Juegos Mundiales: del escepticismo al entusiasmo

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Este 25 de julio se dará inicio a un certamen que cambiará el clima de opinión en la ciudad; se convierte en el símbolo de ese nostálgico propósito de que “Cali tiene que volver a ser lo que fue”.

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En el Pascual Guerrero se dará inicio a los Juegos Mundiales con la presencia de miembros del COI, el presidente Santos, la IWGA y demás altos dirigentes colombianos /Foto: Juan Camilo Palomar

El 16 de julio de 2009, cuando la Asociación Internacional de los Juegos Mundiales, una entidad que funciona bajo el patronato del Comité Olímpico Internacional, anunció en Kaohsiung (China, Taipei) que Cali sería la sede de la novena edición de los World Games, la noticia no mereció primera plana. Los periódicos caleños El País y Diario Occidente la registraron en páginas interiores y medios como El Tiempo solo la publicaron en su versión impresa un par de días después.

El alcalde de entonces, Jorge Iván Ospina, celebró la noticia que se había logrado después de un trabajo de Juan Carlos Abadía Campo (exgobernador del Valle del Cauca), José Luis Echeverry (director deportivo de los Juegos Mundiales) y Pascual Guerrero (hijo del poeta que le dio el nombre al estadio), tres personajes de los cuales dos no son hoy protagonistas de la fiesta. Por los avatares políticos, Ospina y Abadía abandonaron la causa y la entregaron con muy pocos avances.

El desconocimiento de la importancia del evento y la experiencia de la realización de los Juegos Nacionales en 2008, que dejaron poco y lo poco que dejaron estuvo mal hecho o fue rápidamente abandonado, hicieron que la idea de unos World Games no cayera con el impacto que merecía.

Cali realizó los Juegos Nacionales 2008junto a San Andrés y Providencia, y un año más tarde ya tenía cerrados escenarios como el patinódromo mundialista, el Coliseo El Pueblo estaba sin techo e inundado, y el Coliseo Mariano Ramos, a medio terminar.

La capital vallecaucana había logrado que a última hora se incluyera como subsede del Mundial Sub-20 de fútbol que llevó a cabo Colombia en 2011, y los escándalos de la adecuación del Pascual Guerrero no terminaban de aclararse. Así, entonces, nadie le apostaba a los Juegos  Mundiales.

El gobierno de Rodrigo Guerrero identificó en la realización de los juegos una oportunidad para devolver el optimismo a una sociedad que se había sumido en el pesimismo durante años como consecuencia de los coletazos del narcotráfico, la corrupción y el mal gobierno. La inmensa mayoría de los caleños contestaban en las encuestas que la ciudad iba por mal camino, aun en momentos en los que la opinión nacional pasaba de negativo a positivo.

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La secretaria de Deporte lideró la campaña «Cali Mundial» con la que se resalta el liderazgo de la ciudad para ser sede de eventos mundiales /Foto: Juan Camilo Palomar

Cali vivía de la idea nostálgica de “volver a ser lo que fue”. Muchos asocian una época de esplendor de la ciudad con los Juegos Panamericanos 1971 y con los días en que los caleños hacías filas para abordar el transporte público, cuando en otras ciudades reinaba el “sálvese quien pueda”. Era también la época de un empresariado caleño comprometido y, realidad o percepción, de una ciudad cuyos habitantes brillaban por el “civismo”, lo que de manera más moderna se llama cultura ciudadana.

Varios analistas creen que esa “nostalgia” sirvió para la elección de Guerrero, identificado por muchos como el último que quedaba de esa época de esplendor. El Alcalde parecía inmerso en una trampa: la de haber sido elegido para revivir el pasado, cuando a los políticos los eligen normalmente para promover cambios y proyectar la ciudad.

Los Juegos Mundiales servían perfectamente para el propósito del Alcalde. Finalmente, los caleños habían crecido con el orgullo perdido de ser la “Capital deportiva de América”, como la bautizó Joaquín Marino López, el gran narrador de fútbol de los años setenta. Guerrero le apostó con paciencia, y todo indica que ganó.

A los juegos se les sumaron la Cumbre Alianza del Pacífico, las sedes de los mundiales de atletismo y ciclismo y la Cumbre de Mandatarios Afro, que sirven para proyectar la imagen de una Cali que está para grandes cosas.

Había poco tiempo, los escenarios nuevos estaban prácticamente sin comenzar y no se había pensado en las adecuaciones de los antiguos espacios deportivos. El Alcalde contó con la fortuna de encontrar un par de funcionarios con la capacidad ejecutiva para hacer lo que había que hacer cuando nadie creía que fuera posible: Clara Luz Roldán, en la Secretaría del Deporte y la Recreación, y Andrés Botero, en Coldeportes.

El patinódromo recobró su estatus de mundialista, el Coliseo El Pueblo, por primera vez desde los Juegos Panamericanos de 1971, superó sus problemas de alcantarillado. Nuevos son el diamante de sóftbol, el coliseo de hockey en línea, la cancha de balonmano playa y el Coliseo Mundialista.

La Unidad de Acción Vallecaucana lideró una convocatoria para que la gente arreglara las fachadas de sus viviendas, y la ciudad hoy luce maquillada para recibir a los invitados a la fiesta.

Tal vez los Juegos Mundiales no sean mediáticamente muy importantes, quizás no vengan todos los turistas que se anunciaron y es posible que la transmisión por televisión no la vean en los setenta países que compraron los derechos; aun así, el evento marcará la historia de Cali. No porque el “mundo nos esté mirando”, no porque la imagen de la ciudad vaya a cambiar, no porque vayan a llegar miles de personas, sino porque el estado de ánimo de los caleños ya cambió.

Aunque suene a paradoja, el evento es más de consumo interno. Pese a ello, es una gran ganancia para la ciudad. De hecho, dos de las más importantes emisoras colombianas
–Caracol y RCN– originaron sus noticieros matinales desde Cali y en días anteriores lo había hecho Blu Radio, y habrá enviados especiales de todos los grandes medios nacionales.

Cali no estará en la portada de los grandes medios estadounidenses o europeos y seguramente las noticias de los World Games se registrarán en páginas especializadas de internet, pero el corazón de los caleños latirá más fuerte –para recordar en algo a Ospina– con la presencia de 3.700 deportistas que vienen de 108 países, y unos 500 periodistas extranjeros.

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