La agonía y la cultura en el Parque Santa Rosa

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Rodrigo Rodríguez 2

Por: Jaír Villano

@VillanoJair

Luego de la apertura económica, en 1990, el Ministerio de educación decidió darle más importancia a las editoriales internacionales, los más perjudicados son los padres de familia y los libreros”- Germán Saldarriaga

Cuando en 1999 en la administración de Mauricio Guzmán Cuevas se decidió crear un espacio para los libreros de carrera 10 y la calle 9, algunos de estos creyeron que el negocio iba a mejorar. Libreros como Germán Saldarriaga recuerdan que para ese entonces la gente arribaba a las casetas esparcidas a lo largo de la calle por los libros de vaqueros de Zane Grey, las novelas rosas de Corín Tellado, los comics de El pájaro loco, el Llanero Solitario y los bestseller de Keith Luger, Lem Ryan, Donald Curtis, entre otros.

Para esos años los libreros improvisaban carros de balineras y con bastidores y tableros los recostaban contra las paredes o las rejas; ahí en esos puestos reposaban obras maestras como las de Tolstoi, Sartre o Baudelaire, recuerda Germán Llano, lector y cliente asiduo de 69 años de edad.

La reubicación los llevó a instalarse en un parque rodeado de 60 casetas y acompañado de frondosos árboles que hacen el lugar refrescante, atractivo y sobre todo diferente a las calles caóticas que componen el centro de Cali; está en yuxtaposición a la parroquia Santa Rosa de Lima y en frente de la carrera 10. Al entrar por una de las cuatro puertas se hace inevitable toparse con un:

Rodrigo Rodríguez-A la orden, ¿qué libro está buscando?

El parque –que es sobrio pero ameno, pequeño pero atestado de anaqueles con volúmenes de buenas historias–  es mayoritariamente visitado por padres de familia de clase bajas y medias, quienes con lista en mano caminan en busca de novelas y libros pedidos en los colegios; también por estudiantes universitarios que encuentran en el recinto un universo de literatura que en las librerías de cadena  se hace ajeno, si se tiene en cuenta, claro, los onerosos precios que cuesta un libro en una de estas.

-En la Nacional una novela de Dostoievski, Günter Grass o qué sé yo un Saramago está por encima de los cuarenta mil –dice Daniel, estudiante de Periodismo, mientras despide humo de sus fosas nasales–, aquí en el parque se consigue en quince, veinte mil pesos, en ocasiones hasta nuevas o en ediciones de lujo, como esta de Fausto que llevo en la mochila.

-Además la relación con el vendedor hace del lugar acogedor–añade Germán Llano– acá uno charla con los libreros, se hace amigo de ellos.

Ese es el caso de John, un vendedor de más de veinticinco años en el parque, el cual suele atender a sus lectores con mucha afabilidad, en ocasiones les guarda ediciones escazas o autores muy poco convencionales, como Beckett, Keats o Proust. Precisamente de este último autor vendió tres de los siete libros que contiene En Busca de tiempo perdido.

-Un pelao de Univalle me dijo que con esos que le vendí sólo le quedaba faltando Sodoma y Gomorra, cómo no le va a ayudar uno…

Dentro de sus cartillas tiene un cuaderno que contiene una agenda con los números de los clientes. Hay quienes le encargan ciertos ediciones y él, al parecer, una vez tiene acceso a estos se comunica con ellos. En su caseta, que comparte junto a su padre Germán, también hay vinilos de salsa, jazz, rock y otros ritmos, algunos coleccionistas y melómanos se asoman con entusiasmo a ver qué hay por llevar.

Daniel, quien dice arrimar por novelas cada semana, luego de dar vuelta por el parque añade:

-Muchas veces uno viene con la idea de comprar un libro de un autor, pero se pone a hurgar y encuentra tanta cosa que termina llevando lo que no es. Hay veces que los mismos libreros le indican a uno qué libro llevar, lo bueno es que aquí todo es barato.

***

Una señora que llega en busca de un libro es atendida por los libreros que están más cerca a la puerta por donde ingresa. Esta situación que en primera instancia no parece alterar en nada el orden de la circunstancia que circunda al parque es, no obstante, objeto de críticas por parte de muchos de los libreros, quienes advierten que sus compañeros que están en el centro o en casetas que se distancian de las entradas no están en las mismas condiciones de ventas.

Eduardo[1], uno de los libreros que está en la puerta  aledaña a la calle 10, en ese sentido, acusa:

11256108636_67493ecfe8_b-Ponle tú que alguien que está en la puerta se hace, digamos, 200 mil, el que está atrás se hace por ahí 20 mil.

Manuel Buitrago, un costeño que trabajó del año 1979 a 1990  y que luego de vivir un período en Barranquilla regresó en el 2000, es una de las víctimas de esta adversidad. Él que luego de sus años de ausencia notó más el cambio del negocio señala que antes, cuando estaban en la calle, las ventas eran mayores.

-El parque quedó muy bonito arquitectónicamente, pero terminó perjudicando a muchos de los compañeros –concluye Germán Saldarriaga–.

A este infortunio se hace necesario agregar lo que los libreros estiman como el negocio de las editoriales, el cual consiste en sacar ediciones que salen del comercio en tres o cuatro años.

-Nosotros vivimos del libro de segunda –dice uno de los libreros– y así es muy difícil.

-Además las ediciones de hace unas décadas en contenido pedagógico eran mucho mejores que las actuales –agrega Luis Eduardo Suárez Pavón, Presidente de la Asociación de Libreros del Parque Santa Rosa.

Léider Cifuentes, un expendedor que desde los trece años de edad trabaja con libros escolares se acuerda que cuando él estudiaba los libros suyos le servían a su hermano menor y los de su hermano menor a su  hermano más joven

-Es el negocio de las editoriales, que consiste en que no se comercia nada usado, que no se puede vender si no una vez.

Otros de los perjudicados son los padres de familia, quienes por brindarles mejor educación a sus hijos se aventuran a matricularlos en colegios en los cuales se les piden esa clase libros, por eso Germán, quizá el librero más activo, habla de unas propuestas en función de los lectores. Propuestas que consisten en darle más vigencia a las editoriales y en crear ediciones genéricas, es decir, en papel menos costoso, con lo cual, conjetura el librero, se ganaría menos pero se ayudaría al cliente:

– Que se sigan publicando las ediciones para personas que tienen el poder económico para acceder a ellas, pero para los estratos uno, dos y tres, la idea sería sacar unos tirajes que nosotros mismos como asociación podemos encargarnos de distribuirlas, ganando un precio modesto pero al final cumplir con nuestra función: que es ser facilitadores de la cultura.

-Es que hay editoriales que sacan dos ediciones de un mismo libro, con diferente papel y diferente precio –alega el presidente de la Asociación Luis Eduardo Suárez–, pero en los colegios les venden es la más cara y póngase a pensar en un padre que gana un mínimo, en el colegio le piden seis obras, ponle tú que cada una a 30, son en total 180 mil pesos; una semana de mercado.

Muchos de ellos creen que la ausencia de lectores estriba debido al auge de las herramientas tecnológicas que pasan de ser un menguante de ocio a un estilo de vida y también a los costosos que están los libros nuevos.

Pese a su circunstancia, el parque sigue siendo un sitio que vale la pena visitar, es un encantador lugar en el que los buenos libros abundan, así algunos, como Germán Llano, vaticinen esta época como “la agonía de la era Gutenberg” y otros como Daniel un “paréntesis cultural” en pleno centro.

[1] Por petición del entrevistado nombre alterado.

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