Instrucciones para llegar a santo

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Autor FotoCarlos Bastidas Padilla, es un abogado nariñense nacido en el municipio de Ricaurte en 1947.  Sin embargo su desarrollo intelectual lo dedico en su mayoría a la literatura siendo docente de la Universidad del Cauca. Recientemente en 2004 recibió la meritoria Medalla del Centenario en el grado Gran Cruz, por su destacada labor literaria y cultural.

Instrucciones para llegar a santo, fue publicado por ESTRAVAGARIO el 13 de julio de 1975, y hace parte de la colección de cuentos que salió al mercado bajo el nombre de “Las raíces de la ira”, libro de cuentos con el cual Carlos Bastidas fue galardonado con el premio Casa de las Américas de Cuba.

En el combate de La Humareda (junio 17/85) fueron vencidos definitivamente los enceguecidos ejércitos del Radicalismo, que, llevados por el odio enfermizo hacia “el tirano esfinge”, precipitaron la caída del liberalismo y la del propio Núñez en brazos del conservatismo. Este en adelante, considerando al Regenerador como una simple “formaleta”, buscaría librarse de ella. “La Regeneración es un bello arco toral al cual le sobra la formaleta”, había dicho Carlos Martínez Silva.

            Con Núñez empezó la campaña más despiadada para hacer desaparecer al liberalismo como fracción política. Él lo hizo con los radicales, y cuando se libraron de la “formaleta” lo hicieron con la totalidad de los vencidos. Carlos Holguín, Miguel Antonio Caro, Sanclemente y Marroquín fueron los consumados artífices del aparato del despotismo más refinado y cruel para negar libertades, levantar patíbulos, abrir prisiones a quienes no comulgaban con sus dogmáticas tesis políticas y religiosas; todos los caminos de la supervivencia le fueron negados al partido vencido; a los liberales desesperados no les quedó otro camino que el de la guerra;  en vano en el régimen conservador se alzaba la voz de Uribe Uribe pidiendo por última vez “libertad para exponer y defender nuestros derechos con el voto, con la pluma y con los labios. De lo contrario, nadie en el mundo tendrá poder bastante para impedir que tengan la palabra los cañones de nuestros fusiles”; nadie lo escuchó y la “Guerra de los mil días” no tardó en estallar.

            Tomó características religiosas: Los soldados católicos gritan, llenos de fe y entusiasmo religioso, ¡a pelear por nuestra religión” ¡Dios LO QUIERE! Era ésta de nuevo la voz de una sotana que manejaba el tinglado de la farsa política con pamplinas religiosas; ese oscuro personaje que predicaba la guerra santa contra el liberalismo se llamaba Fray Ezequiel Moreno y Díaz.

            Había llegado a Pasto en calidad de obispo de la Diócesis el 10 de julio de 1896, traído por la “Providencia” –dice su biógrafo Fray Toribio Minguella y Arnedo- “para atajar a todos los enemigos de Dios y de su iglesia”.

            Y los enemigos de Dios y de su iglesia eran los hombres que militaban en las filas del “maldito liberalismo”. Así lo predicaba en sus sermones y lo escribía en sus pastorales y circulares, que leídas hoy causan hilaridad, pero que en su tiempo hicieron escribir  a José María Vargas Villa “. . .y mientras el ignorante y rudo Fray Moreno de Pasto, en su prosa escorpionesca y brutal, de puro virus rábico, maúlla en las soledades contra el progreso y la libertad de un pueblo, que no tuvo otro delito que haberle matado el hambre de chulo, prófugo, y su voracidad de fámulo tonsurado. . .”.

            La guerra – les decía a los pastusos instigándolos a matarse en la defensa de la religión- es castigo de Dios por los pecados públicos, amancebamiento, las embriagueces, la demasiada libertad de enseñanza y la prensa, todos imbuidos del “mil veces maldito y diabólico liberalismo”, que, según su biógrafo, “considerado en su esencia de rebelión contra la divina autoridad, ha recorrido ya toda su órbita, pues,  comenzando en Lucifer y pasando por idolatría, mahoteismo, herejías, protestantismo, etc., ha vuelto otra vez a su origen en forma de satanismo”.

            Verdaderamente el corazón del obispo de Pasto era una madriguera en donde la intolerancia, el fanatismo y el oscurantismo pugnaban rabiosos por mantener vivas las hogueras de la “guerra santa”, cuando voces prudentes predicaban la paz, este “Torquemada” gritaba, como si llevara el demonio dentro: “No, no hay paz posible. La paz en este caso es traición y apostasía; de guerra de Julio II: ¡Fuera los bárbaros! ¡A pelear por nuestra religión! ¡Dios lo quiere!”. Estos eran los gritos de guerra del pastor que hoy quieren canonizar.

