. Hablar con ellos tal vez no fuera la mejor decisión. No sabría cómo decirles sin que se ofendieran que me molestaba profundamente que su criatura no me dejara dormir y que hicieran algo para remediar la situación. Como dejar de chuzarlo con agujas o cortarlo con cuchillas, que era lo que yo pensaba que le hacían para que gritara de esa manera. Tampoco podría poner una queja con el administrador. Bastante mala imagen tenían de mí en el edificio como para sumarle ahora el odio por los bebés. Lo único que podía hacer era esperar a que el recién nacido creciera y dejara de comportarse tan irrespetuosamente con los vecinos o a que sus padres dejaran de torturarlo. Pero eso podría durar meses. Para el tiempo en el que finalmente se callara, podría haber enloquecido por la falta de sueño.

Dejé de pensar en eso y lo hice en María. Era posible que tal vez ella fuera otra de las causas de mi insomnio. O mejor debería decir su abandono. Porque ahora la cama extra doble que habíamos comprado el día que se mudó a mi casa, pensando que sería para toda la vida, había empezado a parecerme inmensa. Extrañaba estrellarme con sus rodillas cuando doblaba las mías, o encontrarme sus pies helados cuando estiraba las piernas. Ahora sentía un vacío que me hacía soñar con grandes abismos a los que me caía y entonces tenía uno de esos saltos que se dan cuando uno está dormido y que pueden estropearle el sueño a cualquiera. Sobre todo si por las ventanas llegaba el grito de un bebé acuchillado por sus padres.

Claro que los gritos no eran de un bebé. Lo descubrí una madrugada después de decidir, resignado, que lo mejor sería sacarle algún provecho a mi insomnio. Llevaba varias noches abriendo los ojos y prendiendo la luz una vez que el sueño se esfumaba. Me quedaba pensando en María, atormentándome con su ausencia, pero también, cada vez más, haciendo planes para el futuro, retomando viejos sueños aplazados por la vida en pareja que mi nueva condición de soltero me permitiría realizar. Así fue como me imaginé haciendo viajes por el mundo, teniendo aventuras amorosas de un día, visitando viejos amigos. Esta nueva actitud me permitió acercarme mejor a mi enfermedad y así fue como descubrí que los horribles berridos empezaban mucho después de prender la luz y que, al menos, no eran la causa de que me despertara en medio de la noche, tal vez solo de que me fuera más difícil conciliar el sueño de nuevo y luego, cuando me cansé de pensar en María y en imaginar vidas paralelas y me decidí a leer, de que no pudiera concentrarme en lo que estaba leyendo y tuviera que dejar el libro de lado.

Entonces pensé en hacer ejercicio cuando la lectura fuera imposible. El siguiente fin de semana fui al supermercado y compré una trotadora con los restos de lo que quedaba en mi tarjeta de crédito. No solo lo hacía por mi salud. También por Luly. Luly trabajaba en la oficina y le gustaba el ejercicio más que nada en el mundo. Y a mí empezó a gustarme ella más que cualquier otra mujer y vi en su cuerpo atlético la oportunidad de olvidar a María. Instalé la máquina frente a la ventana y me dispuse a empezar mi rutina de entrenamiento esa misma madrugada, cuando los gritos me apartaran de El Quijote. Todo ocurrió como lo pensaba. Perdí el sueño a eso de las tres de la mañana. Abrí los ojos, me desperecé y prendí la lámpara. Retomé la lectura donde la había dejado. Casi al final del capítulo empezaron los berridos. Llegué como pude al punto final, dejé el libro en la mesa de noche y fui a la trotadora. Entonces lo vi. Era un gato grande y blanco y muy peludo. Estaba en el tejado del frente y el sonido desgarrador que no me dejaba seguir leyendo coincidía con cada oportunidad en que abría la boca. Al parecer le daba serenata a una novia, no sé nada de la vida gatuna, pero si alguien tratara de conquistarme con aquellos alaridos de dolor no lo dejaría entrar en mi vida. Un maldito gato. Nunca me cayeron bien, con su indiferencia trabajada y su superioridad autoimpuesta. De pie sobre la trotadora que me tendría endeudado los próximos 48 meses, tuve ganas de matar al felino que había atormentado mis noches de los últimos meses.

Pasé toda la semana pensando en comprar una escopeta de balines para dispararle. La tarde del viernes, antes de salir de la oficina, Luly se me acercó y me dijo que por qué no íbamos a tomar algo. Había terminado con su novio y quería algo de diversión. Fuimos a un bar, tomamos aguardiente y bailamos toda la noche. Gasté el último sobrecupo de la tarjeta y fuimos a mi apartamento. Pasamos todo el fin de semana juntos. Me dijo que había tenido dudas conmigo, pero que al ver la trotadora en la sala se había convencido de que yo era el hombre adecuado. Se fue el domingo por la tarde y se despidió con un beso largo. Me anunció que quería repetir la experiencia el próximo fin de semana. Le dije que estaba bien. Esa semana dormí como un ángel. Si el gato siguió viniendo al tejado de enfrente, no me di por enterado.

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