            Con su “prosa escorpionesca”, el 5 de julio de 1900, sin ningún recato escribía a los sacerdotes de su Diócesis una circular en donde les ordenaba, interpretando a su acomodo las disposiciones del Concilio Plenario de América Latina, que intervinieran en la política y apoyaran “un partido que sea íntegramente católico, cuando éste tiene de frente otro liberal”. Les pedía, pues, que se pusieran del lado del conservatismo como lo hacia él, entregando a los jefes militares gobiernistas gruesas sumas de dinero (sacadas de liberales y conservadores que iban a misa en horas diferentes). “De los fondos disponibles – dice Minguella- adelantó a las fuerzas del gobierno más de once mil pesos fuertes, de que por cierto no consiguió reintegrarse”. No sería  inoportuno transcribir aquí el telegrama que desde Ipiales le envían el 5 de junio de 1900 Gustavo S. Guerrero y Lucio Velasco, jefes de las tropas del gobierno, para agradecerle “los dos mil cuatrocientos ochenta pesos” que les envió como ayuda de guerra.

Rafale Reyes            Las guerras se ganan con limosnas pero no con oraciones; son varias las comunicaciones que existen departe de los jefes conservadores hacia Fray Moreno de Pasto pidiéndole ayudas monetarias. Así, en una carta fechada en agosto de 1901, el general Lucio Velasco, jefe de operaciones del sur, le escribía: “Ilustrísimo señor: en el grave empleo militar que ejerzo, después de haber agotado mi actividad, desde luego implorando el auxilio y asistencia de Dios, y con justa desconfianza de mis fuerzas, sólo me resta acudir a su Señoría, Príncipe de la Iglesia de esta Diócesis y pastor de la grey comprometida, para pedirle a favor de la causa del Gobierno el mayor apoyo posible.  Estamos amenazados de los más graves y ciertos peligros, y los pueblos y la opinión pública permanecen fríos e indolentes”.

            El obispo contestaba a los jefes gobiernistas con dinero y con pastorales que eran leídos a los soldados, luego de las arengas de los jefes, que los invitaban a triunfar sobre “esos blasfemos salidos de los antros de Satán que tiranizan a la Iglesia ecuatoriana y huellan con sus inmundas plantas el territorio de Colombia”.

            La prensa liberal colombiana y ecuatoriana arremetía contra el fraile español y éste les contestaba con anatemas y excomuniones. Así ocurrió con “El Esfuerzo”, por haberse atrevido a elogiar a Goethe.  Según Fray Moreno, “este hombre no miró a la religión como una hija del cielo, ue un hombre sin fe, pues fue el arte su única religión y patria”. El “Eco Liberal”, de Pasto, sufrió iguales anatemas. El obispo publicó el 15 de julio de 1889 una “Resolución” contra un artículo titulado “La educación de la mujer”, que, entre otras cosas, decía: “A medida que pasan los días, si no hubiéramos estado convencidos más y más de la necesidad de hacer frente al mil veces maldito y diabólico liberalismo, y cada vez nos hallamos más satisfechos de nuestro trabajo para darlo a conocer en toda su deformidad e infundir en las almas confiadas a nuestra vigilancia Pastoral profundo odio y horror hacia ese monstruo del Averno, que amenaza destruirlo todo y aniquilarlo todo”; y lo encontró culpable de las siguientes herejías: “1º- Se habla en el artículo de materia infinita en sus transformaciones, creadora y de usar otras frases que son una confesión terminante del panteísmo, y navegación del verdadero Dios. 2º- Se dice que el anhelo de todos los hombres es llegar a tener (entre otras cosas necias) un solo Dios, el progreso. 3º- Se llama a Jesucristo Señor Nuestro gran filósofo. Se niega con esto su sabiduría infinita, y por consiguiente su Divinidad, porque filósofo es el nombre que se dio en la antigüedad, y se da, aún hoy, a los que van en busca de la sabiduría y se dedican a ella con amor y afán. Hemos ya acudido a los culpables las penas marcadas en la ley contra esta clase de delitos”.

            Estas eran las contribuciones del obispo español a la convivencia de los colombianos. Más tarde arremetió contra el gobierno del general Reyes porque no le dio el gusto de ponerle a Nariño “Departamento de La Inmaculada”. En efecto, veía con malos ojos que se le pusiera el de un prócer que había sido propagador de las ideas liberales. “El Ilustrísimo P. Ezequiel –dice Minguella- que todo lo miraba desde el punto de vista religioso y que era tan devoto de la Santísima Virgen, deseó que al nuevo departamento se le pusiese de <La Inmaculada>, y al efecto, dirigió una circular a sus diocesanos animándolos a pedir al Gobierno que fuese llamado Departamento de La Inmaculada, el proyectado Departamento de Nariño. En este sentido se elevaron a las cámaras varias disposiciones, pero no fueron estimadas”.

 Bavaria-Dibujo-1890s

            Al fin los revolucionarios fueron vencidos en el sur en los combates de Puerres y Tescual. Avelino Rosas, comandante en jefe de los ejércitos liberales del sur (nombrado por el general Benjamín Herrera),  fue asesinado cobardemente luego de ser herido y prisionero en una casa cerca de Puerres, a donde había sido llevado. A su secretario José María Caicedo, lo asesinaron más tarde en las mismas circunstancias. Los vencedores se cuidaron muy bien de ocultar todo rastro de la infame y cobarde conjura, pues de los victimarios de los dos jefes liberales nadie volvió a saber nada. El padre Manuel José Bravo,  que presenció el asesinato de Caicedo, escribió un extenso relato de nombres y pormenores del hecho “pero, como según la regla canónica  – dice Leonidas Coral en su libro La guerra de los mil días en el sur de Colombia-  tenía que someter su escrito al superior eclesiástico, no dejaron de él sino lo referente a los auxilios de la religión y a su sincero y contrito arrepentimiento, omitiendo todo detalle para la historia”. El cadáver de Rosas fue sepultado en Ipiales atado de pies y manos y suspendido de un palo, a la curiosidad pública; así terminó su vida este legendario guerrillero liberal que había peleado en Venezuela y en Cuba en los ejércitos que luchaban contra distintos tiranos.

            Y en Pasto seguía el feroz obispo en su empeño de hacer más hondas  las diferencias entre las ovejas de su rebaño con el pretexto de que “el liberalismo es pecado”. “El entendimiento entre católicos y liberales –dice su biógrafo- fue motivo de disgustos más hondos para su corazón, y a evitar aquel grandísimo peligro de contagio se dirigieron sus pastorales de cuaresma”.

            “Resulta de todo, que existe muy marcada esa tendencia hacia la unión del liberalismo y catolicismo, y el deseo de que anden juntos, y que juntos gobiernen, que es el gran peligro que denunciamos, porque el liberalismo es desorden por esencia, y no puede dar paz. Los verdaderos católicos deben negar muy alto y en absoluto que el error y el vicio tengan derecho alguno de ponerse al lado de la verdad, y deben rechazar toda componenda en ese sentido. La responsabilidad alcanzará tremenda y pavorosa a los que buscan esas componendas, pero también a los apáticos, a los cobardes, a los que se ocultan, a los que se cruzan de brazos, a los que tienen más cuenta con su amor propio, interés de bando o comodidad personal, que a los supremos derechos de Dios y a la salvación de la Patria, que sólo puede gozar de verdadera paz sirviendo a Jesucristo”. Y en otra Pastoral: “Así como no es posible la conciliación entre Dios y Belial, tampoco es posible entre la Iglesia y los que meditan su perdición. Sin duda es menester que nuestra firmeza vaya acompañada de prudencia, pero no es menester igualmente que una falta de prudencia nos lleve a pactar con la impiedad.

…No, seamos firmes; nada de conciliación, nada de transacción con hombres impíos”.

            Capítulo aparte merece el inhumano tratamiento que dio al pedagogo liberal Rosendo Mora, discípulo distinguido de Santiago y Felipe Pérez, Camacho Roldán y Francisco Eustaquio Álvarez, a quien obligó a huir del territorio nacional perseguido por la justicia, que le echó encima, por haberse atrevido a cometer los siguientes delitos: 1º- Negar la virginidad de la Madre de Dios. 2º- Decir que la virgen de Las Lajas no hacia milagros. 3º- Decir que los curas eran unos ladrones. El colegio de Ipiales, que él regentaba, volvió a abrirse en Tulcán. Allá lo siguieron las excomuniones del fraile, extensivas a los padres de familia que de Ipiales enviaban a sus hijos a ese plantel.   Tan fiera era la persecución y tan injustas sus excomuniones, que el obispo Ibarra se quejó a la Santa Sede, la cual no tardo en desautorizar, por medio de un decreto, al obispo. Los liberales obtuvieron con esto un rotundo triunfo sobre el mitrado, quien, enfermo, no se resignó a acatar de buen agrado el decreto de Roma, y viajó a esa ciudad con el propósito de conseguir la derogación de las disposiciones en lo referente al colegio. De allá regresó, dice Minguella, “con un decreto distinto, pero no contrario al que antes había expedido la Sagrada Congregación”.

            Hasta el gobierno ecuatoriano se vio obligado a dirigirse a Roma quejándose de las continuas intromisiones políticas del obispo en los asuntos de ese país con el pretexto de que el presidente era un “masón”; La Santa Sede ordenó a su subalterno que se callara, “como prudente madre que pide al hijo bueno el sacrificio de callarse aun cuando tenga razón, a fin de quitar al díscolo todo pretexto de queja”, dice Minguella.

            Este es, a grandes rasgos, el nuevo santo de la Iglesia Católica.

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